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Publicado el 09 de noviembre, 2019

Alberto Rojas: Mijaíl Gorbachov y la caída del muro

Director del Observatorio de Asuntos Internacionales, U. Finis Terrae, Master en Ciencia Política Alberto Rojas

Este 9 de noviembre Alemania y el mundo conmemoran los 30 años de la caída del Muro de Berlín. Un episodio crucial en la historia del siglo XX, que dio paso a la reunificación alemana y  marcó el comienzo del fin de la Guerra Fría.

Alberto Rojas Director del Observatorio de Asuntos Internacionales, U. Finis Terrae, Master en Ciencia Política
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Con una extensión de 155 km., técnicamente el Muro de Berlín rodeaba la zona occidental de esta capital enclavada en plena República Democrática Alemana (RDA). Una barrera frente a la cual al menos 140 personas murieron en su intento por escapar del comunismo germano-oriental, y que se convirtió en la expresión física de la división del mundo en dos realidades excluyentes.

El prólogo de ese momento crucial fue la decisión de Hungría, en mayo de 1989, de abrir su frontera con Austria. Una medida que posibilitó que, en solo veinte días, más de 600 alemanes orientales que se encontraban en suelo húngaro aprovecharan para cruzar hacia Occidente. Luego de eso, el “efecto dominó” resultó imparable y la cifra subió a 400 mil germano-orientales buscando asilo en la embajada de la República Federal Alemana (RFA) en Viena.

En ese contexto, resulta imposible recordar la caída del Muro de Berlín sin considerar la figura de Mijaíl Gorbachov, entonces secretario general del Partido Comunista de la Unión Soviética y máximo líder de esa superpotencia comunista. Es que la llegada de Gorbachov al poder vino acompañada de dos grandes reformas: la glasnost (transparencia) y la perestroika (reestructuración). Ambas fueron un cambio profundo para la URSS y, además, ayudaron al proceso de distensión con Estados Unidos.

Una muestra de eso fue el inicio de encuentros bilaterales más periódicos. La primera cumbre entre Gorbachov y Ronald Reagan se concretó en Ginebra (Suiza), en noviembre de 1985. Y al año siguiente, en octubre, ambos líderes se volvieron a reunir en Reikiavik (Islandia).

A fines de febrero de 1987, Gorbachov aceptó negociar sobre los “euromisiles”, al margen de otros problemas de desarme. La iniciativa se concretó en diciembre de ese mismo año, cuando durante la cumbre de Washington se firmó el Tratado INF, cuyo objetivo era eliminar todos los misiles nucleares de alcance intermedio en Europa.

Y en 1988, entre el 29 de mayo y el 1 de julio, Gorbachov y Reagan se volvieron a reunir, esta vez en Moscú, mostrando al mundo que las cumbres ya se habían transformado en encuentros habituales.

Sin embargo, la verdadera “prueba de fuego” para el líder soviético llegó en 1989, cuando en diferentes países de la URSS y de Europa del Este se iniciaron masivas protestas que meses después acabarían con el derrumbe de los gobiernos comunistas de Polonia, Rumania y Hungría, entre muchos otros.

En la memoria del mundo de la Guerra Fría permanecía fresco el recuerdo de lo ocurrido en Hungría en 1956, cuando el ejército soviético aplastó la revuelta liderada por Imre Nagy, que había intentado retirar a su país del Pacto de Varsovia y realizar elecciones libres; así como la fracasada Primavera de Praga, en 1968, el movimiento de apertura política y promoción de libertades impulsado por Alexander Dubček en la entonces Checoslovaquia.

A pesar de eso, lejos de seguir los pasos de sus predecesores o la opinión del sector más duro del partido, Gorbachov eligió no usar la fuerza, manteniéndose a distancia de los procesos iniciados en los diferentes países. Y así lo dejó en claro durante su visita a la República Democrática Alemana, en octubre de 1989, cuando durante las celebraciones de su 40º (y último) aniversario, en su discurso en el Palacio de la República de Berlín Este, afirmó que las autoridades de la RDA debían abrirse a la idea de reformas políticas y económicas.

De esta forma, Moscú había sido claro: no habría una intervención armada para detener los procesos de apertura política y, llegado el momento, Gorbachov solo le ofreció a Erich Honecker un discreto asilo en un hospital militar en la URSS.

Hoy, a tres décadas de ese momento crucial, van quedando muy pocos rastros del muro. Sin embargo, su recuerdo permanece vivo, como ejemplo de un pasado al cual el mundo no debe regresar.

@arojas_inter

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