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Publicado el 09 de febrero, 2020

Alejandro Navas: La vida empieza a los ochenta

Profesor de Sociología, Universidad de Navarra, España Alejandro Navas

Tanto los centros de investigación más prestigiosos del mundo como las empresas punteras de Silicon Valley están invirtiendo muchos millones para derrotar a la muerte y alcanzar la inmortalidad.

Alejandro Navas Profesor de Sociología, Universidad de Navarra, España

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Así titulaba la revista alemana Der Spiegel la reseña del libro “La prolongación de la vida”, del Dr. Bogomelets, presidente de la Academia Ucraniana de las Ciencias. Se trata de un bestseller, con millones de ejemplares vendidos en Estados Unidos, que muestra cómo el hombre debería vivir ya entre 125 y 150 años. Nada nuevo, si no fuera porque esa crónica se publicó en 1949. Setenta años después, la misma revista anuncia en portada un gran reportaje con el título: “¿Morir? No para mí”.  Se podrían intercambiar ambos textos y los lectores apenas lo notarían. El tema no ha perdido atractivo, pero resulta sospechoso que en setenta años apenas se haya modificado un discurso que prometía entonces y promete ahora los mismos e inminentes avances.

Tanto los centros de investigación más prestigiosos del mundo como las empresas punteras de Silicon Valley están invirtiendo muchos millones para derrotar a la muerte y alcanzar la inmortalidad. Hay un ambiente de entusiasmo, de exaltación febril. Científicos serios, de trayectoria impecable, trabajan junto a charlatanes con aspecto de hippies. Encontramos ahí a genios como Ray Kurzweil, director de investigación de Google, que ha anunciado la “singularidad” para 2045. Con ese término denomina la fusión del hombre con la máquina y el comienzo de una nueva era de la humanidad. La información del cerebro humano se descargaría en ordenadores, de forma que pasaríamos a vivir en una especie de realidad virtual. Kurzweil es un ingeniero que, desahuciado por los médicos, se curó a sí mismo una diabetes y que ingiere cada día más de doscientas pastillas para combatir su propio envejecimiento. Así exhibe unas constantes propias de alguien treinta años más joven. Su talento está fuera de toda duda, como muestran las patentes que ha registrado y los premios que ha recibido.

La fecha y el término han creado escuela. Por ejemplo, José Luis Cordeiro, profesor de la Singularity University en California, declara: “Vamos a asistir a la muerte de la muerte antes del año 2045”. Saltamos de California a la costa este: David Sinclair es profesor de genética en Harvard, cofundador de un centro para el estudio de la biología del envejecimiento y, según la revista Time, una de las cien personas más influyentes del mundo. Acaba de publicar el bestseller, Lifespan. The Revolutionary Science of Why We Age – and Why Don’t Have To, excelente resumen del estado de la cuestión hoy en día. Su fe en la capacidad de la ciencia para vencer a la muerte se convierte en una especie de religión tecnológica, que atrae a un número creciente de adeptos.

Si hasta el momento ha habido evolución biológica, desde el primer unicelular hasta el hombre, ahora comienza la evolución cultural, en la que el mismo hombre decide el rumbo.

No es de extrañar que los divulgadores se hagan eco de ese clima de optimismo. Eduardo Punset ya lo reflejaba en 2008, siguiendo las tesis inmortalistas de Carrel y Lindberg: “No estamos programados para morir… En realidad, no está escrito que debamos morir… La idea de que existe un límite biológico para la vida es una gran falacia”.

La aspiración a la inmortalidad acompaña a la modernidad desde el principio. Descartes, el cantor del “hombre máquina”, anunciaba a mediados del siglo XVII la superación de la muerte en un par de generaciones. Hannah Arendt caracteriza ese talante con agudeza y concisión: “El moderno cree dos cosas: que todo está permitido y que todo es posible”. Nietzsche dice algo parecido: “Para el moderno, la felicidad se expresa en la fórmula: -Yo quiero”. La libertad, entendida como emancipación de cualquier tabú, se alía con la ciencia para inspirar la ideología del progreso, el gran mito moderno. Saber es poder, decía ya Francis Bacon, el sistematizador del método experimental. Nada escapará a esa voluntad de control y de optimización.

En ese contexto se inscriben corrientes como el transhumanismo. Si hasta el momento ha habido evolución biológica, desde el primer unicelular hasta el hombre, ahora comienza la evolución cultural, en la que el mismo hombre decide el rumbo. En la geología se habla del inicio de una nueva era, el Antropoceno. El ser humano se convierte -o pretende convertirse- en el protagonista principal.

Los antiguos griegos hablaban de la hybris, de la arrogancia o soberbia del hombre, que le impulsaba a querer superar los límites naturales. Los dioses solían castigarla con un destino trágico. ¿En qué pararán los actuales intentos del hombre por superar los límites de su condición? Hay motivos para estar prevenidos. El afán por dominar la vida arroja un balance inquietante: más de mil millones de abortos en el siglo XX; avance constante de la cultura de la muerte, con la eutanasia a la vista; mercantilización del ser humano (el negocio juega un papel decisivo en el desarrollo de la biología del envejecimiento). Por mucho que pretenda emanciparse de las condiciones naturales, el moderno es también naturaleza, tiene una estructura biológica que no puede ignorar.

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