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Publicado el 26 de julio, 2020

Alejandro San Francisco: El fin del gobierno de Churchill (julio de 1945)

Profesor de la U. San Sebastián y la UC. Director de Formación del Instituto Res Publica. Director general de "Historia de Chile 1960-2010" (USS). Alejandro San Francisco

Aplaudido por multitudes en distintos continentes, admirado y amado por su pueblo durante la guerra, Winston Churchill terminaba una etapa de su vida con una derrota electoral después de su momento de mayor gloria.

Alejandro San Francisco Profesor de la U. San Sebastián y la UC. Director de Formación del Instituto Res Publica. Director general de "Historia de Chile 1960-2010" (USS).

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Churchill, liderazgo y contradicciones

Winston Churchill (1874-1965) es una de las figuras más extraordinarias de la historia política mundial en el siglo XX. Su larga vida le permitió desarrollar múltiples tareas al servicio de la monarquía y del imperio británico, que eran sus pasiones dominantes: fue militar, escritor, político de partido y estadista. Hombre de contradicciones, de grandes afectos, pero que también provocaba grandes rechazos, si bien todos reconocían su inteligencia excepcional y su capacidad pocas veces igualada.

Sin duda, su momento más glorioso lo vivió durante la Segunda Guerra Mundial, cuando asumió como Primer Ministro de Gran Bretaña en un momento en que muchos no entendían el peligro que representaba la Alemania de Adolf Hitler y del nacionalsocialismo, mientras otros buscaban acuerdos con su régimen, para evitar una posible guerra o porque sentían cierta atracción hacia ellos. Churchill siempre estuvo en la posición contraria: condenó al nazismo como ideología política, rechazó las prácticas de gobierno de Hitler y sostuvo que era necesario oponer una resistencia frontal y sin ambigüedades a la tiranía nazi. Para ello convocó a la colaboración política dentro de Inglaterra y posteriormente a gobiernos de otros lugares del mundo, con escaso éxito en un primer momento, cuando la figura de Hitler aparecía como líder invencible y avanzaba a paso seguro sobre Europa.

A comienzos de mayo de 1940, tras un comienzo equívoco de Gran Bretaña en la guerra que había comenzado en septiembre del año anterior, Churchill fue nombrado como Primer Ministro, desde donde debería liderar la resistencia contra la tiranía nazi en una situación particularmente difícil: solo un mes después Alemania consolidaba su victoria sobre Francia, cuya claudicación era una manifestación más del momento histórico que vivía Europa. En los meses siguientes el gran afectado fue precisamente la isla británica, durante la llamada batalla de Inglaterra, que se caracterizó por continuos ataques de la aviación alemana sobre las ciudades inglesas. Sin embargo, ya no había vuelta atrás, como bien había resumido Churchill en uno de sus discursos: lucharían con tenacidad en todos los lugares que fuera necesario y jamás se rendirían; a pesar de las dificultades, Inglaterra asumiría su responsabilidad de seguir luchando por el mundo libre y esperaba que Estados Unidos se sumara a esa tarea difícil, pero urgente y necesaria para salvar la civilización.

Una mirada de los primeros meses, incluso los dos primeros años del conflicto, muestra una sucesión de problemas y derrotas en diferentes lugares –ciertamente en Europa, pero también en África o en las posesiones británicas en Asia–, que inclinaban la balanza en favor de Hitler. Sin embargo, a partir de 1941 la situación comenzó a revertirse, principalmente por dos sucesos militares determinantes: el primero, la decisión de Alemania de atacar a la Unión Soviética, a pesar de que había firmado el pacto Ribbentrop-Molotov con la dictadura comunista; el segundo fue el ataque de Japón a Estados Unidos en Pearl Harbor, que significó el ingreso definitivo de la potencia norteamericana al conflicto, en circunstancias que Japón, Alemania e Italia conformaban una coalición militar, que ahora debía enfrentarse no solo al país de Churchill, sino que también al de Stalin y al de Franklin D. Roosevelt, los llamados “tres grandes”.

La hora gloriosa de Churchill

La Segunda Guerra Mundial ocupó las noticias internacionales durante seis años muy intensos y dramáticos. Durante ese tiempo, Churchill fue una figura clave en su país y también en el mundo, por su inteligencia, su optimismo inveterado, una gran capacidad de trabajo y espíritu unitario con los países que se sumaban al esfuerzo de derrotar a Hitler.

