Columnas de opinión es presentado por:
Publicado el 11 de julio, 2020

Alejandro San Francisco: Es hora de dar gracias

Profesor de la U. San Sebastián y la UC. Director de Formación del Instituto Res Publica. Director general de "Historia de Chile 1960-2010" (USS). Alejandro San Francisco

Me parece que uno nunca está preparado para la muerte de una persona tan querida, ni siquiera considerando estos tiempos en que la muerte se ha entronizado en la vida cotidiana por la pandemia del coronavirus.

Alejandro San Francisco Profesor de la U. San Sebastián y la UC. Director de Formación del Instituto Res Publica. Director general de "Historia de Chile 1960-2010" (USS).

¿YA RECIBES EL PODCAST “DETRÁS DE LA NOTICIA”?

Cada noche el director de El Líbero, Eduardo Sepúlveda, cierra la jornada con un comentario en formato de audio enviado por WhatsApp, donde en pocos minutos analiza los hechos que marcaron el día y proyecta escenarios para el futuro próximo.

Sí ya eres parte de la Red Líbero, solicita el podcast escribiendo a red@ellibero.cl

Sí aún no eres parte de la Red Líbero, suscríbete y ayúdanos a seguir creciendo.

SUSCRÍBETE AHORA
Recibe en tu correo Lo mejor de la prensa
Suscribirse

Este jueves 9 de julio, casi a medianoche, falleció mi padre, José San Francisco Pizarro. Había nacido en La Serena el 1 de noviembre de 1939, por lo que tenía 80 años, una vida larga y bastante fecunda, que tenía como principal orgullo haberse casado con Luz María Reyes –fue amor a primera vista según confesaba (por parte de él al menos)–, con quien tuvieron cuatro hijos, los cuatro hombres. Moreno, curtido por el sol del norte y la herencia de sus padres, el “negro José” le cantaban algunas veces al ritmo de una popular canción de otros tiempos. Me parece que uno nunca está preparado para la muerte de una persona tan querida, ni siquiera considerando estos tiempos en que la muerte se ha entronizado en la vida cotidiana por la pandemia del coronavirus. Sin embargo, él falleció por otras razones, propias de la edad y del desgaste de una vida bien trabajada desde joven.

Nuestro papá trabajó casi siempre en el mundo de la minería. En la década de 1970 estuvo en El Teniente, en unos años que fueron difíciles y maravillosos. Vivimos en Sewell, en Coya y en Rancagua; estudiamos en la Escuela 29, en el Plaza Sésamo y el Instituto O’Higgins; dos hermanos nacieron en el hospital de Coya y otros fuimos operados ahí mismo. Había un bosque y un cerro más bien bajo para visitar; muchos juegos eran en la plaza de la Población A, donde había un pino inmenso, o así nos parecía al menos, quizá porque éramos pequeños. Fueron, sin duda, años muy felices, solo interrumpidos por el dolor de una enfermedad del hermano menor, que podría haber sido mortal. En Rancagua vivimos en la Villa El Portal, que tenía una cancha de baby fútbol y olimpiadas de verano que organizábamos con las decenas de amigos del lugar. Por supuesto, ahí comenzamos a ir regularmente al estadio, a ver a O’Higgins, que tenía un gran equipo –de Copa Libertadores–, con jugadores que serían columna vertebral de la selección chilena, como el Negro Valenzuela, Eduardo Bonvallet y Miguel Ángel Neira. Quizá por eso tengo como uno de los dolores más grandes de mi infancia cuando nuestro papá nos convocó a los cuatro hermanos y a nuestra mamá para contarnos que había renunciado a El Teniente y que nos iríamos de Rancagua. No podía creerlo: habían sido años maravillosos que se acababan de un día para otro.

Sin embargo, él sabía más. Partimos a “Serena”, como le dicen muchos oriundos a la ciudad de las papayas. Comenzaba 1980, y a nuestro papá le correspondió poner en marcha, junto a otras personas, la Compañía Minera El Indio, que contaba había nacido al amparo del Estatuto de Inversión Extranjera. Ingresamos al Colegio Inglés, desde donde egresamos los cuatro hijos al completar la enseñanza media. Mi papá soñaba con regresar a su ciudad natal y para nosotros fue un descubrimiento: nuevamente fueron años llenos de alegría, con compañeros y amigos excepcionales que duran hasta hoy. Algunos, curiosamente, nos decían San Pancho: eran hijos de personas que habían conocido a nuestro papá en su niñez o juventud, y así le decían a él. Los demás nos llamaban por nuestros nombres solamente. Y nuevamente fútbol, en el Estadio La Portada, con lo dramático que era ser hincha de un equipo que subía a Primera División y bajaba a Segunda, pero que tuvo años gloriosos con el Pelé Álvarez y el brasileño Torino. Yo jugaba en las infantiles de Club Deportes La Serena, y mi papá –que de lunes a viernes estaba “arriba”, en la mina–, me acompañaba cada sábado a los partidos en las canchas aledañas de La Portada.

