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Publicado el 01 de diciembre, 2018

Alejandro San Francisco: El desafío de México bajo López Obrador

Profesor de la U. San Sebastián y la UC. Director de Formación del Instituto Res Publica. Director general de "Historia de Chile 1960-2010" (USS). Alejandro San Francisco

México lleva años sufriendo la lacra de la corrupción, la agresión del narcotráfico y los problemas con su vecino Estados Unidos, que se suman a los dramas socioeconómicos que vive todavía una parte importante de su población.

Alejandro San Francisco Profesor de la U. San Sebastián y la UC. Director de Formación del Instituto Res Publica. Director general de "Historia de Chile 1960-2010" (USS).
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El sábado 1° de diciembre asume la Presidencia de México Andrés Manuel López Obrador. La espera ha sido larga, después del notable triunfo obtenido el 1° de julio de 2018, que mostró un apoyo contundente a un candidato que luchaba por tercera vez por la Primera Magistratura. El respaldo fue mucho mayor que la izquierda que representaba habitualmente López Obrador, y reflejó en buena medida una reacción frente a la corrupción y otros problemas que afectan desde hace años a la sociedad mexicana.

 

El próximo gobierno, que liderará una de las naciones iberoamericanas más grandes y complejas, se extenderá hasta el 2024. Andrés Manuel López Obrador -o AMLO, como se le suele denominar- tiene buenas razones para estar optimista, pero lamentablemente ellas se combinan con otros motivos para temer sobre el futuro de la nación. Después de todo, México es un país que lleva años sufriendo la lacra de la corrupción, la agresión del narcotráfico, los problemas con su vecino Estados Unidos, que se suman a los problemas socioeconómicos que vive todavía una parte importante de su población. Precisamente en esas áreas están algunos de los principales desafíos del próximo gobierno, y de su éxito o fracaso dependerá en buena medida el paso de los problemas a la solución.

 

La política de AMLO frente a la corrupción mezcla un “perdón” hacia atrás y una dureza sin dobles lecturas hacia adelante.

 

En su discurso de victoria, López Obrador enfatizó especialmente un eje de la campaña, que fue uno de los que probablemente le granjeó más simpatías y votos en la elección presidencial: la lucha contra la corrupción. Fue un mensaje implacable y sin ambigüedades, con claridad para partidarios y opositores. Ya en sus primeras propuestas después de las elecciones señaló un rumbo para la nueva administración: “un paquete de iniciativas con el propósito de que haya austeridad republicana, que no se permita en el gobierno la corrupción y se elimine por completo la impunidad”. Curiosamente, esta política se mezcla con un “perdón” hacia atrás -no andar “persiguiendo a presuntos corruptos”- y una dureza sin dobles lecturas hacia adelante, como señaló el nuevo Presidente hace unos días: “Hacia adelante no haya perdón para ningún corrupto, que ya no se perdone a nadie y que se puede juzgar al presidente si es corrupto, a sus funcionarios, a sus familiares y que se destierre la corrupción de México para siempre”.

 

Un segundo tema es la relación con Estados Unidos, y específicamente la migración, que tiene diferentes recovecos, como han mostrado en estos últimos meses las caravanas de centroamericanos que se desplazan hacia “el sueño americano”, pasando precisamente por México. Es verdad que se trata, en primer lugar, de una crisis humana, pero también hay manifestaciones políticas y diplomáticas muy claras, más aún cuando el discurso y la acción política de Donald Trump han sido consistentes en rechazar lo que él denomina “la invasión”, incluyendo el traslado de fuerzas militares a las fronteras. En este sentido, como ha destacado El País (29 de noviembre), una fórmula adecuada es lo que podemos llamar la “solución mexicana”, propuesta por el nuevo ministro de Relaciones Exteriores de México, Marcelo Ebrard: que junto con Estados Unidos y Canadá se elabore un plan ambicioso de inversiones a desarrollarse en los países donde se producen las mayores emigraciones en América Central, de manera de generar un círculo virtuoso que permita el progreso económico y social de esas naciones. Pese a ello, es necesario considerar que el tema es de una complejidad tal que es difícil que haya soluciones en el corto plazo.

 

Los crímenes vinculados al narcotráfico en México, que incluyen asesinatos y desaparición de personas, tienen cerca de un 98% de impunidad.

 

El narcotráfico, las mafias, la violencia y la muerte asociada a los carteles es otro de los dramas que ha sufrido México en los últimos años. El tema no es fácil y hay algunas propuestas polémicas sobre la mesa, como la posibilidad de legalizar ciertos cultivos, como la marihuana. A ello se suma el objetivo de lograr la pacificación del país, que todos comparten, pero aplicando incluso una polémica amnistía para algunas personas que hayan participado en la cadena de la delincuencia, aunque aclarando que “no se va a amnistiar ningún crimen o delito vinculado con el uso de la violencia, y menos aún cuando sean crímenes de lesa humanidad”. El tema es de la mayor importancia, considerando que los crímenes vinculados al narcotráfico, que incluyen asesinatos y desaparición de personas, tienen cerca de un 98% de impunidad.

 

Hay muchos otros aspectos que son relevantes para la administración que se inicia en México bajo el mando de López Obrador: sus propuestas de estado de bienestar deberán conjugarse con un efectivo crecimiento económico, si no quiere caer en un esquema repetido en el continente por sus fracasos y falta de sostenibilidad en el tiempo; es probable que haya que contener ciertas expectativas de manera de no decepcionar rápidamente a la población y especialmente a quienes apoyaron a AMLO en las elecciones, esperando a un verdadero salvador frente a una realidad insufrible.

 

Pero a los problemas mexicanos se suma un aspecto latinoamericano del nuevo gobierno, que no ha recibido suficiente atención y que es de la mayor relevancia. En un momento histórico de regresión de la izquierda en América Latina, López Obrador emerge como una alternativa esperada y atractiva, que puede ser una nueva esperanza para movimientos que se han ido quedando progresivamente sin relato, sin líderes y sin proyecto. Por otra parte, hay dos izquierdas que han sido afectadas por distintos males y que se encuentran en una posición desmedrada en la región: la izquierda dictatorial y represiva, presente en Cuba, Venezuela y Nicaragua, así como la izquierda vinculada a la corrupción, que ha tenido efectos devastadores para ella en Argentina y Brasil. De esta manera, el Socialismo del siglo XXI vive su mayor crisis y parece en retirada: en ese esquema, López Obrador es una alternativa, una esperanza, una nueva oportunidad para construir una visión distinta no solo a las múltiples derechas triunfantes en los últimos años (en Argentina, Chile, Colombia y Brasil, por ejemplo), sino también frente a esas izquierdas autodestructivas y que representan un pasado que, literalmente, ya no inspira sino que muchos quieren dejar atrás.

 

Este 1° de diciembre veremos si la historia comienza a cambiar o si las esperanzas de la elección de López Obrador terminan en una nueva decepción para México.

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