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Publicado el 03 de noviembre, 2019

Alejandro San Francisco: El momento populista

Profesor de la U. San Sebastián y la UC. Director de Formación del Instituto Res Publica. Director general de "Historia de Chile 1960-2010" (USS). Alejandro San Francisco

Para enfrentar los nuevos desafíos no basta con dar las viejas respuestas a las nuevas preguntas, sino que es necesario ser más profundos intelectualmente y más creativos políticamente.

Alejandro San Francisco Profesor de la U. San Sebastián y la UC. Director de Formación del Instituto Res Publica. Director general de "Historia de Chile 1960-2010" (USS).
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Los momentos de crisis son oportunidades, pero también pueden ser el comienzo de un problema cada vez mayor. Por eso, cuando las sociedades enfrentan circunstancias especialmente difíciles -y en la actualidad el mundo está lleno de problemas de distinto tipo-, de inmediato surge el interés por encontrar respuestas desde la ciencia política y la economía, desde la historia y la sociología. Es verdad que la historia enseña y entrega antecedentes, también es un factor de análisis para la realidad presente, pero carece de una propiedad que muchas veces se le exige con voluntarismo y justos deseos de anticipar escenarios, pero sin el realismo ni la distancia que se requiere: anticipar el futuro, saber qué ocurrirá en una determinada circunstancia, predecir con expectativas de éxito superior a los de otros análisis posibles.

En la actualidad, con elecciones o con movimientos sociales, con gobiernos de izquierdas o de derechas, las democracias del mundo viven una situación difícil y oscilante. En los últimos años -y suponemos que será igual por un tiempo más- el consenso político y económico liberal de fines del siglo XX parece estar llegando a su fin, y los logros históricos de la democracia y la economía libre hoy acumulan críticas y execraciones donde ayer recibían alabanzas y comprensión. Esta es una realidad que está presente tanto en Europa como en América Latina, que muestran un futuro abierto en lo ideológico y de confrontación en lo político. La era del consenso podría estar transitando hacia una era de mayores disputas e incluso conflictos. Hay muchas razones para mirar con atención el tiempo histórico que nos toca vivir cuando se acaba la segunda década del siglo XXI.

En términos políticos, la dirección de los movimientos contestatarios y de protesta no es unilateral. Un camino muy claro lo representan los movimientos de indignados que han surgido en diferentes lugares: algunos han seguido ejecutando su acción desde las calles, mientras otros han preferido institucionalizar su trabajo, disputando el poder político en las elecciones (Podemos en España y Syriza en Grecia son dos buenos ejemplos). Sin embargo, los llamados populismos de derecha también han logrado capitalizar la molestia contra la política tradicional: Trump en Estados Unidos y Bolsonaro en Brasil son dos ejemplos al respecto, pero también ilustran esta posición algunos movimientos euroescépticos de creciente relevancia en Europa.

Según la filósofa y politóloga Chantal Mouffe, el momento populista expresa la crisis el sistema nacido en la década de 1980 en Occidente.

En los últimos años ha aparecido mucha literatura intentando explicar lo que ocurre en la política a nivel mundial: algunos textos dan pocas luces y caen en la descalificación fácil de las posiciones que no comparten. Otras obras pueden tener ideologías discutibles, pero son de interés indudable y conviene leerlos para intentar comprender la actualidad. Me parece que en esta línea se inscribe la obra de Chantal Mouffe, específicamente su reciente libro Por un populismo de izquierda (Buenos Aires, Siglo XXI Editores, 2018). La discípula de Ernesto Laclau sostiene desde hace algunos años que la “hegemonía neoliberal” había tenido un predominio claro desde 1990 en adelante, como se pudo apreciar muy bien con el gobierno laborista de Tony Blair en Inglaterra, que en la práctica tuvo que ceñirse a la lógica de las reformas thatcheristas, sin poder cambiar el eje en el cual se podía mover una administración. Una característica típica de esa hegemonía fue la posdemocracia, es decir, la indiferencia política -la mera administración-, la ausencia de disputas y alternativas, de manera que quienes se salían del marco establecido parecían representar posturas extremistas o eran descalificados como populistas. Para Mouffe, después del 2008 -producto de la crisis financiera y sus consecuencias- la situación comenzó a cambiar: emergieron movilizaciones de “los de abajo” contra “aquellos en el poder” y, por lo tanto, cambió el modo de hacer política. Esto permitió que surgiera un “momento populista”, que la filósofa y politóloga define como esa situación que se produce cuando, “bajo la presión de transformaciones políticas o socioeconómicas, la multiplicación de demandas insatisfechas desestabiliza la hegemonía dominante”. Eso sería, precisamente, lo que caracteriza la coyuntura política actual a juicio de Mouffe, por lo cual el momento populista expresa la crisis del sistema nacido en la década de 1980 en Occidente. En términos generales, manifiestan “la expresión de una variedad de resistencias a las transformaciones políticas y económicas sufridas durante los años de hegemonía neoliberal”.

