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Publicado el 26 de octubre, 2019

Alejandro San Francisco: Chile y la revolución de octubre (2019)

Profesor de la U. San Sebastián y la UC. Director de Formación del Instituto Res Publica. Director general de "Historia de Chile 1960-2010" (USS). Alejandro San Francisco

¿Por qué una sociedad que parecía calmada a ojos internacionales, «donde nunca pasa nada», hoy está movilizada, polarizada y con un sistema político y económico-social cuestionado?

Alejandro San Francisco Profesor de la U. San Sebastián y la UC. Director de Formación del Instituto Res Publica. Director general de "Historia de Chile 1960-2010" (USS).
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Durante mucho tiempo Chile ha tenido la autoimagen -y también ha sido percibido así desde el extranjero- de ser una excepción en el concierto latinoamericano. Se trataría de un país donde la democracia funciona, con un estado de derecho sólido, con seguridad jurídica, avances económicos indudables y también con mejoras en una serie de índices que tienen gran valor social. Esto había permitido, en los últimos treinta años, transitar hacia la democracia de manera pacífica, consolidar un sistema económico exitoso, mejorar socialmente y facilitar su ingreso a los estándares de la OCDE. Todos los gobiernos desde 1990 en adelante han sido elegidos democráticamente, con la mayoría absoluta de los votos, en un sistema pluripartidista, con alternancia en el poder y estabilidad política y social. Mientras otros países que podrían ser perfectamente desarrollados -como Venezuela y Argentina- han tenido décadas de autodestrucción, Chile parecía encaminarse a ser el primer país en América Latina en superar esa especie de barrera sicológica, esa incapacidad crónica que impedía a los latinoamericanos acercarse al primer mundo. Las democracias de la región han enfrentado toda suerte de problemas, algunos propiamente políticos, pero también económicos y sociales, otros asociados a la corrupción o han visto reinstalarse dictaduras que parecían olvidadas por la historia. En tanto, Chile parecía avanzar a paso seguro, con una democracia sólida aunque perfectible; con una economía sana, aunque con numerosos desafíos; una sociedad que progresaba, pero que tenía legítimas aspiraciones a una mejor calidad de vida y rechazaba con fuerza las injusticias. Y sin embargo, apareció octubre de 2019, y de pronto todo pareció cambiar.

Uno de los problemas de fondo aparece rápidamente al mirar la historia. Es verdad que Chile ha tenido largos periodos de estabilidad política y continuidad institucional, y eso le ha permitido adquirir cierto prestigio internacional en sus dos siglos de vida republicana. Pero, con igual claridad, ha experimentado en los siglos XIX y XX -después de cada cuatro o cinco décadas- un quiebre institucional profundo, en forma de golpe de Estado o guerra civil. De esta manera, la aparente solidez del régimen republicano chileno se ha visto trastornada por la polarización política y la irrupción militar, que ha alterado una democracia que en general venía ya muy deteriorada.

Mirando en el tiempo más próximo, es verdad que Chile ha tenido logros importantes: el crecimiento económico ha sido el más sostenido, grande y fecundo de su historia, ha permitido que millones de personas salgan de la pobreza, ha aumentado las oportunidades, ampliando el acceso a la educación y logrando superar ciertos males que hace una o dos generaciones avergonzaban a nuestros políticos y a la sociedad en general: la desnutrición que sufrían cerca de la mitad de los niños menores de 15 años, niños trabajando y con escasa presencia en las escuelas de enseñanza primaria y secundaria -y muchos asistían a ellas sin zapatos-, cientos de miles de familias que vivían en habitaciones hechizas, sin luz eléctrica, agua potable o alcantarillado. Todo eso es cosa del pasado y, felizmente, el progreso económico y social de Chile ha permitido mejorar la calidad de vida de millones de personas y ha llevado a que el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo lo ubique entre los 58 países con Muy Alto Desarrollo Humano -donde también aparecen Argentina y Uruguay-, aunque esté en las ubicaciones de más abajo (lugar 44). La tarea no era fácil, como señalaba el PNUD el 2013: «En América Latina son pocos los países que han mejorado posiciones (Chile, Costa Rica, Perú y Honduras), muy pocos los que permanecen sin cambio (Argentina y Bolivia); mientras que la mayoría empeora». Malas noticias para el continente, buenas para Chile. Este estallido social no tiene nada que ver con otras circunstancias críticas de la historia nacional, como las ocurridas en 1924-25 y en 1973, con un país sumido en severas crisis económicas.

¿Cuál es el problema entonces? ¿Por qué se ha producido un estallido social que no fue previsto, que se ha consolidado con olas de protestas -varias de ellas multitudinarias-, además de expansiones de violencia y saqueos que no se habían visto durante décadas? ¿Qué ha llevado a decretar el estado de emergencia y el toque de queda, que tiene a las Fuerzas Armadas en las calles, procurando resguardar el orden público? ¿Por qué una sociedad que parecía calmada a ojos internacionales, «donde nunca pasa nada», hoy está movilizada, polarizada y con un sistema político y económico-social cuestionado?

La movilización, la calle, despertó a los políticos, con lo cual emerge el peligro del populismo y la posibilidad de legislar desde la rabia o la mediocridad.

