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Publicado el 05 de abril, 2020

Alejandro San Francisco: Abril de 1945, el último mes de la Segunda Guerra

Profesor de la U. San Sebastián y la UC. Director de Formación del Instituto Res Publica. Director general de "Historia de Chile 1960-2010" (USS). Alejandro San Francisco

Para quienes vivimos en el siglo XXI, 75 años después del fin de la Segunda Guerra Mundial, nos cuesta imaginar lo que significó aquel conflicto para la humanidad, así como el dolor cotidiano que acompañó a las familias.

 

Alejandro San Francisco Profesor de la U. San Sebastián y la UC. Director de Formación del Instituto Res Publica. Director general de "Historia de Chile 1960-2010" (USS).

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Cuando comenzó abril de 1945, Europa y el mundo en general ya habían soportado más de cinco años de una guerra terrible y destructora. En los campos de batalla habían quedado millones muertos, pero también habían sido millones los que habían encontrado la muerte en los campos de concentración de Hitler, mientras otros tantos cayeron víctimas del hambre y el frío.

Para quienes vivimos en el siglo XXI, 75 años después del fin de la Segunda Guerra Mundial, nos cuesta imaginar lo que significó aquel conflicto para la humanidad, así como el dolor cotidiano que acompañó a las familias y a tantos que contemplaban el sinsentido de verse de nuevo involucrados en un conflicto de esa naturaleza cuando hace apenas un par de décadas había terminado la Primera Guerra Mundial, que se suponía pondría fin a todas las guerras. Obviamente no fue así por muchas razones, entre las que se cuentan los propios errores de la clausura del conflicto en 1918, el Tratado de Versalles, los efectos de la crisis económica de 1929, la pérdida de prestigio y vitalidad de las democracias, las ambiciones insaciables de Hitler, la pusilanimidad de los gobiernos que se oponían al dictador alemán, el oportunismo de la Unión Soviética y tantos otros factores que contribuyeron al estallido de la guerra aquel 1 de septiembre de 1939.

No es fácil imaginar cinco años de bombardeos permanentes y el cambio radical del estilo de vida cotidiana de la población; la paralización del aparato productivo de las sociedades europeas, con excepción de aquellas que contribuían a sostener la guerra; la detención de la enseñanza normal en las universidades y la partida de los jóvenes a la lucha; las noticias que cada cierto tiempo estremecían y animaban, hacían temblar o celebrar a los distintos bandos; los amores y las vidas interrumpidas; las inteligencias desaprovechadas y las infancias arrebatadas; los ingentes recursos que deberían destinarse a mejorar la vida de las personas, pero que fueron utilizados para destruir, mientras más, mejor.

Por eso resultaba tan decisiva la llegada de abril de 1945, mes en el cual las fuerzas del Reich terminarían derrotadas definitivamente, después de casi cien días de muerte y destrucción en Alemania. Hoy nos puede parecer un exceso de confianza o un mero malabarismo verbal de Hitler, cuando reafirmó en su último Año Nuevo la fe en la victoria final, anuncio que fue bien recibido entre sus compatriotas. Sin embargo, enero fue un mes de incomparable destrucción, que terminó con casi medio millón de muertes para los alemanes, en medio de bombardeos interminables y del avance progresivo del Ejército Rojo por el Este y de los norteamericanos e ingleses por el Oeste.

Al comenzar su libro Alemania 1945. De la guerra a la paz (Barcelona, Ediciones B, 2009), Richard Bessel incluye dos reflexiones contemporáneas que ilustran adecuadamente el ambiente entre quienes habían sufrido los rigores del nazismo. La primera es de Viktor Klemperer, fechada en su Diario del 27 de enero: “La sensación de catástrofe –para nosotros los portadores de la estrella [de David], con nueve décimas partes de alegría y una de temor (aunque en lo tocante al miedo la gente dice ‘mejor un final terrible [que ninguno]’– va cobrando fuerza”. La segunda es de Gerda J., fechada el 7 de mayo, cuando ya había caído el régimen: “Ahora espero que todo vuelva a ser como antes. Es maravilloso poder tumbarse en la cama por las noches en paz. Esperemos que la guerra acabe pronto y los soldados puedan regresar a casa”.

La verdad es que eso refleja bien el cambio emotivo y de razonamiento que se había producido en la primera parte de 1945: era necesario dejar atrás la guerra, que ya carecía de la pasión nacionalista que la inspiró en algún momento, para avanzar hacia una paz que parecía ser la mayor aspiración que podía esperar la población alemana. En el caso de quienes habían combatido al nacionalsocialismo, la motivación era doble: ciertamente lograr la paz estaba entre los objetivos principales, pero ello iba acompañado de la necesidad de conquistar la victoria de los aliados y la consiguiente derrota del mal gigantesco que se había levantado al ritmo de Hitler y el nacionalsocialismo. Después de todo, ya durante los primeros meses de 1945 se había producido la liberación de algunos campos de concentración, así como también algunos territorios dominados por el Reich habían sido liberados y se aprestaban a iniciar una nueva etapa, mientras los dictadores –Mussolini y Hitler– comenzaban a vivir sus últimas semanas antes de ser despedidos por la ejecución y la humillación, en el caso del italiano, o por el suicidio y la incineración, en el del jerarca nazi. Final inesperado para quienes tuvieron sueños de grandeza y logros importantes durante sus regímenes.

Como suele ocurrir en la historia, los finales siempre están entrelazados, con historias que no terminan de acabar y con otras que comienzan a desarrollarse. Todavía faltaban cosas para que terminara la Segunda Guerra Mundial, considerando la rendición incondicional de Alemania y otros territorios que seguían en hostilidades; en agosto el mundo vería horrorizado la caída de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki; en otro plano los países de Europa Oriental se darían cuenta dentro de muy poco que habían cambiado una dictadura por otra, que Hitler daba paso a Stalin, que el nazismo era reemplazado por el comunismo y no por las democracias, como comenzaría a ocurrir en otras sociedades. De esta manera, la alegría espontánea de la liberación fue también momentánea y demasiado feble, y pasarían décadas antes que muchas de esas naciones pudieran destruir la Cortina de Hierro y disfrutar del sabor de la paz y la libertad.

Con todo, abril de 1945 es un mes que permanecerá eternamente en la historia. El 29 de abril Hitler se despediría de la vida con su Testamento Político, una verdadera pieza maestra de odio y falta de sentido de la realidad, donde el dictador aparece repartiendo culpas históricas, distribuye cargos y da órdenes dentro de un Reich completamente destruido y derrotado. Un mes que termina –como es propio de las guerras– con esa mezcla de felicidad y algarabía que disfrutan los vencedores, mientras los vencidos están sumidos en el dolor y la vergüenza, aunque también pueden contar con cierto alivio. Después de todo, tras cinco años de muerte y destrucción, parecía razonable que todos esperaran el fin de la guerra, en vez de seguir con la carnicería de autodestrucción que Europa había ensayado con demasiada crueldad en dos ocasiones en menos de medio siglo.

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