Descalificar el movimiento como meramente comunista o simplemente violentista sería un error y una manifestación de precariedad en el análisis intelectual del proceso que vive Chile, por muy legítimas que sean las discrepancias con quienes protestan y con sus demandas.

Como se puede apreciar, en esta fórmula el concepto populismo no tiene la connotación peyorativa que es habitual en la lucha política y en las noticias; tampoco sería una enfermedad de la democracia, como suele afirmarse. Por el contrario, afirma Mouffe, se trata de “diseñar una respuesta propiamente política mediante un movimiento populista de izquierda que unifique todas las luchas democráticas contra la posdemocracia”, más si reconocemos la creciente “oligarquizacción” de las sociedades occidentales. De esta manera, la voluntad colectiva, “nosotros”, el “pueblo”, deben enfrentar al adversario común: la oligarquía. El objetivo de esta acción política lo define claramente la teórica del populismo: “la creación de una nueva hegemonía que permita la radicalización de la democracia”. En este esquema, su postura es muy crítica de lo que fueron hace unas décadas la izquierda socialdemócrata (devenida en liberal cuando gobierna) y comunista.

Me parece que esta es una matriz de análisis que debemos tener presente para intentar comprender la situación de Chile en los últimos años, y especialmente la que se vive a partir del estallido de la revolución de octubre, con su dinámica de movilización y apuesta por cambiar el orden vigente, y en parte también la dinámica de violencia destructora que ha estado presente en varias jornadas, como no se había visto en nuestro país. Sin embargo, además de lo festivo y contestatario, es evidente que existe una disputa intelectual contra el orden económico y político vigentes, al menos en la forma como se han desarrollado hasta hoy, calificados bajo el rótulo de neoliberal por sus detractores. Descalificar el movimiento como meramente comunista o simplemente violentista sería un error y una manifestación de precariedad en el análisis intelectual del proceso que vive Chile, por muy legítimas que sean las discrepancias con quienes protestan y con sus demandas. La lucha propiamente política exige una mayor reflexión y capacidad de persuasión, para no quedar botados en el camino y sin capacidad de respuesta frente a la presente crisis.

No hay razón para pensar que la política mundial, y la de Chile en particular, dejarán de lado la complejidad que tienen en la actualidad. Para enfrentar los nuevos desafíos no basta con dar las viejas respuestas a las nuevas preguntas, sino que es necesario ser más profundos intelectualmente y más creativos políticamente. Para ello resulta clave, al menos, asumir dos tareas con especial seriedad y determinación. La primera es repensar la democracia actual, con sus distintas variables y derivadas, además de mostrar una especial capacidad de hablar en lenguaje actual y de ser capaces de no dar por asumida la adhesión pasiva de la ciudadanía a la democracia tal cual existe. La segunda es la necesidad de comprender qué significa realmente gobernar “las democracias indignadas” y obrar en consecuencia cuando una persona, partido o coalición logran triunfar en las elecciones. No basta gobernar como antes: los índices económicos siempre serán insuficientes, la falta de acción política tiene costos y la carencia de perspectiva humanista solo perjudica a quien carece de ella.

De esa manera veremos si el momento populista conduce a la “radicalización (populista) de la democracia” o a una renovación del complejo gobierno del pueblo.

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