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Publicado el 09 de diciembre, 2019

Alejandro San Francisco: Democracia, crecimiento económico y progreso social 

Profesor de la U. San Sebastián y la UC. Director de Formación del Instituto Res Publica. Director general de "Historia de Chile 1960-2010" (USS). Alejandro San Francisco

Las democracias indignadas -o “irritadas”, en la fórmula de Daniel Innerarity- tienen razones de sobra para estar preocupadas, y no siempre tienen la inteligencia, la creatividad y la rapidez necesarias para transformar los problemas en soluciones y las crisis en oportunidades.

Alejandro San Francisco Profesor de la U. San Sebastián y la UC. Director de Formación del Instituto Res Publica. Director general de "Historia de Chile 1960-2010" (USS).

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America Latina, España, algunas sociedades europeas y otros países del mundo, deben ser capaces de fijar un objetivo claro para las próximas décadas, que les permita consolidar una mejor calidad de vida para sus respectivas poblaciones y superar las dificultades que viven diversas naciones este 2019. Me parece que una trilogía adecuada debe incluir el perfeccionamiento y consolidación del régimen democrático, el crecimiento económico sostenido y un progreso social que multiplique los bienes del desarrollo. Olvidarse de alguno de los elementos de esta ecuación puede conducir a un quiebre o a una lamentable frustración. Por lo mismo, es mejor trabajar intensamente, en vez de quejarse con amargura y sin sentido. El futuro de las sociedades es una página abierta, y ni la prosperidad ni la miseria son destinos asegurados, como no lo son vivir en un régimen político de libertades o bajo una tiranía. Los últimos 50 días de Chile sin duda reflejan claramente esta realidad.

Efectivamente, las democracias occidentales se ven atacadas por varios frentes, desde las legítimas protestas sociales hasta la irrupción de la violencia política o simplemente delictiva. Adicionalmente, en el plano gubernamental coexisten las administraciones que no logran satisfacer los intereses de la ciudadanía, mientras otros caen en el populismo, siempre engañoso, que promete una prosperidad que es incapaz de cumplir y que habitualmente desemboca en la miseria y en la destrucción de la propia organización republicana.

Las democracias indignadas -o “irritadas”, en la fórmula de Daniel Innerarity- tienen razones de sobra para estar preocupadas, y no siempre tienen la inteligencia, la creatividad y la rapidez necesarias para transformar los problemas en soluciones y las crisis en oportunidades. En parte por eso hoy son desafiadas, incluso por la la violencia, en Chile y en España, en Ecuador y Bolivia, en Francia y en muchos otros lugares donde abundan las movilizaciones y protestas que han puesto en tela de juicio al régimen político. A veces es por problemas puntuales, en ocasiones son manifestaciones contra un gobierno determinado o por el deseo de cambiar de raíz el orden vigente. En todos los casos la sociedad cruje y sufre por la ebullición social.

Uno de los problemas de los gobiernos de turno ha sido su incapacidad para ofrecer un horizonte, una promesa de futuro, un lugar al cual deben dirigirse los esfuerzos de la sociedad hacia adelante. Esto afecta tanto a las derechas como las izquierdas, aunque por distintas razones. Pienso que la consolidación de la democracia, el crecimiento económico y el progreso social son tres conceptos que podrían articular los desafíos de nuestros países para las próximas décadas. Los tres deben darse a la vez y deben abordarse con la convicción de que tienen gran importancia cada uno de ellos.

Las democracias con transiciones exitosas -como es claramente el caso de Chile- no pueden contentarse con sus glorias pasadas, sino asumir que los pueblos demandan un presente y un futuro mejor.

La democracia vive en la actualidad un momento complejo, contradictorio y lleno de críticas, pero todavía no hay un sistema que se levante como alternativa relevante y con posibilidades de éxito. Algunas  dictaduras comunistas del siglo XX hoy perviven -China y Cuba, por ejemplo- como parte de una historia que se fue, pero difícilmente representan opción frente a las sociedades occidentales. Pero en estas sociedades, aparentemente prósperas y victoriosas, no hay calma ni satisfacción, sino dudas y protestas: por lo mismo, es preciso repensar y actualizar las democracias, hacerlas más eficientes y participativas, eliminando los vicios de la corrupción y otras enfermedades que las destruyen desde dentro. En los próximos años tendremos democracias mejores o simplemente no tendremos democracia en algunos países: serán devoradas por la marea del populismo, la demanda por una solución autoritaria o el triunfo inexorable de la calle. Las democracias no deben permanecer momificadas ni ser renuentes a los cambios: por el contrario,  deben adaptarse y renovar su legislación y modos de hacer política, cambiar los liderazgos, promover la alternancia en el poder y facilitar la entrada de nuevos actores a la lucha electoral. Asimismo, las democracias con transiciones exitosas -como es claramente el caso de Chile- no pueden contentarse con sus glorias pasadas, sino asumir que los pueblos demandan un presente y un futuro mejor. Y esa será una dura lucha, en momentos de desprestigio y falta de apoyo al régimen democrático representativo.

