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Publicado el 17 de mayo, 2020

Aldo Cassinelli: Responsabilidad fiscal

Haber sido fiscalmente responsables en el pasado le ha permitido al país responder a la pandemia con soluciones más parecidas a las que han aplicado naciones desarrolladas, amortiguando de mejor manera el impacto sanitario y económico derivado de ella.

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Hace mucho tiempo que en el debate público nacional se dejó de hablar de la importancia de ser responsables en materia de gasto fiscal. Son varias las razones de esta lamentable omisión.

La primera tiene su origen durante el último lustro, período en que la agenda política fue capturada por sectores que desconocieron los avances logrados por el país en las décadas recientes y buscaron introducir profundas transformaciones basadas en la instalación de supuestos derechos universales. Así, se pasó de una política de focalización del gasto público -que permitió reducir de forma importante la pobreza en Chile e impulsar el surgimiento de una pujante clase media-, a una política de gasto más masiva.

Segundo, el estallido de violencia que se inició en octubre pasado presionó al gobierno a dar respuesta a demandas de determinados sectores, lo que se hizo “abriendo descomunalmente la billetera fiscal” e incrementando nuevamente el gasto público.

En tercer lugar, desde marzo estamos enfrentando una pandemia que ha obligado a actuar con sentido de urgencia, diseñando e implementando políticas públicas que presionan de manera crítica el gasto fiscal. Escenario que se da en medio de una reforma tributaria acordada por amplios sectores políticos con el propósito de dar respiro a las arcas públicas.

Pero, ¿qué sentido tiene hablar de responsabilidad fiscal en momentos de crisis? A mi entender tiene un sentido trascendental, porque precisamente el paquete de medidas económicas que el gobierno ha podido implementar en esta emergencia, destinando cuantiosos recursos para ir en ayuda de las personas y las empresas, se ha podido hacer gracias a los ahorros realizados en los periodos de abundancia y alto crecimiento que ha tenido Chile, aplicando políticas como el Balance Estructural, aprovechando el ciclo de auge de las materias primas, creando el Fondo de Estabilización Económico y Social (FEES), e impulsando reformas institucionales que permitieron contar, por ejemplo, con el Fondo de Cesantía, que es tripartito en el aporte y solidario en su reparto. Lo anterior demuestra que haber sido fiscalmente responsables en el pasado le ha permitido al país responder a la pandemia con soluciones más parecidas a las que han aplicado naciones desarrolladas, amortiguando de mejor manera el impacto sanitario y económico derivado de ella.

Con todo, la historia y los hechos recientes demuestran que actuar con responsabilidad fiscal es un buen negocio político para los países, aun cuando no esté dentro de sus prioridades. Incluso, si se mira en retrospectiva, esa misma responsabilidad fiscal le entregó a Chile un sólido colchón para enfrentar dificultades como la denominada crisis “subprime” en 2008/2009, período en el que se incrementó significativamente el gasto fiscal para responder a la caída de la actividad privada y dar solvencia al sistema financiero.

En las actuales circunstancias, ese colchón ha permitido destinar abundantes recursos públicos para intentar evitar que este violento shock de corto plazo que se está registrando, desplome la economía y al sistema productivo del país, protegiendo el empleo con medidas concretas, que alejen el fantasma de una crisis social de proporciones y permitan retomar la actividad en el menor tiempo posible.

Finalmente, la responsabilidad fiscal también implica asumir políticamente que la alternancia en el poder va de la mano con tener un país ordenado en sus cuentas, que tiene posibilidad de recurrir a sus ahorros si es necesario y que goza de credibilidad para realizar colocaciones de deuda y solicitar prestamos a tasas razonables en el mercado internacional. A su vez, permite hacer ajustes en su presupuesto interno para destinar parte del gasto público a episodios de emergencia sin dejar de funcionar en lo esencial.

La crisis que vivimos como país nos obliga a actuar con urgencia, oportunidad, y especialmente, con responsabilidad frente al presente y hacia lo que viene. En ese proceso, la política tiene un rol fundamental que cumplir, dejando de lado las posiciones maximalistas y las tentaciones populistas.

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