Cada 18 de septiembre el amor a Chile adquiere un renovado fervor, asociado a las Fiestas Patrias que desde hace dos siglos acompañan nuestra vida nacional. Así, a lo largo del país se entona con más fuerza el himno nacional, las casas y oficinas muestran orgullosas su bandera chilena y los establecimientos educacionales tienen actos conmemorativos que se expresan en bailes, dibujos y otras actividades que tienen como denominador común a la patria y nuestro amor por ella.

La fecha está asociada al 18 de septiembre de 1810, cuando se formó la Primera Junta de Gobierno. Esta no tenía un objetivo de emancipación, pero a la larga la Declaración de la Independencia de 1818 fijaría el sentido de esa fecha: “La revolución del 18 de Septiembre de 1810 fue el primer esfuerzo que hizo Chile para cumplir esos altos destinos a que lo llamaba el tiempo y la naturaleza”.

Había sido el comienzo del proceso de Independencia. Desde entonces, y después de años en que la naciente República fue definiendo sus emblemas y fiestas, sus leyes fundamentales y organismos de gobierno, septiembre pasó a ser el mes de la patria. Así, desde muy temprano, la sociedad pudo apreciar las múltiples manifestaciones de las festividades: una fiesta oficial (más tarde sería la Gala en el Teatro Municipal); los juegos de guerra (que se transformarían en la famosa Parada Militar); el Te Deum, celebración religiosa católica en la que el país daba gracias a Dios (que con el tiempo adquiriría carácter ecuménico); y por cierto las chinganas, pampillas o ramadas, que eran el espacio de celebración popular y de socialización del sentimiento nacional.

En siglo XIX Chile enfrentó diversas guerras internacionales y también sufrió de guerras civiles, que llevó a algunos -como Juan de Dios Vial Larraín y Mario Góngora-, a definir al país como “tierra de guerra”. Quizá por lo mismo se asentó con gran firmeza la idea de estar dispuesto a morir por la patria y muchos cayeron en los campos de batalla por amor a la bandera. El ejemplo heroico de Arturo Prat fue sin duda el caso más reconocido y notable, pero no el único. Los éxitos en dichos conflictos bélicos externos confirmaron un patriotismo con sello militar, que se sumaba al orgullo por el mito del excepcionalismo político chileno, admirado desde el exterior y formador de una autoimagen nacional.

En el presente, y ciertamente también hacia el futuro, esperamos no sufrir nuevamente el dolor de un conflicto bélico. Por lo mismo, la pregunta de fondo debe ser cómo entender durante este siglo XXI los conceptos de amar a Chile y de dar la vida por la patria. Todo esto en el entendido que, con las diferencias del caso, el patriotismo y el compromiso con el país siguen siendo aspectos valiosos de las vida en sociedad. En este aspecto es necesario comprender que el egoísmo y el individualismo son inconducentes, que solo a través de una genuina solidaridad y compromiso podremos dar larga vida a esa patria que nos une por su historia y por el presente y nos convoca por su futuro.

Por ello, amar y servir a Chile en este siglo XXI supone el respeto hacia la bandera y los símbolos nacionales, pero no se agota en ello. Asimismo resulta absolutamente insuficiente cumplir con los deberes básicos, aunque importantes, en la propia familia o en el trabajo profesional. A partir de ellos, Chile nos necesita y nos pide más, y a ello debemos consagrar parte importante de nuestras capacidades y energías hacia el futuro. En el orden práctico, esto implica varias cosas.

Lo primero es afirmar la chilenidad, el amor al país y sus tradiciones, a sus representantes en el deporte y todas esas cosas que identifican a los nacidos o enamorados de esta tierra. Sin embargo, esto debe ir de la mano de rechazar cualquier tipo de chauvinismo o desprecio por otras naciones, así como es necesario repudiar racismo o un absurdo sentido de superioridad o falta de respeto por otras culturas.

Amar a Chile se hace con vocación universal, abierto a las personas de otros países, a las ideas nacidas en otras naciones y a quienes buscan en este país un lugar donde crecer y desarrollarse. Igualmente, procurar la unidad nacional no implica fomentar la uniformidad, sino que representa la intención de vivir un futuro común, pero respetuoso de las diversidades culturales, sociales, regionales, políticas, étnicas y de otro tipo, que no son signo de disgregación sino manifestación de la diversidad y riqueza del país.

Dar la vida por Chile, en este siglo XXI, significa aprovechar las energías vitales para trabajar por un país mejor para todos. Esto se fundamenta en una certeza: es urgente combatir los problemas sociales sin descanso, en sólida colaboración entre la sociedad civil, las personas y el Estado. No nos puede dar lo mismo que la pobreza aumente, que numerosas familias no tengan un techo donde habitar, que muchos adultos mayores vivan en la indigencia. Resulta inaceptable que cientos de miles de jóvenes no estén estudiando o trabajando, que el país no crezca económicamente o no progrese socialmente. Es necesario crear trabajo y oportunidades, en la convicción que jamás será una opción sana redistribuir pobreza y conformarse con la mediocridad.

Servir a Chile significa tener una preocupación especial por la política, aunque esta no debe absorber la vida social. Necesitamos más gente con vocación de servicio público (no más organismos estatales ni más burocracia). Es preciso resolver las dificultades por medio de la democracia y el derecho, y no de la descalificación y la violencia. Se requiere una constitución que sea un factor de unidad y no de permanentes querellas recíprocas, para lo cual debe resguardar los derechos y libertades que son tan propias de la vida en sociedad, lo que suele olvidarse en medio de discusiones ideologizadas.

Chile nunca comienza de cero, sino que se levanta sobre su breve pero valiosa historia, que no desconoce divisiones ni errores, pero que pondera adecuadamente el carácter de las mujeres y hombres de esta tierra, tantas veces puesto a prueba y capaz de salir adelante a pesar de las dificultades.

Este 18 de septiembre es un gran momento para celebrar y para recordar, para mirar nuevamente los dos siglos de vida republicana, pero también las décadas que vienen por delante. Cada generación tiene sus problemas, pero también sus oportunidades. El momento histórico que nos ha tocado vivir -con su ancho mar de crisis y dolores- es un momento extraordinario, desde el cual puede salir una vez más lo mejor de Chile, una patria más justa y libre. Ojalá las autoridades, la sociedad civil y cada uno de nosotros estemos a la altura. Así, una vez más, nuestra bandera flameará hermosa, orgullosa y victoriosa.

*Alejandro San Francisco es académico Universidad San Sebastián y Universidad Católica de Chile. Director de Formación Instituto Res Pública.

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