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Publicado el 18 de mayo, 2019

Alejandro San Francisco: España pentapartidista

Profesor de la U. San Sebastián y la UC. Director de Formación del Instituto Res Publica. Director general de "Historia de Chile 1960-2010" (USS). Alejandro San Francisco

Las elecciones de España bien podrían servir para entender las alternativas de alianzas, la forma de enfrentar a los adversarios y la necesidad de reflexionar sobre las complejidades de la política actual. Con ello se podrían dejar atrás las reacciones más virulentas o insensatas, así como los errores tontos o aquellos que se cometen por falta de profundidad en el análisis.

Alejandro San Francisco Profesor de la U. San Sebastián y la UC. Director de Formación del Instituto Res Publica. Director general de "Historia de Chile 1960-2010" (USS).
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La democracia española se caracterizó durante varias décadas por tener dos partidos políticos claramente dominantes: el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) y el Partido Popular (PP). Los presidentes Felipe González (1982-1996) y José Luis Rodríguez Zapatero (1904-2011) eran socialistas, mientras José María Aznar (1996-2004) y Mariano Rajoy (2011-2018) eran populares. El actual jefe de gobierno, Pedro Sánchez, también es socialista y podría proyectar nuevamente en La Moncloa a la histórica colectividad. Pese a ello, es evidente que España no es la misma de hace unos años y eso se expresa claramente en el nuevo mapa político, como pudo apreciarse en los resultados de las elecciones del 28 de abril pasado. Esta es una tendencia internacional, como se ha notado en Chile con la irrupción del Frente Amplio –que ya cuenta con una importante bancada parlamentaria– y de la candidatura de José Antonio Kast, cuya relevancia política se ha mantenido después de las elecciones del 2017.

En el caso español, el PSOE obtuvo en las últimas elecciones la mayor votación, al lograr el 28%, mientras el Partido Popular bajó al 16,7%. Podemos y Ciudadanos, que ya habían logrado representación parlamentaria el 2015 y 2016, obtuvieron en esta ocasión 14,3% y 15,8%, respectivamente. La gran novedad estuvo en la irrupción nacional de Vox, que logró el 10,2% de los votos.

Pedro Sánchez llevó nuevamente al PSOE a ser la primera fuerza política de España. Pese a ello, su resultado está muy lejos del 48,1% logrado por Felipe González en 1982 o del 42,1% que recibió Rodríguez Zapatero el 2004. Este cambio representa en realidad una transformación crucial de la política española, que hoy muestra a cinco partidos con un respaldo sobre el 10% de los ciudadanos. Si hace cinco años era posible advertir esta tendencia, la elección del 28 de abril nos muestra la consolidación del cambio y la necesidad de estudiar y comprender esta nueva realidad política.

Los nuevos partidos han aprovechado de recoger a electores cansados de la rutina socialista o popular y ansiosos de alguna fórmula más representativa de sus convicciones.

La España pentapartidista reemplaza al bipartidismo de las últimas décadas, aunque todavía es prematuro para proyectar cómo se expresará en los próximos años. Sin embargo, se pueden obtener desde ya algunas lecciones interesantes y algunas conclusiones preliminares.

En primer lugar, es claro que las izquierdas y las derechas son plurales y no monolíticas. Esa realidad social hoy tiene expresión política y los nuevos partidos han aprovechado esa situación para recoger a electores cansados de la rutina socialista o popular y ansiosos de alguna fórmula más representativa de sus convicciones.

En segundo lugar, los resultados ilustran sobre la dificultad de constituir en estos tiempos los llamados “catch all parties”, mientras toman fuerza ciertas expresiones políticas de nicho, o representativas de idearios ideológicos más firmes o definidos: izquierda populista en el caso de Podemos, movimiento liberal en el de Ciudadanos y propuesta conservadora en el de Vox. Son, precisamente, los espacios abiertos por el PSOE y el PP.

La tarea de enfrentar a la izquierda será tripartita por algún tiempo, y un político inteligente nunca debe desconocer la importancia de la realidad.

La tercera conclusión se refiere al aprendizaje político, que incluirá tanto las eventuales negociaciones o coaliciones para formar gobierno como nuevas formas de relación entre los potenciales partidos aliados. Estas tareas no son fáciles, las elecciones dejan heridos en el camino y los partidos históricos tienen pretensiones de representación que hoy son disputadas por la realidad. Paralelamente, existe el riesgo de la descalificación al partido que está al lado más que al adversario del frente. Quedó muy claro después de las elecciones, cuando Pablo Casado cambió su tono conciliador de la campaña por una descalificación al partido de Santiago Abascal, al afirmar que “el voto a Vox ha sido inútil”, para luego concluir: “Hay un partido de centro derecha que es el PP, otro de extrema derecha que es VOX y otro partido socialdemócrata disfrazado de liberal desde hace un año y medio”. Puede ser una legítima manera de comprender la situación o de alentar a los populares, pero es una mala forma de convivir con los socios. Por otro lado es una abierta minusvaloración de los electores, que si han elegido a Vox y a Ciudadanos es precisamente porque encuentran en ellos algo que el Partido Popular no tiene, ha olvidado o sencillamente no les quiere dar. José María Aznar dijo en una ocasión que el PP debía agrupar “todo lo que está a la derecha de la izquierda”: hoy eso no es posible y la tarea de enfrentar a la izquierda será tripartita por algún tiempo, y un político inteligente nunca debe desconocer la importancia de la realidad.

En cuarto lugar, las elecciones con fuerzas divididas tienen efectos electorales. En esta ocasión afectaron especialmente a la derecha que, como se ha explicado, habría obtenido muchos más diputados de haber competido en una sola lista. Sin embargo, eso es política ficción, pues la realidad plural existe y es necesario evaluar la mejor forma de enfrentarla, eventualmente con pactos de omisión en algunos lugares o con otras formas que puedan ser valiosas.

Muchas de estas características, situaciones y problemas también forman parte de lo que ha ocurrido en Chile en los últimos años. Por lo mismo, las elecciones de España bien podrían servir para entender las alternativas de alianzas, la forma de enfrentar a los adversarios y la necesidad de reflexionar sobre las complejidades de la política actual.

Finalmente, formar gobierno y hacer oposición será distinto y ciertamente más complejo. Hoy Pedro Sánchez podría formar una administración de izquierdas, para lo cual es esencial Podemos, como Pablo Iglesias gusta recordar. Pero también podría gobernar solo, como lo ha hecho hasta ahora, aunque sea una situación política débil y con un previsible final adelantado. El acuerdo con Ciudadanos, que hoy resulta inviable, quizá sea una opción futura. En cualquier caso los líderes españoles deberán buscar nuevos escenarios, descifrar posibilidades y, sobre todo, pensar en el mayor bien para España.

Esto último, que siempre debiera ser la esencia de la acción política -servicio al país y a su gente- cobra más importancia en tiempos de polarización, auge del separatismo catalán y novedades que no siempre se enfrentan con talento. Es previsible que la España pentapartidista perviva por algún tiempo y esa realidad debemos conocerla y comprenderla adecuadamente.

Como se puede apreciar, muchas de estas características, situaciones y problemas también forman parte de lo que ha ocurrido en Chile en los últimos años. Por lo mismo, las elecciones de España bien podrían servir para entender las alternativas de alianzas, la forma de enfrentar a los adversarios y la necesidad de reflexionar sobre las complejidades de la política actual. Con ello se podrían dejar atrás las reacciones más virulentas o insensatas, así como los errores tontos o aquellos que se cometen por falta de profundidad en el análisis.

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