La figura del Primer Ministro y su estilo de trabajo durante la guerra –con detalles sabrosos– se pueden revisar en la monumental obra de Andrew Roberts, Churchill. La biografía (Barcelona, Crítica, 2019). Se trata de un trabajo notable, extraordinariamente bien documentado y que logra penetrar no solo en los grandes acontecimientos políticos, diplomáticos y militares de su tiempo, sino que también en la personalidad del estadista, con sus manías y sus excesos, su voluntad de hierro y esa especie de certeza de haber sido elegido como el hombre preciso para enfrentar un momento extraordinario en la historia de la humanidad.

Si se analizan los primeros años de la guerra con detención, como el mismo Churchill ironizaba, él no había traído más que derrotas a su país, cuyos aliados habían perdido en Europa y cuyo imperio mostraba una incapacidad para resistir los ataques de los formidables adversarios que enfrentaba. Pese a ello, las encuestas de opinión pública que se registraron durante la guerra, muestran a un hombre que no solo tenía un liderazgo especial, sino que también gozaba de un gran prestigio popular, que mantuvo durante toda la Segunda Guerra Mundial: en 1940 la empresa Gallup informaba que el 88% de los encuestados se había manifestado favorable al desempeño de su labor de gobierno, contra solo el 7% que manifestaron una desaprobación; en noviembre de 1942 incluso llegaron al 90% (en algunos momentos más bajos llegó al 80%), para terminar con un apoyo de 91% en abril de 1945, el mismo mes de la derrota definitiva y el suicidio de Adolf Hitler.

Para enfrentar la guerra, Churchill organizó un gobierno de unidad nacional, lo cual significaba al menos dos cosas. Por una parte, implicaba integrar a aquellos miembros del Partido Conservador que habían mantenido posiciones distintas en el pasado, entre ellos el ex Primer Ministro Neville Chamberlain. Por otra parte, significaba integrar a las demás agrupaciones del espectro político británico, especialmente al Partido Laborista –entre ellos Clement Attlee, quien tendría destacada figuración– y también el Partido Liberal.

Durante todos esos años Churchill conservó una excepcional capacidad de trabajo, a pesar de ser un hombre que ya superaba las seis décadas y que en muchas ocasiones algunos lo veían como envejecido o acabado. Solía trabajar hasta pasada la medianoche y ya muy temprano estaba iniciando su frenética actividad: se reunía semanalmente con el rey, viajaba a otras ciudades de Inglaterra, tenía conferencias internacionales con otros líderes e incluso visitó otros países durante largos meses, según requirieran las necesidades de la campaña. Varios que trabajaban junto al Primer Ministro envejecieron más que él durante la guerra.

Elecciones y derrota después de la guerra

La convocatoria a las elecciones era la fórmula propia de las democracias del mundo. Mientras Hitler perdería su poder por la derrota política en la conflagración y Stalin consolidaría su posición de dominio con la victoria, los países democráticos debían resolver quién gobernaría mediante los tradicionales procedimientos electorales.

Esa era, precisamente, la situación de Gran Bretaña y del gobierno de Winston Churchill. Durante la guerra el Primer Ministro tuvo algún tiempo, si bien poco, para pensar en lo que vendría después de la victoria. Desde luego, se planteaba el tema de si seguiría gobernando o bien daría paso a otras figuras: en este plano, había conversado con el rey Jorge VI que si llegaba a morir en medio del conflicto, Anthony Eden debía reemplazarlo en Downing Street 10. En otra oportunidad reflexionó con un grupo de amigos sobre la posibilidad de que existiera una mayoría laborista después de la guerra, lo que le llevó a afirmar: “Da igual… Si le vale al pueblo inglés, también me sirve a mí”.

El momento decisivo llegaría en abril de 1945, cuando los laboristas manifestaron su intención de poner fin al gobierno de coalición amplia que lideraba Churchill. Con ello regresaba la política partidista a la isla, lo que en realidad era una buena noticia, porque mostraba el comienzo de la normalización política posterior a la guerra, pero también dejaba temas abiertos: todavía no había terminado la guerra con Japón y había desafíos pendientes, como la reorganización de Europa, y específicamente la situación en la que quedaría Alemania después del conflicto; a ello se sumaba la preeminencia que estaba adoptando Stalin y los comunistas en las zonas “liberadas” del dominio nazi por parte del Ejército Rojo, tema que preocupaba especialmente al líder británico.

La posición del Partido Laborista quedó confirmada en la Convención que se realizó en Blackpool, desde donde llamó Attlee para comunicar su decisión de poner fin a su participación en el gobierno, lo que echó a andar la tradicional máquina constitucional británica. Churchill comunicó al rey que se formaría un gobierno de exclusiva composición conservadora, de transición, y que habría una convocatoria a elecciones para el 5 de julio. Con ello, se mezclaban las celebraciones de la victoria sobre Hitler con las preocupaciones electorales más domésticas: el Primer Ministro decidió competir, pese a que en algunas elecciones puntuales en los meses y años siguientes los conservadores habían obtenido resultados negativos.

