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Publicado el 21 agosto, 2020

Alejandro San Francisco: El asesinato de Trotski (21 de agosto de 1940)

Profesor de la U. San Sebastián y la UC. Director de Formación del Instituto Res Publica. Director general de "Historia de Chile 1960-2010" (USS). Alejandro San Francisco

La situación personal de Trotski y la persecución que sufrió muestran las contradicciones del proceso revolucionario que vivió la Unión Soviética en sus primeras décadas. En la práctica, Trotski no sufrió algo diferente a lo que tuvieron que vivir millones de personas bajo el régimen comunista, con Lenin y con Stalin.

Alejandro San Francisco Profesor de la U. San Sebastián y la UC. Director de Formación del Instituto Res Publica. Director general de "Historia de Chile 1960-2010" (USS).
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Trotski, el hombre y la revolución

Lev Davidovich Bronstein nació el 7 de noviembre de 1879 y murió sesenta años después, el 21 de agosto de 1940, hace exactamente ocho décadas. Fue conocido históricamente con el nombre de León Trotski, quien se transformó en uno de los grandes revolucionarios rusos en las primeras décadas del siglo XX, y probablemente quien mejor representó las contradicciones del triunfo de la Revolución Bolchevique en 1917.

Según confiesa en su larga autobiografía titulada Mi vida. Memorias de un revolucionario permanente (Barcelona, Debate, 2006), “el curso consciente de mi vida, que empieza hacia los diecisiete o los dieciocho años, ha sido una constante lucha por ideas determinadas”, a lo que agregaba que en su vida personal nada había que tuviera valor: “Todo lo que en mi pasado pueda haber de más o menos extraordinario se halla asociado íntimamente a las luchas revolucionarias y recibe de ellas su importancia y valor”.

Como la mayoría de los bolcheviques destacados, realizó tareas muy diversas, desde editor de la prensa partidista y redactor de algunos manifiestos hasta la publicación de varios textos sobre la situación política y social de Rusia a comienzos del siglo XX. Participó en los debates internos del partido, con gran oratoria, dureza y argumentos. También, como muchos otros, sufrió el exilio y la prisión, trayectoria que puede ser revisada ampliamente –entre otros estudios sobre el revolucionario ruso– en Trotski. Una biografía (Barcelona, Ediciones B, 2010), de Robert Service.

Hay varios aspectos que permiten apreciar la formación y desarrollo de Trotski como figura política. El primero es, efectivamente, la importancia crucial de una formación intelectual de alto nivel y la relevancia que él le da al uso de la razón, la primacía de los argumentos, la elaboración de las tesis políticas. El segundo es su determinación como revolucionario, específicamente dentro del marxismo-leninismo, movimiento al que consagra su vida. El tercero es, curiosamente, su capacidad práctica para ejercer funciones políticas e incluso burocráticas dentro del aparato soviético tras el triunfo de la Revolución.

Había regresado a Petrogrado en mayo de 1917, poco después que Lenin, y, como él, también era partidario de realizar una segunda revolución, esta vez proletaria, que superara el mero derrocamiento de los zares para dar inicio al establecimiento de un régimen comunista: el gobierno provisional debía ser derrocado. No solo eso, también defendía la tesis que la revolución debía extenderse por Europa, y no simplemente quedarse en los límites de su país. Después del triunfo de octubre de 1917, asumió numerosas tareas prácticas muy relevantes para el proceso que vivía la naciente Unión Soviética. Entre ellas destacaba ser Comisario de Asuntos Exteriores, y negoció la Paz de Brest-Litovsk, por la cual cesaba la guerra con Alemania, si bien la Primera Guerra Mundial todavía no concluía en Europa. Además le correspondió crear y liderar el Ejército Rojo, que tuvo especial importancia en las guerras civiles para la consolidación de la Revolución.

Trotski se manifestaba especialmente duro en la defensa del nuevo régimen comunista, asumiendo la defensa de la dictadura del proletariado y rechazando sistemas electorales que pudieran poner en entredicho la primacía del partido, al que consideraba “el instrumento esencial de la revolución proletaria”, cuyo poder debía ejercerse a través de la dictadura de la clase obrera: “La conquista del poder debía romper la envoltura democrática, imponer a la mayoría de los campesinos la necesidad de seguir a los obreros, permitir que el proletariado realizara su dictadura de clase” (“Lecciones de Octubre”, en León Trotsky, La Teoría de la Revolución Permanente, Buenos Aires, Ediciones IPS, 2011). Esto mostraba una de las facetas del pensamiento de uno de los principales líderes bolcheviques y principal promotor de la revolución permanente.

Stalin y la lucha contra el trotskismo                                                                                        

A la fecha de muerte de Lenin, a comienzos de 1924, Trotski era una de las principales figuras comunistas, junto a Stalin, con quien disputaba la preeminencia para suceder al líder bolchevique.

