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Publicado el 21 de junio, 2020

Alejandro San Francisco: En la muerte de Ruiz Zafón. Un recuerdo agradecido

Profesor de la U. San Sebastián y la UC. Director de Formación del Instituto Res Publica. Director general de "Historia de Chile 1960-2010" (USS). Alejandro San Francisco

Conocí a Carlos Ruiz Zafón el 30 de mayo del 2012 y fue la única vez que pude compartir con él. Era un hombre grande, me pareció inmenso, como un rugbista, curiosamente algo tímido, pero a la vez accesible y sin rasgos de divo. Esto último es muy importante, considerando que era uno de los escritores españoles más leídos en el mundo, famoso y admirado, cuyas obras han permitido a muchas personas disfrutar del placer de la literatura.

Alejandro San Francisco Profesor de la U. San Sebastián y la UC. Director de Formación del Instituto Res Publica. Director general de "Historia de Chile 1960-2010" (USS).

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La Biblioteca Nacional de España, que dirigía Glòria Pérez-Salmerón, había organizado una actividad titulada “El libro del universo”, donde participaban destacadas figuras de la literatura: Ruiz Zafón era el invitado en esa ocasión. Su fama principal se debía a una obra en especial: La sombra del viento, que apareció el 2001 y que luego dio origen a una zaga de cuatro libros, llamada “El cementerio de los libros olvidados”, que incluyó El juego del ángel, El prisionero del cielo y El laberinto de los espíritus. Se trata de un verdadero “símbolo de defensa de la lectura, como memoria y refugio”, como ha destacado María Teresa Cárdenas en “Carlos Ruiz Zafón, guardián de la Barcelona gótica” (El Mercurio, 20 de junio de 2020).

No conocía esa obra, y su lectura me fue recomendada por el embajador de Chile en España Sergio Romero. La sombra del viento es uno de esos libros que atrapan desde el comienzo, se lee rápidamente a pesar de lo voluminoso; los relatos van entrelazándose de una manera atractiva, contradictoria, imprevisible y llena de alternativas que hacen muy difícil predecir el curso que tomarán los acontecimientos. Lo leí poco antes de la conversación con el escritor, lo que significó gastar muchas horas de sueño que bien valieron la pena. El comienzo es muy atractivo y conviene reproducirlo:

“Todavía recuerdo aquel amanecer en que mi padre me llevó por primera vez a visitar el Cementerio de los Libros Olvidados.

Desgranaban los primeros días del verano de 1945 y caminábamos por las calles de una Barcelona atrapada bajo cielos de ceniza y un sol de vapor que se derramaba sobre la Rambla de Santa Mónica en una guirnalda de cobre líquido.

– Daniel, lo que vas a ver hoy no se lo puedes contar a nadie -advirtió mi padre-. Ni a tu amigo Tomás. A nadie.

– ¿Ni siquiera a mamá? -inquirí yo, a media voz.

Mi padre suspiró, amparado en aquella sonrisa triste que le perseguía como una sombra por la vida.

-Claro que sí -respondió cabizbajo-. Con ella no tenemos secretos. A ella puedes contárselo todo”.

Los personajes, cada uno construido con su propio mérito, tenían características que los hacían fascinantes y dignos de ser seguidos en sí mismos, además de la trama de libro. Los Sempere, el papá y Daniel (de poco más de diez años al comienzo de la historia), con una amistad construida a partir de los libros; Clara, mujer ciega y encantadora, veleidosa y apasionada también por la lectura (de ahí la amistad con Daniel, aunque este en realidad se había enamorado de ella, y le leía cotidianamente con una fidelidad asombrosa); el inefable Fermín Romero de Torres, mendigo consuetudinario rescatado por Daniel y representante del típico pícaro español, con respuesta para todo y una locuacidad y manejo del idioma digno de Cervantes; Isaac, que vivía entre los libros del Cementerio de los Libros Olvidados; Nuria Monfort, llamada a desempeñar un papel central en la obra, la verdadera memorista de la historia y de la vida del desaparecido actor principal de la novela; el arrogante Fumero, mediocre, amargo y amoral, y otros tantos personajes que desempeñan funciones menores, pero siempre necesarias y bien puestas en la obra.

