Gabriel Boric ganó la presidencia de Chile por una mayoría aplastante, obteniendo una diferencia de más de un millón de votos, con lo que su caudal electoral aumentó considerablemente respecto al que había obtenido durante la primera vuelta. Aquel incremento está explicado en su gran mayoría por jóvenes, los llamados millennials, y por mujeres. Mi abuelita decía: “vox populi, vox dei” (la voz del pueblo es la voz de dios).

Fundamental en el repunte de aquella votación fue la metamorfosis que experimentó desde la expresión de posiciones radicales a unas moderadas, que llevaron algunos a calificarlo como un genuino socialdemócrata. Por tanto, Boric apostó a que la gente fuera seducida por promesas de mejoría de calidad de vida basada en una provisión gratuita de bienes y servicios financiados por gasto público, lo que excedió a los temores de la violencia y el odio que aún se observa en el país.

Ciertamente la suya es una apuesta peligrosa que envuelve una dosis importante de populismo y demagogia, que no es sostenible en general y menos bajo las actuales restricciones económicas. Las trayectorias de desequilibrio que muestra la economía, tales como la inflación esperada, las tasas de interés, el déficit público y el tipo de cambio, hacen inviables las promesas del Presidente electo, y harán crecer las presiones de la coalición que lo apoya, que incluye como partido más importante al PC, el que recurrirá a su habitual estrategia de poner en la calle a sus adherentes disconformes.

Mientras escribo, Boric está en busca de un ministro de Hacienda que le permita enfrentar la evidente crisis económica y social que experimenta el país, junto con ordenar -y ampliar- la coalición que lo llevó al poder. También deberá enfrentar una crisis política que se apreciará cuando los beneficios económicos anunciados sufran el impacto de los desequilibrios, empezando por la inflación.

Creemos que la inflación no será controlada el próximo año, es decir, quedara aún fuera del rango meta, y que el Banco Central continuará subiendo la tasa de política monetaria (tpm), la que, dependiendo de las expectativas de aumento del gasto público, podría superar el 6,5% (recientemente se ubicó en un 4%). El tipo de cambio podría contribuir a la inflación si la inestabilidad política persiste. También veremos cómo la nueva administración enfrenta los desórdenes y aplicación de la ley.

Si Boric no estabiliza la economía, se acentuará el desorden político y viene a mi memoria mi adorada abuelita que me dijo más de una vez: “otra cosa es con guitarra”.

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