El gran líder de octubre de 1917 fue ambiguo en su Testamento Político (24 de diciembre de 1922), dejando abierto el problema de la sucesión y, en la práctica, manifestando dudas sobre sus dos principales posibles sucesores: “El camarada Stalin, llegado a Secretario General, ha concentrado en sus manos un poder inmenso, y no estoy seguro que siempre sepa utilizarlo con la suficiente prudencia. Por otra parte, el camarada Trotsky, según demuestra su lucha contra el CC con motivo del problema del Comisariado del Pueblo de Vías de Comunicación, no se distingue únicamente por su gran capacidad. Personalmente, quizá sea el hombre más capaz del actual CC, pero está demasiado ensoberbecido y demasiado atraído por el aspecto puramente administrativo de los asuntos”. Quizá advertía que tras su muerte vendría la división, que el comunismo no sería lo mismo sin el padre fundador y que su partida sería demasiado prematura.

Una vez fallecido Lenin, a juicio de Trotski se desató una “persecución verdaderamente mezquina, ignorante y estúpida” contra la teoría de la revolución permanente (en Mi vida). Lo que es más grave, el propio Trotski sufrió la pérdida de poder, los recelos y degradaciones que iban asociadas a la nueva dinámica iniciada en 1924. Stalin, por su parte, realizó al menos dos cosas en ese momento decisivo: por una parte, fue determinado en la lucha por el poder, que lograría conquistar y mantener durante casi tres décadas; por otra parte, decidió desarrollar una teoría propia para oponer a las tesis de Trotski, lo que dio origen al socialismo en un solo país, que formó parte del gran debate teórico que se desarrolló en esta segunda fase de la Revolución Bolchevique. La discusión está bien documentada en una edición reciente de dos volúmenes: León Trotski, Nicolai Bujarin y Grigori Zinóviev, I. La revolución permanente, y Grigori Zinóviev y Iósif Stalin, II. El socialismo en un solo país (ambas en Madrid, Siglo XXI, 2015). Trotski se encontraba aislado frente a esos aliados ocasionales. Sin embargo, como pronto quedaría claro, el problema era de poder puro y duro, más que de disquisiciones teóricas en tiempos de crisis.

Rápidamente surgieron otras acusaciones contra Trotski, como atentar contra la unidad bolchevique, por lo cual fue destituido del cargo de Comisario del Pueblo del Ejército, y fue relegado a cargos menores, en lo que el afectado llama “el desplazamiento del poder”. A su juicio, “el partido fue reducido al silencio… dejó de existir como tal” (en Mi vida). Poco después el otrora líder de la revolución fue expulsado del Comité Central y después fue desterrado en Asia Central y finalmente expulsado de Rusia en 1928, lo que sería una especie de reconocimiento, considerando la cantidad de revolucionarios que morirían en la década siguiente como resultado de las purgas soviéticas.

La situación personal de Trotski y la persecución que sufrió muestran las contradicciones del proceso revolucionario que vivió la Unión Soviética en sus primeras décadas. En la práctica, Trotski no sufrió algo diferente a lo que tuvieron que vivir millones de personas bajo el régimen comunista, con Lenin y con Stalin. Esto no deja de mostrar una paradoja: en una revolución en la cual el proletariado y las clases, es decir las estructuras, serían más relevantes que las personalidades individuales, la realidad termina volviéndose contradictoria, y es una de las épocas más densas e interesantes para el estudio de los liderazgos y la sicología de las figuras decisivas de un proceso político. En una de las reflexiones de su autobiografía había señalado asertivamente: “La revolución es una gran devoradora de hombres y de caracteres. Lleva a los más valientes a su exterminación y agota a los más débiles” (en Mi vida). Tenía experiencia política y personal para hacer esa reflexión.

El trotskismo se convirtió en una especie de delito universal, acusación siempre útil para perseguir a todos los adversarios de Stalin, fueran ellos reales o ficticios. Por lo mismo, podía aplicarse contra los renegados, aquellos que se alejaran del credo comunista oficial en la Unión Soviética, como podía utilizarse en la lógica de autodestrucción de los bolcheviques aplicado durante el proceso que se caracterizó por purgas sistemáticas y crueles. A mediados de la década de 1930, una de las primeras acusaciones en las dramáticas y repetidas purgas contra dirigentes del partido, antiguos compañeros de Lenin en las luchas revolucionarias, fue la existencia de un supuesto centro trotskista-zinovievista en la URSS, lo que desataría una marea de ataques, confesiones y muertes, tema brillantemente tratado por Karl Schlögel en Terror y utopía. Moscú en 1937 (Barcelona, Acantilado, 2014).

Para entonces, el renegado Trotski se encontraba lejos de Rusia, sus seguidores eran perseguidos y vivía sus últimos años de una azarosa y combativa existencia.

El asesinato de Trotski

En 1936 Trotski llegó a vivir a México, donde pasó sus últimos años de vida. Fue una época en la que vivió alejado del poder, pero no de las convicciones que había abrazado durante su juventud, a pesar de la decepción de la forma específica que había adquirido la realización del proyecto revolucionario comunista bajo el liderazgo de Stalin. De hecho, durante su exilio organizó la IV Internacional, organización que básicamente agrupaba a sus seguidores, que se alejaba de la lógica de la III Internacional con dirección en Moscú, y que tenía el problema de depender casi en exclusiva del liderazgo y carisma de Trotski, sin el poder que otorgaba el gobierno de una potencia o la organización formal de los partidos comunistas. Esta debilidad se notaría al momento de la muerte del líder disidente.