El crecimiento económico, en segundo lugar, no debe ser una preocupación exclusiva de las derechas, sino el mínimo común denominador de cualquier gobierno con sentido patriótico y vocación por el progreso. No da lo mismo crecer al 2% al año que al 4 o al 7% -como parece ignorar la izquierda y ahora minusvalorar la derecha- y eso es necesario explicarlo y entenderlo. Por una parte, porque en circunstancias normales el mayor crecimiento permite que las personas vivan mejor, cualquiera sea su ubicación en la sociedad. Por otra parte, porque el crecimiento, mientras más grande es, asegura mayores recursos para el Estado, que podrían utilizarse en beneficio de los que menos tienen, sin alterar otras decisiones en políticas públicas (como alzas tributarias o endeudamiento público para hacer determinadas obras o proyectos). El Estado de Chile ha hecho una gran apuesta de más de 5.500 millones de dólares para sus proyectos sociales, y no se ha puesto en perspectiva que si Chile hubiera crecido al 5 o 6% estos últimos tres años, ese dinero ya estaría en las arcas fiscales y no sería un esfuerzo sino el resultado de una economía sólida y dinámica.

El progreso  social es inconformista: no le bastan las frías tablas o gráficos económicos, tampoco los mejores números en algunas variables relevantes.

Finalmente, el progreso social no es la consecuencia inmediata del crecimiento económico, aunque lo supone. Una sociedad que progresa requiere que sus miembros puedan tener su mayor desarrollo material y espiritual posible, necesita que todos los ciudadanos logren avanzar y que nadie se quede rezagado, exige que si alguien sufre problemas, miseria o abandono contará con la mano solidaria de la sociedad civil o con el apoyo eficiente del Estado. El progreso  social es inconformista: no le bastan las frías tablas o gráficos económicos, tampoco los mejores números en algunas variables relevantes. Para que una sociedad progrese se requiere que sus miembros tengan posibilidades de educación y acceso a la salud, un trabajo digno y una pensión razonable después de décadas de esfuerzo, requiere plazas e integración social, viviendas adecuadas y un sistema de transporte a escala humana. El progreso social mide sus resultados en la mejor calidad de vida de las personas y no meramente en el dinero acumulado o el éxito material. En Chile hay más de 500 mil “nini”, jóvenes que no estudian ni trabajan. Ese problema social es tan lamentable como la indiferencia generalizada con la cual hemos convivido con ese drama social.

A pesar de las dificultades, protestas, el riesgo de la revolución o la guerra civil, la irrupción del populismo y el desprestigio de la política, resulta claro que el futuro sigue estando abierto y la situación puede mejorar o empeorar. Un futuro mejor -con efectiva democracia, crecimiento económico y progreso social-, exige un importante cambio cultural en los sectores dirigentes y en la sociedad, y no solamente ciertas políticas públicas. Es necesario recuperar la adhesión a la democracia representativa, como forma adecuada de vivir una política en forma pacífica y de resolver los problemas sociales de manera civilizada. Esto, que podría parecer obvio, no lo es cuando muchos alientan salidas populistas o dictatoriales frente a los problemas ante la debilidad o decadencia en la adhesión a la democracia. Por otra parte, para muchos el crecimiento económico es una rémora economicista, por lo que se dedican a repartir miseria, fondos estatales sin recursos reales y comprometen el futuro por falta de convicción o de valentía: es necesario volver a creer en la realidad y en el recto sentido de las cosas, y no volver a una economía de aficionados, mediocre y de resultados siempre lamentables. Finalmente, la cohesión social exige desafiar algunas costumbres instaladas, como el individualismo, y asumir la superioridad y ventajas de la solidaridad, la importancia de la vida en común y la certeza de que nos jugamos cada uno el progreso de todos.

Los países hoy complicados pueden superar esta hora de dificultades. Pero el éxito requiere objetivos claros, consistencia en la acción y capacidad política y social para lograr la victoria.

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