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Publicado el 13 septiembre, 2020

Alejandro San Francisco: Chile: Desafíos para el siglo XXI

Profesor de la U. San Sebastián y la UC. Director de Formación del Instituto Res Publica. Director general de "Historia de Chile 1960-2010" (USS). Alejandro San Francisco

Hay al menos tres ejes que podrían contribuir a vertebrar a Chile en este siglo XXI: la consolidación de la democracia republicana chilena, el desarrollo económico sostenido y un progreso social sólido e integrador.

Alejandro San Francisco Profesor de la U. San Sebastián y la UC. Director de Formación del Instituto Res Publica. Director general de "Historia de Chile 1960-2010" (USS).
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Las Fiesta Patrias del 2020 se darán en condiciones excepcionales. Como una curiosidad histórica y social, Chile no tendrá Parada Militar, pampillas o ramadas, una gala en el Teatro Municipal y el tradicional Te Deum, todo ello al menos de manera presencial. Desde la década de 1830 han sido hitos y actividades incorporados a las celebraciones nacionales, para recordar, agradecer, pasarlo bien y vivir en comunidad la chilenidad.

Desde el Cabildo Abierto y la formación de la Junta de Gobierno de aquel lejano 18 de septiembre de 1810, Chile ha tenido desafíos muy importantes como sociedad, y los ha sobrepasado con éxitos relevantes, así como ha tenido lamentables fracasos; a su vez los chilenos se han sobrepuesto a numerosos desastres naturales, demostrando una poderosa capacidad de resistir a la adversidad para enfrentar los momentos difíciles con unidad y determinación. Han sido casi dos siglos de vida republicana en los cuales no siempre ha estado vivo el espíritu de la República, aunque se puede advertir un proceso en general evolutivo hacia mayores grados de libertad y bienestar económico y social. Se podría decir que, en esta trayectoria, cada siglo ha tenido sus propios desafíos, avanzando en la tarea siempre inconclusa de edificar una sociedad más justa y libre.

Durante el siglo XIX, quizá los principales desafíos históricos de Chile fueron consolidar la Independencia nacional y organizar la república, es decir lograr la libertad exterior e interior, como se decía en esos tiempos. Ambas tareas eran arduas, y en el caso de la primera hubo que enfrentar Ejército del Rey español por las armas para proclamar en 1818 que “el territorio continental de Chile y sus Islas adyacentes forman de hecho y de derecho un Estado libre Independiente y Soberano, y quedan para siempre separados de la Monarquía de España y de otra cualquiera dominación, con plena aptitud de adoptar la forma de gobierno que más convenga a sus intereses”. La forma elegida fue la república, que si bien admitía definiciones distintas entre los actores políticos, implicaba la participación de la ciudadanía en la actividad pública, a través de un régimen constitucional con separación de poderes y con ciertos derechos que permitían vivir libremente en sociedad. Con todo, como era habitual en el mundo, se trataba de una participación política bastante restringida.

El siglo XX presentó otros desafíos y respuestas. La irrupción de la cuestión social, la crítica que irrumpió y la decadencia política del parlamentarismo llevaron a un nuevo orden institucional, establecido en la Constitución de 1925. Desde entonces, y a partir de ella, se estimó necesario avanzar hacia un Estado más comprometido con el bienestar de los chilenos, con resultados bastante contradictorios y no siempre felices; por otra parte, la democracia se consolidó incorporando a los sectores medios, pero a mediados de siglo también se sumaron las mujeres con plenos derechos electorales, en un sistema que se caracterizaba por su continuidad política, la alternancia en el poder y la resolución legal de los conflictos.

Ambos siglos tuvieron momentos de quiebres dolorosos y que eran representativos de sociedades que vieron desarrollarse dinámicas de odio político y polarización que no fueron capaces de detener ni resolver a tiempo por otros medios. En el siglo XIX fue la guerra civil de 1891 y en el siglo XX fue el 11 de septiembre de 1973, rupturas significativas y dramáticas que mostraban el fracaso de la política y la pérdida de ciertos acuerdos fundamentales en la convivencia social, entre otros factores que precipitaron estos graves quiebres institucionales.

La pregunta que cabe hacer ahora es cuáles son los desafíos que tiene Chile en este siglo XXI, cómo enfrentarlos adecuadamente, superando las dificultades que necesariamente se presentarán en el camino. Adicionalmente, subyace la necesidad de hacerlo en forma civilizada, sin tener que sufrir las experiencias históricas de golpes de Estado o guerras civiles. Como resulta evidente, el contexto social de estos últimos dos años ha sido particularmente complejo, derivado de la revolución de octubre de 2019 y de la aguda crisis económica y social de este 2020, producto de las repercusiones del coronavirus. Sin embargo, como cada 18 de septiembre, es necesario repensar la patria, evaluar su situación presente y proyectar el futuro con ambición y esperanzas, aunque sin la simpleza torpe de quien supone que no habrá piedras en el camino.

Me parece que hay al menos tres ejes que podrían contribuir a vertebrar a Chile en este siglo XXI: la consolidación de la democracia republicana chilena, el desarrollo económico sostenido y un progreso social sólido e integrador. Son conceptos relevantes, que no son obvios y que requieren mucho trabajo para ser realidad en un escenario particularmente complejo como el que vive Chile en la actualidad, todavía en medio de la crisis y a las puertas de un eventual proceso constituyente.

Aunque la democracia republicana parece ser un régimen arraigado en la sociedad chilena, la verdad es que todavía queda mucho por hacer, desde los temas más básicos, como el respeto al estado de derecho, los resultados electorales y las libertades políticas, hasta la sana convivencia, la amistad cívica republicana dentro de las legítimas diferencias, la condena de la violencia política y la ampliación de la participación social. En materia económica, hace algunos años el crecimiento económico lamentablemente desapareció como prioridad de los gobiernos y del país: una comparación entre el periodo 1984-1998 muestra el lejano éxito de entonces, cuando el país crecía al 7% anual en promedio, a la mediocre situación que ha existido entre el 2006 y el 2020, con resultados previsibles y contradictorios: mientras las demandas sociales y las promesas políticas aumentan, los recursos estatales resultan claramente insuficientes, en buena medida por el estancamiento de la economía. Finalmente, el progreso social implica que el conjunto del país sea beneficiado con el sistema institucional y económico, lo que debe traducirse en mejores condiciones de vida para la población: plazas en las sectores habitacionales, un estándar de vida adecuado para los últimos años de vida, atención de salud de calidad, mejorar sustancialmente la enseñanza, disminuir y terminar con los campamentos, fortalecer la familia y procurar un buen ambiente para el desarrollo de los niños, derrotar la pobreza que ha vuelto a ser tema nacional, procurar un trabajo para que todos puedan contar con medios para el desarrollo de sus familias y puedan contribuir con sus talentos a la sociedad.

Nada de esto será posible en un clima de beligerancia y contradicción permanente. Es necesario recuperar la convivencia social, el respeto en la diferencia, la convicción profunda de que Chile es un país al que nos debemos todos y de cuyo futuro también todos debemos ser parte. La patria soñada en el siglo XIX y levantada con sangre y sacrificios por generaciones, espera la entrega y generosidad de nuestro tiempo, tan apasionante como complejo, que brinda enormes oportunidades que debemos aprovechar y que pone numerosos problemas que debemos superar con inteligencia y determinación. Por el bien de Chile.

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