Churchill, a pesar de su amplia trayectoria, capacidad política, prestigio reciente y oratoria fascinante, no hizo una buena campaña. Por otro lado, equivocó los acentos de su mensaje, que se centraron en algunos temas de política internacional, utilizando ejemplos del nazismo para la situación interna de Inglaterra en curiosas comparaciones de lo que implicaría un eventual gobierno laborista. Por otra parte, había dos elementos adicionales que tenían importancia decisiva: durante la guerra Churchill había sido el gran líder de Gran Bretaña y de los Aliados contra un enemigo terrible, mientras ahora era simplemente la cabeza de los conservadores frente a otras alternativas que en la guerra habían luchado junto al propio Winston por el mismo objetivo. El otro tema también tiene gran importancia: el sistema electoral inglés permitía la elección de un representante en cada distrito y eran los miembros de la Cámara de los Comunes los que formarían el nuevo gobierno, de manera que un liderazgo como el de Churchill parecía más potente dentro un régimen presidencial, donde los votos fueran directamente para él.

En cuanto a los temas de campaña, Clement Attlee y los laboristas lograron instalar temas de campaña que serían cruciales para la Inglaterra y la Europa del futuro, relacionadas con el Estado de Bienestar. Muchos de esos temas estuvieron contenidos en el Informe Beveridge, presentado durante el conflicto, que el propio Churchill miró con interés e hizo en alguna medida propios. William Beveridge, principal autor del documento, señaló algunas bases que después se integraría al proyecto británico: debía existir un sistema de sanidad nacional, con desgravaciones por hijos y un seguro de desempleo; además las ayudas debían financiarse mediante una contribución de las personas, los empleadores y el Estado. Sostenía que el mundo vivía momentos revolucionarios y que entonces era “un tiempo de revoluciones, no de remiendos”: la victoria permitiría vivir en un sistema mejor que el anterior (ver Peter Watson, Historia intelectual del siglo XX, Barcelona, Crítica, 2002).

En esa línea, el programa laborista incluía la creación de un nuevo sistema de seguridad social, una gran cantidad de viviendas e incluso la nacionalización de algunos sectores de la economía, en una postura más socializante. De esta manera, Attlee lograba sintonizar, recién terminada la guerra, con ideales como la igualdad o una mejor distribución de los ingresos, después de años de penurias económicas, que ciertamente no eran responsabilidad de los conservadores ni de Churchill.

Las elecciones del 5 de julio se realizaron con normalidad, pero los resultados se conocieron algunas semanas después, en parte por los millones de ingleses que votaban fuera de la isla, entre ellos muchos soldados que estaban en los lugares donde se había desarrollado el conflicto. Antes de conocer los resultados, Churchill tomó unas breves vacaciones y luego viajó a la Conferencia de Potsdam (que se realizó entre el 17 de julio y el 2 de agosto), a reunirse con Stalin y Harry Truman. Lo acompañó Attlee, ante la posibilidad de que se produjera un cambio de gobierno.

Finalmente, el 26 de julio se conocieron los resultados, que a medida que fueron llegando constituyeron una verdadera debacle para los conservadores y para el propio Winston. Varios de sus ministros fueron derrotados: Harold Macmillan, Duncan Sandys, Leo Amery, Richard Law, Donald Somervell y Percy Grigg. El resultado otorgó casi 12 millones de votos a los laboristas y menos de 10 millones para los conservadores (un 39,8%), en tanto los liberales lograron poco más de dos millones y los comunistas apenas 102 mil. En término de escaños esto significaba 393 para el Partido Laborista, solo 213 para el partido de Churchill, y apenas 12 para los liberales.

Winston Churchill, aplaudido por multitudes en distintos continentes, admirado y amado por su pueblo durante la guerra, terminaba una etapa de su vida con una derrota electoral después de su momento de mayor gloria. Ese mismo 26 de julio acudió a visitar al rey, quien le manifestó que “el pueblo se ha mostrado sumamente ingrato después del espléndido liderazgo que ha permitido ganar la guerra”. La reacción de Churchill fue distinta: “De sus labios no salió una sola palabra de condena”, como señaló Leslie Rowan, quien estuvo junto al Primer Ministro más que otros funcionarios en esa oportunidad. Y cuando alguien le manifestó la idea de ingratitud de la gente, Winston replicó: “No, no. Yo no diría eso. Han vivido tiempos muy difíciles” (las citas en Andrew Robert, Churchill).