No he mencionado al más importante de todos: Julián Carax, un personaje notable y difícil, con una vida joven y promisoria, que después lo transformaría en un escritor maldito y en el corazón de la búsqueda que formaba parte central de la novela. Si algo movía los hilos de la historia era la obsesión creciente de Daniel Sempere por encontrar y conocer a Carax, de quien se sabía que había escrito con escaso éxito comercial, pero con gran calidad literaria. Y, no se sabía por qué, alguien se dedicaba a quemar todas las copias existentes se su obra, para que no quedara rastro sobre la tierra. Un misterio.

La actividad en la Biblioteca Nacional ese 30 de mayo era a las 18.30 horas, pero un par de horas antes ya había gente ocupando sus puestos, para no quedar fuera del evento. El escritor era una especie de rock star, salvando las diferencias: sus obras estaban traducidas a más de 30 idiomas en más de 40 países, llegando en la actualidad a más 15 millones de lectores en todo el mundo. En esa ocasión pudimos conversar unos minutos –no más de media hora– con Glòria Pérez-Salmerón y Carlos Ruiz Zafón. Comentamos algo de libros y de su propia obra, especialmente de La sombra del viento, que me dedicó con un escueto “Para Alejandro, amigo en la sombra”. Ahí aprovechó de leer lo que yo había anotado al final de ese libro cuando concluí su lectura: “Libro notable, exquisito, sorprendente, mágico. Me robó muchas horas de sueño. Lo gocé intensamente, lo sufrí en silencio”. Fue muy simpático, porque se llevó la mano a la cabeza y se la golpeó levemente, pidiéndome disculpas por no haberme dejado dormir lo suficiente y riéndose un poco de la situación.

Vestido de blue jeans y polera, sin formalidades de más, con una calvicie prematura y barba corta, parecía medir cada palabra. Luego nos despedimos para pasar a la entrevista que le haría Sergio Vila-San Juan y donde los asistentes podrían preguntar sus inquietudes. Esa vez tomé notas –no siempre lo hago–, en las que me apoyo para recordar parte de la conversación. Nació el 25 de septiembre de 1964 y asistió a un colegio jesuita en su Barcelona natal; le gustaban las películas antiguas y la lectura, pero se consideraba “un espíritu contrario que no acababa de encajar con la disciplina del colegio”. Desde entonces ya quería ser escritor y su primera obra la escribió a los 15 años, aunque no fue publicada.

De joven se consideraba un “mercenario”, porque estudió comunicación y publicidad y trabajó algunos años en esa área, pero solo por dinero. Por eso el 1 de enero de 1991 decidió dejar todo para dedicarse a su verdadera vocación: la literatura. Entre sus autores preferidos estaban algunos clásicos europeos, como J.R.R. Tolkien, Charles Dickens y Alexander Dumas, además de dos latinoamericanos: Gabriel García Márquez y Alejo Carpentier.

¿Por qué escribió La sombra del viento? Su motivación, respondió brevemente, fue muy simple: “Escribir aquello que yo quiero escribir”, manifestando que se había inspirado en librerías reales, de libros “viejos”. Esto contradecía la tesis de mi amigo Luis Domínguez, el gran librero de Marcial Pons, quien suponía que Ruiz Zafón había sido también librero en algún momento. En una confesión autobiográfica, el escritor señaló que Julián Carax era “el personaje más próximo a mí mismo”, con el cual se sentía identificado.

En una parte de su exposición, el autor de La sombra del viento se refirió al proceso de “deforestación cultural” que a su juicio estaba viviendo el mundo, parcialmente debido a la falta de lectura, en parte por la primacía de las tecnologías. En esa ocasión aproveché de preguntar sobre la importancia de la lectura y cómo ella podría contribuir a la tendencia contraria, a una “reforestación cultural”. Su respuesta me pareció muy pertinente: es necesario que las historias estén construidas y contadas de manera que logren seducir a los lectores, porque la lectura es un hábito y una mala historia es una invitación a dedicarse a cualquier otra cosa, menos a leer.

En tiempos de pandemia del coronavirus, nos llega la noticia de que Carlos Ruiz Zafón ha muerto en Estados Unidos este 19 de junio de 2020, pero de un cáncer que lo aquejaba desde hace un par de años. Con su partida se despide un gran escritor, que supo combinar una excelente calidad literaria con la posibilidad de convertirse en un best seller mundial. Felizmente, tenemos la certeza de que su obra no vivirá en ningún cementerio de libros olvidados, sino que será uno de los elementos más valiosos de muchas librerías y bibliotecas que siguen perpetuando la vitalidad de la lectura y el conocimiento de mundos diferentes, apasionantes e imperecederos.

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