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Publicado el 16 de marzo, 2019

Alejandro San Francisco: Antisemitismo en Europa

Profesor de la U. San Sebastián y UC. Director de Formación del Instituto Res Pública Alejandro San Francisco

No faltan quienes suponen que es exagerado que por unos dibujos o ataques de grupos minoritarios debamos poner notas de alerta, como si se tratara de un gran problema nacional en un determinado país. Sin embargo, la historia enseña algo diferente. Las oleadas de odio siempre parten pequeñas y marginales, crecen con la complicidad de la cobardía o de quienes comparten lo malsano, se extienden como una ola que luego es imposible de detener.

Alejandro San Francisco Profesor de la U. San Sebastián y UC. Director de Formación del Instituto Res Pública
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Entre las noticias curiosas y vergonzosas del invierno europeo, podríamos destacar el regreso de manifestaciones de antisemitismo en algunos países bajo diversas expresiones de odio racial, desprecio histórico, ironías crueles y ataques directos. Algunos casos se dieron en Polonia, otros en España o Francia, y tuvieron como punto en común agredir a los judíos en sus cementerios, actividades o conmemoraciones.

El problema del antisemitismo, como sabemos, no es nuevo en Europa. Durante mucho tiempo se dieron razones diferentes para manifestar desprecio hacia los judíos: que no tenían patria o no se comprometían con la nación que los cobijaba, que acumulaban un excesivo poder político o económico que contrastaba con lo limitado de su población, que patrocinaban el crecimiento del comunismo (argumento muy utilizado por los nazis contra los bolcheviques), que eran conspiradores, y tantas otras fórmulas de desacreditación que, repetidas hasta el cansancio, generaban cierta credibilidad, molestia e incluso odio.

Un caso paradigmático se dio en el famoso caso Dreyfus, que conmovió a Francia a fines del siglo XIX. En esa ocasión culparon al capitán de origen judío Alfred Dreyfus a cadena perpetua por traición al ejército francés. Esto motivó, entre otras cosas, la inteligente y valiente respuesta del escritor Émile Zola, en el que luego sería su famoso libro Yo acuso. La verdad en marcha (hay una excelente edición en Tusquets). Ahí Zola denuncia el odio y la campaña de desinformación a través de la prensa, y critica la perversión democrática de autoridades políticas que se vuelcan hacia donde está la mayoría social y no la verdad. Como contrapartida, señala que, sin querer ni odiar a los judíos –“para mí son hombres y eso basta”-, estimaba necesario comprometerse contra el veneno que se transmitía: el antisemitismo. Por lo mismo, concluyó, decidido: “Mi deber es hablar, no quiero ser cómplice”.

Quizá esa memoria histórica y la experiencia del siglo XX fue lo que llevó al Presidente Emmanuel Macron a denunciar el resurgimiento del antisemitismo y a anunciar sanciones contra las acciones de racismo y odio actuales contra los judíos. El gobernante realizó una visita al cementerio judío de Quatzenheim, en Alsacia, el que había sido atacado con rayados de esvásticas, precisamente en el país europeo donde viven más judíos.

Es verdad que el nacionalsocialismo de Adolf Hitler llevó el odio antisemita a límites desconocidos históricamente, y que sin duda el Holocausto hizo tomar conciencia del drama inherente al odio racial, que tarde o temprano se manifiesta en hechos de violencia con los resultados que conocemos. Sin embargo, es necesario entender que el fenómeno no se dio de un día para otro, sino que en forma de espiral o escalera de odio que conviene conocer para comprender mejor su desarrollo.

Hacia 1919 y ciertamente en la década de 1920 Hitler ya concebía una doctrina anti judía y estimaba que su eliminación sería su primera obra de gobierno. Lo podía señalar abiertamente en un contexto donde otras personas y grupos compartían esos prejuicios. La prensa incluso hacía eco de estas ideas, como probó el periódico Der Stürmer, activo medio de la propaganda nazi, que repetía caricaturas contra los judíos, acusándolos de diversos crímenes. Cuando Hitler llegó al poder en 1933 comenzaron las discriminaciones y persecuciones: no se aceptaban a judíos en algunos lugares, luego vinieron las leyes de Nuremberg y la tenebrosa Noche de los Cristales Rotos. Así hasta llegar a la hora de la “solución final”, con los campos de concentración y de exterminio. ¿Habría sido posible llegar a la cumbre de esta escalera sin los pasos intermedios de odio, discriminación y ataques? Todo indica que no, e incluso en el juicio de Nuremberg uno de los acusados y condenados fue precisamente Julius Streicher, editor del Der Stürmer, porque su propaganda odiosa había contribuido al genocidio.

Distintos estudios y encuestas explican que en los últimos años se ha producido un resurgimiento del antisemitismo. Así lo indica una investigación del 2013, realizado por la Agencia Europea de Derechos Fundamentales, que hizo su trabajo de campo en Francia, Bélgica, Hungría, Italia, Reino Unido, Letonia, Suecia y Alemania. Una encuesta de CNN del 2018 llega a la misma conclusión y repite las preocupaciones. Otros estudios en distintos países, en Estados Unidos por ejemplo, muestran que la mitad de las personas mayores de edad son incapaces de mencionar el nombre de algún campo de concentración nazi, mientras otros ni siquiera conocen bien el tema del Holocausto. Y podríamos seguir.

El tema de fondo es otro, y tiene que ver con la dignidad humana, que vale para los judíos y para quienes no lo son, para los que sufren o han sufrido persecuciones por distintas razones. Siempre existe el peligro de las justificaciones, las razones que explicarían el odio y justificarían ciertos actos, harían comprensible la indignación y el surgimiento de la violencia. No faltan quienes suponen que es exagerado que por unos dibujos o ataques de grupos minoritarios debamos poner notas de alerta, como si se tratara de un gran problema nacional en un determinado país.

Sin embargo, la historia enseña algo diferente. Las oleadas de odio siempre parten pequeñas y marginales, crecen con la complicidad de la cobardía o de quienes comparten lo malsano, se extienden como una ola que luego es imposible de detener. Por eso es mejor reflexionar antes sobre el resurgimiento del antisemitismo, porque después, cuando éste aparece, vienen las injusticias y los lamentos.

 

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