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Publicado el 24 de agosto, 2019

Alejandro San Francisco: El pacto nazi-comunista (1939)

Profesor de la U. San Sebastián y la UC. Director de Formación del Instituto Res Publica. Director general de "Historia de Chile 1960-2010" (USS). Alejandro San Francisco

El siglo XX no solo fue sangriento y doloroso, sino que inmensamente creativo, incluso para la destrucción. Las relaciones entre el comunismo y el nazismo, entre Stalin y Hitler, entre la Unión Soviética y el Tercer Reich, son una clara manifestación de ello.

Alejandro San Francisco Profesor de la U. San Sebastián y la UC. Director de Formación del Instituto Res Publica. Director general de "Historia de Chile 1960-2010" (USS).
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Los caminos de la historia no siempre son lineales, sino que la mayoría de las veces son tortuosos. Las relaciones entre el comunismo y el nazismo, entre Stalin y Hitler, entre la Unión Soviética y el Tercer Reich, son una clara manifestación de ello. Si después de 1917 se afirmó la Revolución Bolchevique y el primer estado comunista del mundo, la Unión Soviética, en los años siguientes existió la posibilidad de una extensión de ese proceso hacia otros lugares de Europa. Paralelamente, en un proceso dialéctico, surgió un claro sentimiento anticomunista, que explotaron con especial éxito Benito Mussolini en Italia y Adolf Hitler en Alemania: era necesario detener el avance del marxismo-leninismo, incluso –si era necesario– utilizando los mismos medios inescrupulosos que utilizaban los vencedores de Octubre en Rusia.

Por lo mismo, no es casualidad que durante la década de 1920 Alemania haya estado en un lugar privilegiado como potencial escenario de la segunda revolución comunista de la historia, en la línea de lo que había previsto Karl Marx a mediados del siglo XIX y hacia dónde había trabajado Rosa Luxemburgo a fines de la segunda década del XX. Para ello era necesario organizarse, porque la posibilidad de éxito estaba a la vuelta de la esquina; el trabajo al servicio del Partido Comunista y por la victoria del proletariado en su revolución era no solo justificado, sino que probablemente era un anticipo que explicaba el resultado positivo, inevitable y definitivo. Las posibilidades de la victoria comunista en Alemania, y luego el advenimiento de Hitler y la represión, aparecen narrada de manera apasionante y dramática en la narración autobiográfica de Ian Valtin, La noche quedó atrás (Buenos Aires, Seix Barral, 2008), historia de un comunista –cuyo verdadero nombre es Richard Krebs– que debe sufrir la persecución, la cárcel y los tormentos bajo el nazismo, precisamente por haber consagrado su vida al comunismo.

Por lo mismo, debe haber sido muy difícil para los propios comunistas cuando su líder máximo, el “padrecito Stalin”, apareció llegando a un acuerdo imprevisible con Hitler en 1939, en lo que podríamos calificar como uno de los acontecimientos más curiosos y decisivos del siglo XX: el llamado pacto Ribbentrop-Molotov, que con el paso de los días daría comienzo a la Segunda Guerra Mundial. El acuerdo entre los nazis y los comunistas implicaba un pacto de no agresión recíproca, así como ambos regímenes se dividían un sector de Europa central, como se comprobaría al comenzar septiembre.

En distintos lugares del mundo los comunistas fueron atacados y debieron dar explicaciones. Así ocurrió también en Chile, en un momento en que gobernaba el Frente Popular, cuya lógica internacional había sido surgir para luchar contra el fascismo. En un artículo publicado en revista Principios, el joven literato comunista Volodia Teitelboim escribió un artículo en el cual expresó: “Ahora, porque la URSS y Alemania, a solicitud de esta última, firman un pacto de no agresión que asegure la paz en el Oriente de Europa, entre los dos estados más poderosos de dicho continente, Chamberlain y Daladier declaran la guerra”. Explicación curiosa que culpa a Inglaterra y a Francia del comienzo del gran conflicto bélico.

No está de más recordar que una vez firmados los pactos públicos y los protocolos secretos, Stalin propuso un brindis por Hitler, pues estaba consciente del “gran amor que siente la nación alemana por su Führer” (en Antony Beevor, La Segunda Guerra Mundial, Barcelona, Pasado & Presente, 2012). Nazis y comunistas podían celebrar y brindar, mientras el mundo se acercaba a pasos agigantados a una nueva guerra internacional.

Como resume François Furet en El pasado de una ilusión (México, Fondo de Cultura Económica, 1996), “de septiembre de 1939 a junio de 1941, Stalin es el principal aliado de Hitler” y solo desde entonces hasta 1945 el dictador soviético se convirtió en el principal enemigo del dictador alemán. Sin embargo, como advierte el historiador francés, “la memoria selectiva de los pueblos las más de las veces no ha retenido del interminable conflicto más que el segundo periodo, al que la victoria extendió su certificado de autenticidad”.

Hitler pensó en agosto de 1939, y lo confirmaría con determinación las primeras semanas de septiembre, que Europa comenzaba a ser suya. Estaba protegido por el Este gracias a su pacto con la Unión Soviética, aunque pronto debiera enfrentar a Inglaterra y a Francia por el Oeste. Sin embargo, como suele ocurrir, las veleidades de la historia y la megalomanía de Hitler lo llevarían tiempo después a romper el acuerdo con Stalin e iniciar una guerra tan destructiva como autodestructora en territorio soviético, que lo conduciría finalmente a la derrota. En el caso de Polonia y otros países de Europa central y oriental, debieron sufrir la invasión nazi durante la Segunda Guerra Mundial y luego la “liberación” soviética a finales del conflicto: serían el lugar donde se edificarían los socialismos reales en los años siguientes.

Esa es otra historia, quizá tan dura y dramática como la que se inició en agosto de 1939, cuando el pacto nazi-comunista preparó el camino para el inicio de la Segunda Guerra Mundial. Los estados totalitarios, con su acción, demostraban tener una gran flexibilidad táctica y una capacidad extrema para adaptarse a las circunstancias. Después de todo, el siglo XX no solo fue sangriento y doloroso, sino que inmensamente creativo, incluso para la destrucción.

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