Hace exactamente 70 años, el padre Alberto Hurtado publicó un libro con este título: ¿Es Chile un país católico? (Santiago, Ediciones Splendor, 1941). La obra generó una polémica inmediata, en la cual algunos criticaban un aspecto determinado de la publicación o siquiera que se pusiera en duda la catolicidad nacional, aunque el autor reiteraba el carácter católico de la sociedad.

Había muchos temas que hacían necesario responder esa interpeladora pregunta, considerando los cambios que se habían producido en Chile en la segunda mitad del siglo XIX y en la primera mitad del siglo XX. Entre los factores que consideraba el padre Hurtado destacaban el choque de ideologías, el “recrudecimiento de la moral pagana”, la apostasía de las masas y el crecimiento del mundo protestante, a lo que se sumaba una serie de miserias que afectaban principalmente a los sectores populares (la constitución de la familia, la mortalidad infantil, la falta de vivienda, problemas económicos, alcoholismo, amargura y alejamiento de la Iglesia). A todo esto se sumaba un problema crucial, muchas veces olvidado cuando se cita ¿Es Chile un país católico?: era la falta de sacerdotes santos, sin lo cual cualquier recuperación resultaba imposible, a juicio del autor.

Al terminar este 2021 vale la pena repensar el problema planteado hace siete décadas, en un Chile muy distinto en diferentes aspectos, entre ellos el religioso. En esta Navidad –como por lo demás ocurre desde hace muchas décadas– una vez más ha sido posible observar una vorágine consumista y la repetición de figuras importadas, en tanto el nacimiento de Cristo que da origen a la fiesta parece estar reservado para el recuerdo de alguna parroquia, las tradiciones familiares de unos pocos y unas cuantas imágenes que permiten recordar el sentido de la celebración. Sin embargo, nada de aquello puede competir con la propaganda, las ofertas de ocasión, el consumo desatado y la omnipresente lógica del gasto y los regalos.

En los países que han tenido una religión oficial –como fue el caso del catolicismo en Chile durante la monarquía y durante el primer siglo de vida republicana–, el culto se impone de una manera directa y clara. Por lo mismo llega a ser única y luego mayoritaria, e informa el conjunto de la sociedad en sus diferentes dimensiones. Por eso las instituciones políticas tienes un sello religioso, como también la enseñanza pública y la regulación del estado civil de las personas. Así fue en el Chile del siglo XIX y por ello surgieron las llamadas “luchas teológicas”, que en realidad eran problemas políticos sobre la relación de la Iglesia con el Estado.

Sin embargo, en el caso de la Iglesia Católica actual la situación es muy diferente. Hoy es una institución más dentro del país, si bien con una larga e importante tradición. Ya no tiene una vigencia oficial, aunque conserva alguna presencia republicana visible, en actos como el Te Deum en cada septiembre y en la vigencia de algunos feriados religiosos. En el resto de las cosas comparte la misma regulación de otras instituciones seculares, lo que se puede apreciar en sus colegios y universidades, la opinión pública o el ejercicio de las libertades civiles que la implican, como la de conciencia, de culto o de enseñanza.

En cuanto a la práctica religiosa propiamente tal, la pérdida de fieles católicos ha sido visible y creciente, en lo que se puede considerar una tendencia de largo plazo, como puede observarse al analizar los censos de población desde mediados del siglo XX en adelante. En el Censo de 1940 –inmediatamente anterior al libro de Alberto Hurtado– el 94% de la población es identificada como católica, frente al 3% que se declara sin religión. Desde entonces en adelante la tendencia ha sido decreciente: 92% en 1952; 89% en 1960; 90% en 1970; 77% en 1992; 70% en 2002 y apenas un 67% en 2012. Como se puede apreciar, el deterioro ha sido especialmente fuerte en el último medio siglo.

En la última década el problema ha sido todavía mucho más profundo, como muestra la Encuesta UC-Bicentenario: el 2006 el 70% se identificaba con la religión católica, cifra que experimentó un leve pero sostenido decrecimiento en los años siguientes: el 67% en 2009; el 63% en 2011; el 61% en 2013; el 59% el 2014; el 58% el 2016, cifra que se mantenía en 2018. Sin embargo, al año siguiente los números llegaron a su peor registro desde el surgimiento del estudio: un pobre 45% declara profesar la religión católica. Como sintetiza Eduardo Valenzuela, el catolicismo ha sido desafiado doblemente en los últimos años, por el auge de los evangélicos y por el secularismo, que se expresa con mayor intensidad entre los más jóvenes (ver el interesante “¿En qué creen los chilenos? Naturaleza y alcance del cambio religioso en Chile?”, Centro de Políticas Públicas UC, Año 8/N° 59/abril de 2013).

