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Publicado el 19 noviembre, 2020

Alejandro Navas: Tras la pandemia, más Estado

Profesor de Sociología, Universidad de Navarra, España Alejandro Navas

Cada vez que termina una revolución —o una guerra—, el Estado sale de ella crecido, mejor organizado, más eficaz, y abarca más campos de intervención.

Alejandro Navas Profesor de Sociología, Universidad de Navarra, España
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“El ser humano se considera básicamente como una máquina biológica, que se administra, supervisa y mejora para optimizar su capacidad de trabajo y su sensación de bienestar. Esto exige el control de todos sus movimientos y la gestión de sus hábitos. Que nadie se inquiete: esta situación no molesta a la gente, que acepta libremente esa vigilancia. De modo voluntario, los ciudadanos se someten a análisis diversos, usan mascarilla cuando salen del hogar, adoptan medidas de higiene e incluso aceptan que se les implante un chip subcutáneo para controlar los parámetros relevantes. No hay que alarmarse: el Estado vela por la seguridad de sus súbditos, todo con la mejor intención”.

El texto que acabo de citar no procede de la página web de algún Gobierno, sino de la novela ‘Corpus Delicti’, de Juli Zeh, publicada en 2010. Su protagonista, Mia Holl, declara: “No me fío de un Estado que pretende saber lo que me conviene mejor que yo misma”. Como era de prever, Mia se encuentra sola en medio de una población conformista: su rebelión está condenada al fracaso.

¿Qué piensa la gente hoy sobre el funcionamiento del Estado? El sindicato de los funcionarios alemanes (DBB) realiza una encuesta anual para averiguar la opinión de los ciudadanos sobre la calidad del servicio público (buen detalle el de escuchar al pueblo, que otros países podrían imitar). Parece que la gestión de la pandemia ha devuelto a la población la confianza en las autoridades, según revela la encuesta de este año: los que juzgan al Estado capaz de cumplir con su función han pasado del 34 al 56%. Crecimiento notable, aunque el 40% ve al Estado desbordado por la crisis. Al menos, se ha contenido la tendencia de los últimos años, que reflejaba un creciente divorcio entre Administración y administrados. Este fenómeno no es exclusivo de Alemania: en todo el mundo aumenta la desconfianza frente a las grandes instituciones políticas (gobiernos, partidos políticos) y económicas (bancos, empresas multinacionales). Los poderosos siempre han despertado recelo, y la globalización —que trae consigo indudables beneficios económicos— acentúa ese sentimiento, pues los pequeños nos sentimos desbordados, superados por un mundo que ya no entendemos.

Se puede afirmar que el crecimiento y el fortalecimiento del Estado constituyen el rasgo más característico de la modernidad política. En los dos últimos siglos, el aparato estatal se ha expandido sin parar, con un incremento paralelo de sus recursos personales y materiales. Diversos factores han empujado a las sociedades en esa dirección: el proceso de secularización (simplificando, Dios y el paraíso celestial dejan su puesto al Estado y al paraíso terrenal; la revolución ocupa el sitio del juicio final; la política, emancipada de la religión, se guía tan solo por la razón de Estado); avances científicos y tecnológicos, que el Estado aprovecha en su servicio (la universidad napoleónica como vivero de técnicos y funcionarios al servicio de la Administración); la educación como herramienta principal para modelar una ciudadanía obediente (“los hijos son del Estado y no de sus padres”); grandes crisis, como guerras y revoluciones. Me detengo en este último punto.

Es ya clásico el análisis de Jacques Ellul en ‘Autopsia de la revolución’: desde 1789 no se asiste a ningún retroceso del Estado en ningún país. Cada vez que termina una revolución —o una guerra—, el Estado sale de ella crecido, mejor organizado, más eficaz, y abarca más campos de intervención. Tenemos un Estado más racional, más total, más eficiente. Impersonal y burocrático, todo lo regula, nada escapa a su control. Es verdad que, al menos en Occidente, ese régimen se presenta como Estado de derecho: elección democrática, imperio de la ley, separación de poderes. A partir de la Segunda Guerra Mundial, se llama estado social y del bienestar, dedicado a cuidar de su gente desde la cuna hasta la sepultura. Pero son pocas las veces en que el funcionamiento real de los aparatos estatales hace justicia al ideal proclamado en los textos legales. De ahí el desprestigio de las instituciones, la insatisfacción de la ciudadanía y el auge de los populismos.

La gestión de la pandemia en los diversos países parece dar la razón a Juli Zeh y a Jacques Ellul: una emergencia de dimensiones nunca vistas podría ‘regalar’ a los Estados atribuciones igualmente inéditas, que dejarían chiquitas las distopías más ingenuas. De nuevo, la realidad superaría a la ficción. Regímenes poco o nada democráticos, como Singapur o China, presumen en estos días de sus éxitos en la lucha contra la pandemia, frente a la inoperancia de las democracias liberales. En una situación de miedo e incertidumbre, la tentación de someternos al Estado omnisciente y omnipotente puede resultar irresistible. Benjamin Franklin ya nos previno hace más de dos siglos: “Quien, por seguridad, renuncia a su libertad no merece ni libertad ni seguridad”.

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