El 27 de febrero de 1940, pocos meses antes de morir, Trotski escribió lo que se conoce como su Testamento, que complementó el 3 de marzo con una breve nota. En el primer texto, junto con reconocer que se sentía activo y apto para trabajar, sabía que estaba enfermo y consideraba evidente que “se acerca el desenlace”. Aprovechó la ocasión para recordar las calumnias viles del dictador soviético, asegurando: “en mi honor revolucionario no hay una sola mancha. Nunca entré, directa ni indirectamente, en acuerdos ni negociaciones ocultas con los enemigos de la clase obrera. Miles de adversarios de Stalin fueron víctimas de acusaciones igualmente falsas”.

En el documento aprovechó de reivindicar una vez más la fe secular que había consumido su existencia: “Fui revolucionario durante mis cuarenta y tres años de vida consciente y durante cuarenta y dos luché bajo las banderas del marxismo. Si tuviera que comenzar todo de nuevo trataría, por supuesto, de evitar tal o cual error, pero en lo fundamental mi vida sería la misma. Moriré siendo un revolucionario proletario, un marxista, un materialista dialéctico y, en consecuencia, un ateo irreconciliable. Mi fe en el futuro comunista de la humanidad no es hoy menos ardiente, aunque sí más firme, que en mi juventud”. Reitera esta idea en el escrito del 3 de marzo, cuando afirma que “cualesquiera que sean las circunstancias de mi muerte, moriré con una fe inquebrantable en el futuro comunista. Esta fe en el hombre y su futuro me da aun ahora una capacidad de resistencia que ninguna religión puede otorgar”.

Para entonces no sabía que su muerte se acercaba, pero por razones distintas a la “presión arterial alta y en avance”, que podría derivar en algún momento en un derrame cerebral, como aventuraba en su Testamento. Su destino se había definido, como los de miles de personas en aquellos años, en las oficinas omnipotentes del Kremlin, que no olvidaban a Trotski a pesar de la distancia.

Stalin no se olvidaba de Trotski, quien sufrió al menos un intento serio de asesinato antes de encontrar la muerte. En una ocasión fue atacado con numerosos disparos en su casa de Coyoacán, aunque logró salir ileso, pero a su vez advertido de que era un objetivo político de un asesinato. Era un hombre que había ejercido la violencia y la había sufrido, y también había reflexionado sobre ella, como en tantos otros temas: “La aplicación de la violencia física ha desempeñado siempre y sigue desempeñando un gran papel en la historia de la humanidad. Unas veces esta violencia es un elemento de progreso; otras veces, de reacción, según la clase que la aplique y los fines que persiga” (en Mi vida). Esa violencia se dirigió finalmente en forma directa contra él, no por una clase, sino por las viejas querellas del poder bolchevique.

El 20 de agosto de 1940 Trotski fue atacado en su casa por Ramón Mercader –que actuaba bajo el nombre Jacson–, quien se había involucrado en su vida y ambiente con una genialidad maquiavélica, con el único objetivo de matarlo. Se le dejaba entrar a la casa, porque era un hombre de confianza, que no representaba amenaza, a pesar de estar muy abrigado en una tarde soleada, para poder esconder el piolet con el cual dirigió el ataque contra la cabeza del revolucionario bolchevique, provocando un grito desgarrador. Al momento de recibir un ataque Trotski revisaba un artículo escrito por el propio homicida, quien describió así los hechos durante un interrogatorio: “Le pegué una sola vez y él lanzó un grito lastimero, desgarrador, cuando pasó, al mismo tiempo que se arrojaba contra mí para morderme la mano izquierda, como pueden ver en estas tres marcas de dientes. Después dio tres pasos lentamente hacia atrás desde ese punto. Tan pronto como oyeron el grito empezaron a llegar personas. Con lo que había pasado casi perdí la conciencia y no intenté escapar” (citado en Robert Service, Trotski). El ruso murió al día siguiente.

Mercader había sido educado para odiar, para no reconocer los vínculos soviéticos con el asesinato, para soportar la pena de prisión que se le impondría y para actuar de una manera extraordinariamente fiel a un libreto propio de una novela de terror o una historia de odio y muerte. Así lo narra, por lo demás, la extraordinaria obra literaria de Leonardo Padura, El hombre que amaba los perros (Barcelona, Tusquets, 2009), “relato novelesco” cuya historia comienza con un “sí”, se desarrolla con un odio vital enfermizo y culmina con un golpe histórico homicida.

En alguna ocasión, cuando analizaba la muerte de Lenin, Trotski reflexionó de una manera que requeriría mayor análisis y profundización: “Los revolucionarios están hechos, a fin de cuentas, de la misma madera que los demás hombres”. El tema cobraría especial relevancia en tiempos de acumulación de poder, disputas personales, intrigas de palacio y construcción histórica del comunismo.

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