Por cierto, esto no implica solamente una disminución en la cantidad de fieles, sino que incluye diferentes aspectos relevantes. Entre ellos se puede mencionar la crisis de credibilidad institucional por los abusos cometidos por muchos clérigos, el profundo cambio cultural que ha vivido Chile en estos veinte años, la pérdida de vitalidad en la práctica religiosa de los católicos, una falta de influencia de los católicos en el mundo intelectual, ausencia de liderazgo en el episcopado e incluso una secularización al interior de las instituciones católicas de enseñanza. Como suele ocurrir con los problemas complejos, se trata de una crisis multifactorial y de largo alcance: por lo mismo, el cambio religioso y la decadencia del catolicismo son realidades que seguramente se extenderán por un tiempo largo, si es que no resulta irreversible.

Al problema numérico de los católicos y al crecimiento de otras confesiones y de quienes no profesan religión alguna o se declaran agnósticos o ateos, se suma la comprensión que muchos católicos tienen de su propia fe. En este plano, “ser católico” o el “catolicismo” aparece como una forma de compromiso social o una fórmula aguada, con escasas convicciones y consecuencias, lo que en su tiempo Mario Góngora denominó “la descomposición de la conciencia histórica del catolicismo”. A mucha distancia queda la definición –presente en el Catecismo presentado en su momento por Juan Pablo II– crucial de conocer y amar a Cristo o aquellas definiciones básicas de qué creer (el Credo), cómo comportarse (los mandamientos) el auxilio de los sacramentos y la forma de orar, comenzando por el Padre Nuestro. La reacción pasiva de los católicos frente a la clausura o prohibición del culto durante la pandemia, con un claro sesgo discriminador, es una muestra clara de una actitud defensiva o, cuanto menos, poco comprometida.

¿Es posible un renacimiento católico? La pregunta está formulada en los dos planos, tanto numérico como de vitalidad en la fe, en los crudos números que miden las encuestas o los censos y esa otra realidad más invisible, pero que también se puede apreciar a través de las convicciones personales y públicas, así como en la evolución cultural de la sociedad. Es difícil saberlo, pero todo indica que no habrá un renacimiento católico, al menos en el corto plazo. El padre Hurtado –y muchos antes y después de él– enfatizaban que estos problemas requieren santidad, que el sacerdote chileno especificaba en la necesidad de muchos sacerdotes santos para realizar una labor inmensa. Lo mismo se podría decir respecto de los laicos, ubicados cada uno en las más diversas actividades profesionales y sociales, que desde ahí tienen la misión de cristianizar la sociedad.

Quizá ocurra algo distinto, profetizado en 1969 por Joseph Ratzinger –el futuro papa Benedicto XVI–, en una serie de conferencias radiales. Ellas fueron publicadas en un notable libro, que vale la pena releer de vez en cuando: Fe & futuro (Bilbao, Desclée de Brouwer, 2007). En su obra Ratzinger advierte que en el futuro la Iglesia Católica sería una institución más pequeña, que viviría “solo de la fuerza de quienes tienen raíces profundas y viven de la plenitud pura de su fe”, que deberá volver al centro de su credo: “la fe en el Dios trinitario, en Jesucristo, el hijo de Dios hecho ser humano, la ayuda del Espíritu que durará hasta el fin”. Su síntesis es clara y contundente: “De la crisis de hoy surgirá mañana una Iglesia que habrá perdido mucho. Se hará pequeña, tendrá que empezar todo desde el principio. Ya no podrá llenar muchos de los edificios construidos en una coyuntura más favorable. Perderá adeptos, y con ellos muchos de sus privilegios en la sociedad”.

Tenía razón Ratzinger cuando anunciaba los difíciles tiempos que vendrían para la Iglesia y las “fuertes sacudidas” que la afectarían, muchas de ellas producto de la acción de sus propios fieles. No sería “nunca más la fuerza dominante en la sociedad”, pero permanecería la Iglesia de la fe, donde tendría gran relevancia “el sello de los santos”, presente en la sociedad para dar vida y esperanza. No es poca cosa, en un mundo que muchas veces cifra su felicidad en los bienes materiales y sus ilusiones en las ideologías de turno, siguiendo un carril que con seguridad no conducirá –como tantas veces en la historia– al fin prometido.

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