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Publicado el 01 de septiembre, 2018

Alejandro San Francisco: Alfonso Osorio en el recuerdo

Profesor de la U. San Sebastián y UC. Director de Formación del Instituto Res Pública Alejandro San Francisco

Repensar la historia reciente de España es una obligación seria, no para vivir de la nostalgia de la transición, ni menos para reprochar lo que no se hizo en aquel tiempo o lo que debiera haberse hecho mejor. Recordar y conocer a personas como Alfonso Osorio, quien fue vicepresidente de Adolfo Suárez entre 1976 y 1977, es una gran oportunidad para acercarnos en esta tarea.

Alejandro San Francisco Profesor de la U. San Sebastián y UC. Director de Formación del Instituto Res Pública
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Desde hace algún tiempo se viene acabando una era en la historia de España: la época de la transición. En apenas un par de años se produjo la muerte del líder comunista Santiago Carrillo (septiembre de 2012), el fallecimiento del presidente Adolfo Suárez (marzo de 2014) y la abdicación del rey Juan Carlos (junio de 2014). Todos ellos fueron personajes decisivos del proceso de construcción de instituciones democráticas y consolidación de un régimen constitucional que sucediera al régimen franquista. Dicho sea de paso, se trató de un proceso que tuvo muchas analogías con lo que viviría Chile con el paso del tiempo.

 

En estos días hemos conocido la noticia de la muerte de Alfonso Osorio (13 de diciembre de 1923-27 de agosto de 2018), que viene a completar el proceso de clausura de la era de la transición española. Fue un hombre de gran formación jurídica y vocación política, de quien Luis María Ansón ha hecho una síntesis generosa y justa: “A lo largo de mi dilatada vida profesional he conocido a muy pocos políticos tan capaces como Alfonso Osorio, tan serios, tan responsables, tan honrados, tan equilibrados, de tan rigurosa formación jurídica. Fue un impecable vicepresidente del Gobierno y los aciertos de la Transición, en parte sustancial, a él se deben” (El Imparcial, 28 de agosto de 2018). Finalmente, sabemos, se alejó de Suárez, en buena medida por diferencias políticas que tuvieron en algunos temas cruciales de la transición.

 

Mientras viví en España hace unos años tuve el gusto de conocer a Alfonso Osorio, y conversamos varias veces por momentos breves pero muy interesantes. La mayoría de las veces esos diálogos tuvieron lugar en la librería Marcial Pons, de Conde del Valle Suchil. Nos presentó, como solía ocurrir, el inefable Luis Domínguez, un gran amigo y librero de excepción. Debo agregar que nos unía además que su hija, María Ángeles Osorio, era la directora de la Fundación Chile-España, que ha dirigido desde su origen con talento y dedicación, con lo cual había un pequeño vínculo amistoso previo, como me comentó don Alfonso al momento de la presentación.

 

La última vez que lo vi fue el 2016. Estaba más preocupado que en otras ocasiones, en parte por las dificultades electorales y políticas, la formación de gobierno que estaba resultando una tarea compleja, la irrupción de nuevas corrientes políticas y el repetido tema de los separatismos.

 

Los temas que aparecían en las conversaciones en Marcial Pons eran siempre más o menos los mismos: alguna pregunta personal o familiar, qué libros estaba comprando, cómo apreciaba la situación de España. Era caballeroso, analítico, tomaba posiciones, mostraba sus inquietudes y preocupaciones por los problemas económicos, políticos y -sobre todo- constitucionales de España. En materia libresca tenía intereses históricos y políticos amplios, además de un evidente gusto del libro como “objeto”: le gustaba comprar, tener y regalar libros, además siempre era un buen regalo para él llegar con un libro reciente. Lector empedernido, se había ido de vacaciones a Santander, donde lo sorprendió la muerte, ¡con más de 30 libros!

 

A estas improvisadas tertulias debo agregar una larga comida con Alfonso y María Ángeles. Fue un momento único, porque yo le había pedido a ella que me organizara una reunión con su padre, porque quería conocerlo y entrevistarlo. Así ocurrió, de manera relativamente informal. Sin embargo, al comenzar la comida, don Alfonso me dijo escuetamente: “Pregúnteme lo que quiera, estoy a su disposición”. Fueron dos o tres horas realmente valiosas, donde transitamos, obviamente, por la figura de Adolfo Suárez: lo admiraba, sin duda alguna, pero consideraba que progresivamente había intentado atraerse a todos los sectores, cuestión que resulta políticamente imposible. En esto influía, sin duda, la legalización del Partido Comunista, tema difícil de entender para muchos en los años del posfranquismo, cuando se trataba de un tema tabú y no era posible suponer un futuro político donde los comunistas tendrían escasa relevancia.

 

Otros temas también fueron parte de esa conversación: la Constitución española, la monarquía, el asunto de las autonomías -sin duda una de sus mayores preocupaciones-, la transición española en general. De vez en cuando llegábamos a la España actual (año 2013), con sus dificultades, logros y desafíos. No se me ocultaba estar frente a una persona de unos 90 años, pero completamente lúcido, informado en temas de actualidad, interesado como en sus mejores días por el bien común de un país al que amaba con el corazón y con la cabeza.

 

Recordar y conocer a personas como Alfonso Osorio es una gran oportunidad para conocer la historia reciente de España.

 

La última vez que lo vi, si no recuerdo mal, fue a comienzos del 2016, cuando estuve de paso algunos días en Madrid. Estaba más preocupado que en otras ocasiones, en parte por las dificultades electorales y políticas, la formación de gobierno que estaba resultando una tarea compleja, la irrupción de nuevas corrientes políticas y el repetido tema de los separatismos, que ponían en riesgo la unidad de España y que se han convertido en un problema permanente, que pocos previeron en la década de 1970 y cuya proyección no tenemos clara.

 

Repensar la historia reciente de España es una obligación seria, no para vivir de la nostalgia de la transición, ni menos para reprochar lo que no se hizo en aquel tiempo o lo que debiera haberse hecho mejor. Recordar y conocer a personas como Alfonso Osorio es una gran oportunidad para acercarnos en esta tarea, de la cual puede nacer una mejor comprensión de la España de entonces, y ciertamente de los desafíos que tiene hoy, que no son pocos.

 

Alejandro San Francisco, historiador, académico de la Pontificia Universidad Católica de Chile y la Universidad San Sebastián, director de Formación del Instituto Res Publica. Esta columna fue publicada en El Imparcial de España.

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