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Publicado el 29 de marzo, 2020

Alejandro San Francisco: El momento político del coronavirus

Profesor de la U. San Sebastián y la UC. Director de Formación del Instituto Res Publica. Director general de "Historia de Chile 1960-2010" (USS). Alejandro San Francisco

Las connotaciones políticas y económicas son claras, pero también emergen aspectos relacionados con las relaciones internacionales, como se puede observar en las recriminaciones entre China y Estados Unidos o en las difíciles negociaciones al interior de la Unión Europea.

Alejandro San Francisco Profesor de la U. San Sebastián y la UC. Director de Formación del Instituto Res Publica. Director general de "Historia de Chile 1960-2010" (USS).

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El coronavirus será en el futuro, casi con seguridad, el gran evento del 2020, el que habrá copado la agenda mediática, cambiando las prioridades políticas y provocando un escenario económico de recesión que, sin duda, prolongará los efectos que ya ha tenido sobre la salud de la población. Cuando las cifras comienzan a acercarse al millón de contagiados en todo el mundo y los muertos suman cerca de 30 mil, la verdad es que el problema todavía está bastante lejos de ser superado.

Lo que en un primer momento fue un tema de salud, ciertamente grave, hoy es mucho más que eso. Las connotaciones políticas y económicas son claras, pero también emergen aspectos relacionados con las relaciones internacionales, como se puede observar en las recriminaciones entre China y Estados Unidos o en las difíciles negociaciones al interior de la Unión Europea. En otras palabras, estamos frente a un momento especial en la historia de la humanidad, cuyas consecuencias las comenzaremos a ver en los próximos meses de manera más nítida.

Un primer aspecto clave de análisis es el impacto político del coronavirus, especialmente en aquellos líderes, gobiernos y partidos que desatendieron el problema de salud que se les venía a sus países, a los que obraron tarde y mal, o bien a todos aquellos que fueron superados intelectualmente o en su capacidad de gestión por este novedoso ataque a las formas actuales de gobernar. El líder norteamericano Donald Trump señaló en febrero que “el riesgo para los estadounidenses sigue siendo muy bajo”, asegurando que el país estaba preparado para enfrentar el coronavirus; el español Pedro Sánchez aseguraba que su país estaba en buenas manos y después declaró que estar siguiendo las estrategias de la Organización Mundial de la Salud (OMS); el primer ministro británico Boris Johnson apostó por “la inmunidad del rebaño” y la mitigación, mientras el mexicano Andrés Manuel López Obrador afirmó sin inmutarse que “hay que abrazarse, no pasa nada” (4 de marzo). Y así como ellos –mezcla curiosa de frivolidad, desprolijidad y falta de visión–, otras administraciones y gobernantes han menospreciado el problema, han preferido enfrentar la ciencia con populismo o bien sus reacciones tardías y cambiantes les han mostrado sus errores después de tener que lamentar la proliferación de la enfermedad.

En los temas serios, científicos y donde la evidencia es más importante que la ideología o el estilo personal de quien gobierna, es esencial obedecer a la ciencia, a los resultados reales, y después de escuchar y estudiar las distintas alternativas, corresponde tomar decisiones inteligentes, prudentes y jerarquizadas. De esta manera, podemos ver en los casos mencionados que lamentablemente Estados Unidos ha visto crecer sus contagiados de manera exponencial, y hoy es el país con más casos confirmados en el mundo; España pospuso las medidas más serias para después del 8M, y hoy sufre el drama de más de 6 mil muertes por coronavirus, habiendo cometido muchos errores en el camino; en Gran Bretaña hubo que cambiar de política después del lapidario informe del Imperial College de Londres, que predecía medio millón de muertes; en tanto es muy probable que México nos dé hacia el futuro alguna lamentable sorpresa o esconda las cifras reales de su situación.

A esto se sumará un segundo problema, grave y con seguridad duradero: la crisis económica, o la recesión del coronavirus. Este es un hecho, que ninguna buena intención logrará desmentir y que también requiere ser enfrentado con inteligencia, con datos serios y con gran unidad política y social. En este caso se requiere una gran conducción política para encabezar los procesos de recuperación económica y las apuestas por el futuro, así como es necesario tomar medidas –algunas de ellas serán sin duda difíciles– que permitan mitigar los daños y acelerar la salida de la crisis. Por otra parte, en un contexto de ciudades y estados en cuarentena, sin poder trabajar normalmente y con varias áreas de la economía paralizadas, es imprescindible tomar decisiones que protejan el aparato productivo en su conjunto, pensando en la importancia de todas aquellas empresas que dan la mayoría de los empleos, así como en los trabajadores que viven de su salario y que están sufriendo de manera directa y grave las consecuencias económicas del coronavirus.

En esta disyuntiva no triunfarán aquellos gobiernos que hablen más, manifiesten mejores intenciones, utilicen frases para la galería o pronuncien gritos de alarma o desesperación. Recuperarse de una crisis económica exige generar confianzas, procurar una razonable unidad política, aprovechar las dificultades para reorganizar los estados elefantiásicos y con muchas áreas inútiles (buen momento para eliminar ministerios, programas mal evaluados y bajar sueldos excesivos) y pensar en destinar la mayor cantidad de recursos públicos al progreso económico y social de la población. Paralelamente, será necesario reimpulsar el espíritu emprendedor, gran motor del progreso de los pueblos, que se ha visto afectado de manera dramática en estos meses, en el caso de Chile por el doble proceso derivado primero de la crisis social y luego del coronavirus. Por otra parte, es probable, como ya se desprende de las negociaciones en Europa, que España e Italia no reciban el trato que esperan tras el sufrimiento que han enfrentado por el coronavirus. Quizá se podría invertir el orden de los factores: que esos dos países y con sus gobiernos a la cabeza, dirijan con seriedad un proceso de responsabilidad presupuestaria, ajusten sus gastos, bajen la deuda y el déficit, aligeren el peso del malgasto y el desorden y después reciban todo el apoyo necesario para salir adelante de esta crisis. De esta forma, nadie se sentirá engañado en las negociaciones y los resultados serán mejores para los respectivos pueblos.

Finalmente, hay un elemento que también debe considerarse en el momento político del coronavirus: la capacidad que tengan los gobiernos de unir, de sumar, de integrar y de enfrentar entre todos la pandemia y todos los males asociados. No basta con creer en la capacidad del líder de turno ni en los mejores técnicos cercanos a un gobierno: es preciso sumar a la sociedad civil, a la ciencia y las universidades, a la oposición y a quienes han sido críticos con la administración, a todos los que de buena voluntad quieren servir a su país para salir adelante. Como en las guerras, pero sin guerra; como en los grandes procesos de reconstrucción después de una guerra devastadora, pero sin el drama de haber experimentado la destrucción previa; como en todos aquellos grandes desafíos nacionales que nos permiten ver que marchamos más rápido y mejor cuando lo hacemos unidos, mientras vamos directo al fracaso cuando nos dividimos por ideologías, prejuicios, torpeza o personalismos.

El momento político del coronavirus, como otros grandes momentos de la historia, es un drama inmenso, pero también representa una gran oportunidad. En unos meses más veremos quiénes la aprovecharon y quiénes quedaron a la vera del camino acompañados de su soberbia, egoísmo y mediocridad.

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