Por la complejidad del problema, es necesario huir de las explicaciones simples y unilaterales, de las respuestas tanto fáciles como erróneas. De igual manera, sería ilógico suponer que la voz de la calle es lo que «la gente quiere», aunque sea respetable y represente los anhelos de muchas personas que se manifiestan por eso mismo. Desde luego, hace apenas un par de años Sebastián Piñera fue elegido Presidente de la República en una elección donde hubo ocho candidatos. Derrotó a todos en primera vuelta y venció luego en segunda vuelta al líder de La Fuerza de la Mayoría, Alejandro Guillier, que representaba al Partido Por la Democracia, al Comunista, al Socialista, al Radical Socialdemócrata y otras agrupaciones. Piñera logró cerca de 4 millones de votos en esa elección decisiva, alcanzando el 54,58% de los sufragios, lo que representó una victoria tan contundente como ilustrativa de lo que quería el pueblo de Chile, la ciudadanía, para el período 2018-2022. Es «lo que dijo» la democracia, «la voz de la gente», en un sistema competitivo, el mismo que cuatro años antes había llevado a la socialista Michelle Bachelet a La Moneda.

Pese a ello, hoy se ha producido un estallido social multiforme y creciente, con expresiones masivas que han tenido su momento culminante este viernes 25 de octubre en torno a la Plaza Baquedano, con cifras que hablan de cientos de miles de personas. Ellos demandan mejores pensiones para los jubilados y precios más bajos en el transporte público, combatir la desigualdad económica, así como los abusos, una salud de mejor calidad y más accesible, entre otras cosas. Son aspiraciones que, en general, todos los chilenos comparten: de ahí la empatía que generan las reivindicaciones sociales. Hay más diferencias en otros ámbitos, al tratar de resolver cuál es la solución mejor para todos esos temas, si es necesario más Estado en las soluciones, si deben haber expropiaciones a los privados y otras cosas prácticas. Otros, en cambio, han planteado reducir el gasto político del Estado para concentrar las inversiones y los recursos principalmente en los temas sociales.

Las movilizaciones, en general, son sostenidas por la izquierda -indignados por distintas razones, comunistas, anarquistas, socialistas y otras fuerzas- contraria al Presidente Piñera, aunque participa mucha gente de escasa trayectoria política, que comparte «las demandas» de esta movilización. El dictador venezolano Nicolás Maduro aprovecha la ocasión para dar lecciones a Chile: “Toda mi solidaridad con el noble pueblo chileno, quienes se encuentran en resistencia contra las criminales políticas neoliberales implementadas por el capitalismo. Abogo por el cese de la violencia y la brutal represión que vulnera los DD.HH. de la población. ¡Un Abrazo Chile!”. No es clara todavía la incidencia chavista y cubana en la rebelión. Sin embargo, no es el único: también las democracias ven con preocupación lo que está pasando en Chile.

Es necesario mencionar otro aspecto muy relevante, que golpea directamente a la clase dirigente y al sistema político. Si bien Chile tiene una democracia consolidada y estable, lo hace en medio de un notable y persistente deterioro de la calidad de la política y un desprestigio evidente de las instituciones: el Congreso Nacional y los partidos no obtienen más de un 10% de apoyo en las encuestas, y son instituciones asociadas a ciertos privilegios, como sueldos altos, lo que se suma a la incapacidad de resolver problemas puntuales de la población. La revolución de octubre parece darle razón a este análisis, ya que rápidamente produjeron una reacción en la clase política, tanto en el gobierno como en el Congreso Nacional, que han comenzado a discutir leyes, e incluso proyectos que reducen los sueldos de los propios parlamentarios y altas autoridades del Estado que, dicho sea de paso, se encuentran entre los más altos del mundo. La señal parece clara: la movilización, la calle, despertó a los políticos.

La revolución de octubre -por cierto, usamos el concepto con flexibilidad- es un proceso en curso, o una noticia en desarrollo, como suele afirmarse. Por lo mismo, tiene un final abierto y sus complejas dimensiones desconocemos en su totalidad, aunque el gobierno ha reaccionado con una agenda social interesante, pero que resulta insuficiente para las dimensiones del conflicto. Por el momento sabemos que Chile se ha reencontrado con parte de su propia historia y la del continente latinoamericano, en el sentido de caer en desórdenes y divisiones que podrían generar altos costos políticos, de reputación internacional y en su desarrollo económico. Solo con el paso del tiempo sabremos si la crisis sirvió para solucionar efectivamente ciertos problemas sociales objetivos o bien la legislación apurada y populista apenas permitirá desviar a Chile de su camino al desarrollo, que parecía firme aunque con numerosos asuntos no resueltos.

Ojalá las autoridades y el pueblo de Chile opten por el camino más largo y difícil hacia la prosperidad económica y el progreso social, hacia una democracia sólida y con reglas claras, y no caiga en la marea destructora de los atajos y los espejismos, las divisiones y la polarización, las promesas irresponsables y el populismo. Ese camino exige inversiones, seguridad, trabajo, orden, progreso social, estabilidad, democracia, derecho, libertad, justicia y tantas otras cosas que desaparecen en la vorágine noticiosa del momento, pero que representan las claves del progreso y los fundamentos de la verdadera prosperidad.

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