Esta semana Chile ha sido sorprendido por una noticia lamentable, que debe llevarnos a pensar profundamente algunas cosas: me refiero a la muerte de niños que no fueron atendidos oportunamente por falta de camas en los hospitales. Esta fue la información que se dio, complementada luego por declaraciones tristes y torpes, por información que señala falta de prolijidad en la preparación de la atención de las enfermedades para este invierno, con las consecuencias que ello implica.

En 1939, el ministro de Salubridad Pública, Salvador Allende futuro Presidente de la República– publicó un importante libro, que comenzaba con una afirmación dura y categórica: “Chile tiene la más alta tasa de mortalidad infantil del mundo” (en La realidad médico-social chilena). El problema, entonces y ahora, no es que la gente muera, porque siempre habrá accidentes, enfermedades y situaciones lamentables –siempre moriremos–, pero también es cierto que la medicina puede prevenir o sanar muchos males, así como una sociedad puede enfrentar sus desafíos de mejor o peor manera. Sin embargo, otra cosa es que la evolución científica, de las políticas públicas o la miseria impidan un mejor desarrollo, calidad de vida y condiciones de salud de sus habitantes.

Ese es el drama vivido en estos días, precisamente porque Chile tiene las condiciones económicas y sociales que permiten enfrentar las enfermedades de buena manera: cuenta con un sistema de salud razonable, personal médico bien formado, experiencia frente a las dificultades (así quedó demostrado con la pandemia del Covid) y, en general, una administración con experiencia. Por lo mismo, tener una regresión en este plano es doloroso y lamentable, más aún cuando la repetición de muertes permite advertir, como ya se ha señalado, que las cifras podrían llegar a superar los cien niños muertos, en caso de mantenerse las actuales circunstancias, que incluyen falta de preparación de las autoridades e incluso indolencia en las reacciones.

El problema que afecta a los niños de Chile es mucho más amplio y profundo y debe ser observado en toda su complejidad. Históricamente los niños estuvieron comprometidos desde temprana edad en el mundo del trabajo, con todos los males que ello significaba: pérdida de oportunidades hacia el futuro y falta de una vida propiamente infantil. Vale la pena revisar la excelente investigación de Jorge Rojas Flores, Historia de la infancia en el Chile republicano, 1810-2010 (Santiago, JUNJI, 2010), para comprender la magnitud del tema y sus desafíos.

La cobertura educacional fue bastante baja en los siglos XIX y XX, pese a los logros y avances, lo que hacía que muchos no completaran siquiera la enseñanza básica y que millones de compatriotas permanecieran en el analfabetismo. La mencionada mortalidad infantil se sumaba a otros males como la desnutrición que afectaba a un gran porcentaje de menores y a otras lacras que perjudicaban la vida y el desarrollo pleno de las personas en la sociedad. En todos estos planos Chile fue mejorando en las últimas décadas del siglo XX y comienzos del XXI, con logros que enorgullecían al país, hacían celebrar a las autoridades y permitían a los padres y abuelos soñar un futuro mejor para sus descendientes.

Las cosas han cambiado para mal, lamentablemente, en el último tiempo. El abuso de menores que sufrieron algunos niños en Talcahuano, a través de la experimentación “educativa” y “sexual” –que parece una verdadera obsesión para muchos “educadores”– reflejan una realidad que viene desde hace tiempo, pero que no ha logrado resolverse adecuadamente. Por ello debemos poner atención y tomar medidas con determinación, aunque es probable que ya estemos llegando tarde. Hay diversas realidades que nos muestran problemas y estancamiento, cuando no decadencia y descomposición, en ámbitos que afectan especialmente la vida de los niños. Mencionemos algunos de estos casos.

En primer lugar, hoy sabemos que han aumentado los niños que abandonan el sistema escolar más de 50 mil en 2022–, sea producto de la pandemia que afectó al país, porque no le asignan valor a la enseñanza o por la falta de preocupación de sus padres o apoderados. El resultado es penoso, porque muchos de quienes desertan después no regresan a la enseñanza formal, con lo que quedarán con una educación incompleta, lo que representa un mal para ellos y la sociedad. El desperdicio de talentos –en lo que Chile a veces aparece como especialista– es una de las manifestaciones más visibles de la indolencia social y la falta de acción de quienes deberían tener a la educación como prioridad en el país.

En segundo lugar, como se puede apreciar cada cierto tiempo en las noticias, en realidad casi semanalmente, hay muchos niños que están capturados por la delincuencia y el narcotráfico. Numerosas encerronas y otros delitos son cometidos por niños de 12, 13 o 14 años, que ya tienen un cierto “carrete” en ese mundo y que ciertamente están alejados de las actividades educativas normales. El tráfico y consumo de drogas, la formación de bandas y la repetición de hechos delictuales muestran claramente que estamos frente a un problema que es grave y persistente y que, en modo alguno, ha sido enfrentado como corresponde.

Un tercer tema se refleja en una realidad que se ha ido profundizando en los últimos años: los numerosos niños que nacen sin hogar, fuera del matrimonio o incluso de cualquier vínculo estable entre sus padres. En muchas ocasiones esto implica perpetuar un círculo vicioso de pobreza o miseria, que en Chile adopta el rostro de mujeres y niños con mayor habitualidad que otros rostros. Por supuesto, el tema es muy complejo y es difícil abordarlo, pero no cabe duda que peor es esconder el problema, mirar para el lado o echar tierra bajo la alfombra, mientras el problema se mantiene y agrava.

Sería bueno evaluar para qué ha servido tanto programa y organismo estatal, en qué medida el ministerio de Educación está contribuyendo realmente al progreso de la enseñanza o está confundido en su acción y limitado en sus capacidades. Por otro lado, es preciso hacer algunas preguntas claves: ¿Cuál es la prioridad de los gobiernos? ¿Dónde poner el acento en las normas y, sobre todo, en las costumbres y forma de actuar de la sociedad chilena? Cada presidente o coalición tienen sus propias prioridades y objetivos, que pueden ir desde hacer la revolución hasta otros más modestos, como crear empleos o –en estos tiempos– combatir la delincuencia.

Todo ello es muy importante, pero resulta insuficiente: el futuro de Chile pasa por los niños. Por lo mismo, el abandono actual en que ellos se encuentran o los abusos que ellos sufren, son cuestiones que no pueden quedar para tiempos futuros improbables, sino que deben ser abordados con urgencia y liderazgo, con interés real y capacidad de obtener resultados. De lo contrario, seguiremos contando malas noticias, sufriendo los resultados de la inconciencia y acumulando nuevos fracasos.

Académico de la Universidad San Sebastián y la Universidad Católica de Chile. Director de Formación del Instituto Res Pública

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