Churchill tenía muchos defectos, pero era un hombre con grandeza. No se escudaba en sus subordinados, sino que asumía las responsabilidades; asumía las victorias con alegría y las derrotas con espíritu deportivo. Tuvo muchas de ambas durante su larga vida política. Quizá fue un buen momento para recordar el poema “Si”, de Rudyard Kipling, que Violet Asquith le regaló a fines de 1914, que aconseja mirar de frente al triunfo y la derrota y tratar por igual a los dos impostores.

Balance y perspectivas

La noche del 26 de julio, Churchill dirigió un emotivo mensaje a la nación:

“El pueblo británico ha dejado constancia de su decisión en los votos que se han contado hoy. Por consiguiente, he renunciado al cargo que me concedió en épocas más sombrías. Lamento que no me permitieran finalizar el trabajo contra Japón. Sin embargo, para esto ya se han hecho todos los planes y los preparativos y es posible que se obtengan resultados mucho antes de lo previsto. Recaen sobre el nuevo gobierno inmensas responsabilidades, tanto en el exterior como en el país, y debemos esperar que las asuma con éxito. Solo me queda expresar al pueblo británico, por el que he actuado en estos años peligrosos mi profunda gratitud por el apoyo férreo e inquebrantable que me ha brindado durante mi trabajo y por las numerosas manifestaciones de amabilidad que ha tenido con su servidor” (reproducida en Winston Churchill, La Segunda Guerra Mundial, Volumen II, Madrid, La Esfera de los Libros, 2002).

¿Por qué perdió Churchill? ¿Cómo afectaría esta derrota a la visión histórica sobre el líder británico? La población había cambiado después de la guerra y el ambiente necesitaba otro tipo de liderazgo, distinto al que Churchill había representado durante el conflicto, aunque Inglaterra le agradeciera sus servicios.

Es evidente que le habría gustado ganar y recibir el respaldo popular después del triunfo militar, cosechar políticamente el resultado de la victoria en los campos de batalla. Pero Winston era un hombre curtido por la experiencia y las veleidades políticas, y no se alejó de las preocupaciones públicas. Así, tuvo tiempo para dar conferencias, para escribir libros –lo que lo apasionaba realmente–, realizar viajes y pasar más tiempo con su familia. En algunos temas fue especialmente visionario e instaló temas que pervivirían largo tiempo.

Uno de ellos fue el de la Cortina de Hierro, concepto que utilizó en un discurso para denunciar la instalación de dictaduras comunistas en Europa Oriental, lo que pasó a ser su nueva preocupación internacional después de la derrota del nazismo: “Desde Stettin, en el Báltico, a Trieste, en el Adriático, ha caído sobre el continente una cortina de hierro. Tras él se encuentran todas las capitales de los antiguos Estados de Europa central y Oriental. Varsovia, Berlín, Praga, Viena, Budapest, Belgrado, Bucarest y Sofía, todas estas famosas ciudades y sus poblaciones y los países en torno a ellas se encuentran en lo que debo llamar la esfera soviética, y todos están sometidos, de una manera u otra, no sólo a la influencia soviética, sino a una altísima y, en muchos casos, creciente medida de control por parte de Moscú, muy fuertes, y en algunos casos, cada vez más estrictas” (pronunciado en Westminster College, Fulton, Missouri, el 5 de marzo de 1946).

Como había acontecido con otros problemas históricos, y como había ocurrido en las dos guerras mundiales, Churchill pensaba que correspondía a los Estados Unidos desempeñar un papel fundamental en la lucha por la libertad de los países que estaban siendo sometidos y que no podían gozar de elecciones y sistemas libres, porque la primacía de poder que había adquirido durante el conflicto entrañaba también una enorme responsabilidad hacia el futuro. Por lo mismo, llamaba nuevamente a la “asociación fraterna de los pueblos de habla inglesa”, otro concepto que había utilizado en muchas ocasiones.

Anunció en algún momento que no seguiría en política activa –fórmula poco confiable en figuras como Winston– y su partido también señaló en alguna oportunidad que los candidatos debían tener menos de 70 años. Sin embargo, la historia da muchas vueltas, y también la lucha por el poder. En 1951, el Partido Conservador volvió a ganar las elecciones en Gran Bretaña, y Churchill volvió a ser elegido como Primer Ministro cuando se acercaba a los 77 años, iniciando un nuevo gobierno que se extendería hasta 1955. Como si fuera poco, en 1953 obtuvo el Premio Nobel de Literatura, pero esa es otra historia.

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