Partir a Santiago fue emocionante y doloroso, porque nunca más la familia volvería a vivir junta, pero es la ley de la vida. Cada uno tomó su camino: el mayor estudió Derecho, el tercero Medicina, el cuarto Administración Hotelera. Yo, el segundo, entré a Derecho pero me cambié a Historia: no lo convenció mucho la idea, pero tiempo después se convenció que era mi vocación y se entusiasmó con los artículos en la prensa y otras iniciativas culturales. Al final del día, lo que más le importaba era que sus hijos fueran felices. Después de todo, él también tenía alguna culpa: en la biblioteca de la casa descubrí y revisé en muchas ocasiones, a eso de los 15 o 16 años, unas carpetas que tenía guardadas con prensa de la Unidad Popular y fotografías y documentos de El Teniente, de fines de los años 60 y de los años 70.

Mi papá siempre estaba pendiente de la situación política y social de Chile. Ahora último su gran preocupación era la cesantía, que sin duda le dolía, porque sabía lo importante que era para una persona tener trabajo, contribuir con su talento a la sociedad y ganar un sustento para su familia. Se dedicó gran parte de su vida, precisamente, a temas laborales y a dar trabajo. A fines de los años 60 comenzó en la dirección del trabajo y después en el área de relaciones industriales y recursos humanos de empresas mineras. Estos días nos han llegado saludos de personas que nos cuentan del apoyo que les dio en momentos decisivos de sus vidas, cómo eso ayudó a sus familias, y querían agradecerlo especialmente. Una vez le hablé de un trabajador que había conocido en la empresa David del Curto, en mi primer trabajo formal, a los 18 años (con imposiciones y todo): quedaría cesante al terminar el verano. Le pregunté si podría trabajar en El Indio. Me dijo si estaba disponible de inmediato: “Supongo”, le contesté. Me parece que era sábado o domingo: tomó la camioneta y partimos a Coquimbo, y el lunes Carlos L. comenzó a trabajar en la empresa, agradecido y con un contrato permanente. Además la empresa se preocupó de construir casas para los trabajadores y de dar becas para la educación superior de sus hijos, lo que enorgullecía especialmente a mi papá.

Hombre responsable de sus deberes cívicos, fue a votar hasta el 2017, a pesar que entonces ya le costaba caminar. Me tocó llevarlo como en casi todas las últimas elecciones, y entramos con él en silla de ruedas. Se le veía emocionado, como vivía cada proceso electoral, que luego seguía en la casa con el diario abierto, la televisión y la radio encendidas y llamando por teléfono por si teníamos alguna noticia. Dicho sea de paso siempre fue así: en La Serena leíamos El Día, La Tercera, El Mercurio y La Época, en Santiago añadió La Segunda en los últimos años. Le costaba más con internet.

No es casualidad que en la hora de su muerte hayan llegado tantos saludos de gente que lo conoció desde joven, que estuvo con él en El Teniente o en El Indio, que fueron sus cuñados o amigos de tiempos estudiantiles o del mundo gremial de la minería. Nos llamaron de la SONAMI con especial cariño, como él le tenía a esa institución que sentía como su casa. Todos coincidían en su valor humano y simpatía, su caballerosidad y vocación de servicio: fue Presidente del Club ANSCO en El Teniente, dirigente de Club Deportes La Serena, del Directorio del Colegio y de otras tantas instituciones a las que sirvió con desinterés hasta hace unos tres o cuatro años.

En la hora de la muerte de José San Francisco he recordado una vez más cuando nos llamó al segundo piso de una de las casas en La Serena –fuimos bastante nómades de residencia– y nos leyó el “If”, de Kipling. A mí me marcó profundamente y descubrí con el tiempo que puede haber sido una especie de programa de su vida, con éxitos profesionales y otros no tanto, porque supo “ser pueblo y dar consejo a los reyes”, con una sabiduría simple y cotidiana, tenaz y trabajador, capaz de salir adelante (virtudes que mi mamá valoraba especialmente).

Se ha ido, y ciertamente lo despedimos con tristeza. Pero sobre todo, debemos dar gracias a Dios por haber disfrutado durante tanto tiempo a un hombre común y corriente y a la vez excepcional. A un padre, marido, amigo y trabajador incansable, que se fue apagando cuando ya había dado todo de sí, quizá porque ya estaba preparado para emprender caminos más profundos y eternos.

Las columnas de Opinión son presentadas por:
Ver más

¿YA RECIBES EL PODCAST “DETRÁS DE LA NOTICIA”?

Cada noche el director de El Líbero, Eduardo Sepúlveda, cierra la jornada con un comentario en formato de audio enviado por WhatsApp, donde en pocos minutos analiza los hechos que marcaron el día y proyecta escenarios para el futuro próximo.

Sí ya eres parte de la Red Líbero, solicita el podcast escribiendo a red@ellibero.cl

Sí aún no eres parte de la Red Líbero, suscríbete y ayúdanos a seguir creciendo.

SUSCRÍBETE AHORA
Cerrar mensaje

¿Debiese llegar a más gente El Líbero?

Si tu respuesta es afirmativa, haz como cientos de personas como tú se han unido a nuestra comunidad suscribiéndose a la Red Líbero (0.5 o 1 UF mensual). Accederás a eventos e información exclusiva, y lo más importante: permitirás que El Líbero llegue a más gente y cubra más contenido.

Suscríbete