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Publicado el 01 de noviembre, 2018

Alberto Mayol: Trump, Bolsonaro, Orbán y el nacional-liberalismo

Sociólogo, académico de la Universidad de Santiago Alberto Mayol

Cuando el ejemplo de Chile se convierte en vanguardia, como señala Bannon, cuando el caso de la dictadura chilena es el ejemplo del que se afirmaron Thatcher y Reagan; entonces es evidente que la forma específica del autoritarismo político con libre empresa no fue solo un mecanismo para interrumpir los ciclos de políticas de izquierda en América Latina durante la fase de los golpes de Estado; que no fue solo una necesidad del proceso histórico, sino que se trata de un rasgo inherente a un proceso (¿una variante? ¿una etapa?) de construcción fascistoide del liberalismo.

Alberto Mayol Sociólogo, académico de la Universidad de Santiago
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Que la política contempla todas clase de combinaciones que la razón casi no puede domesticar, es un dato de la causa. Aunque en general el mundo de significaciones de la política es relativamente ordenado, gracias al eje izquierda y derecha, siempre aparece alguna clase de configuración que sorprende, ya sea el peronismo (de Perón), el nacional-bolchevismo (Limonov) y ahora  el nacional-liberalismo de Trump y Bolsonaro.

 

Esta nueva creación nació en Chile en forma de serendipia. La combinación entre militares golpistas, participación de la CIA, los economistas y sus soportes políticos en Edwards y Merino, más el autoritarismo constitucionalizado y desarrollado teóricamente en forma de teología civil por Jaime Guzmán, redundaron en un verdadero engendro que configuró en la teoría de la subsidiariedad el punto de articulación. Articular el grupo fue un desafío, pero lo lograron. Lo que salió de allí siempre se vio como una excentricidad. La mayor parte de los liberales vieron la dictadura como un momento que debía ser superado, un acto de mal gusto que era necesario, porque si París bien vale una misa, Chicago bien valía un dictadorzuelo. Total, la cosa de experimentar con países pequeños siempre ha sido razonable.

 

Tal y como Pinochet, sostiene que es necesario pasar de países de proletarios a países de propietarios. Bannon sostiene la necesidad de exterminar el Estado y el adoctrinamiento universitario filomarxista.

 

Pero resulta que hoy la excepción se convirtió en doctrina y Steve Bannon, ex funcionario de Trump y el hombre del diseño político y comunicacional de la ultraderecha mundial, recorre naciones diciendo que Chile es un ejemplo. Pero no el Chile actual, no el transicional, sino el mismísimo Chile del origen del modelo neoliberal realmente aplicado, el país que achicó el Estado, que desarrolló la economía bajando los derechos sociales. Tal y como Pinochet, sostiene que es necesario pasar de países de proletarios a países de propietarios. Bannon sostiene la necesidad de exterminar el Estado y el adoctrinamiento universitario filomarxista. Recordando con majestuosa semejanza al mismísimo Hitler en “Mi lucha”, sostiene la tesis del poderoso enemigo influyente precisamente gracias a su maldad y que debe ser aniquilado. No duda en decir que habrá que enfrentar un conflicto con el mundo universitario por su ‘marxismo cultural’. ¿Qué significa este nuevo mundo político, que se revela ahora como algo más que un resultado espurio de una época desquiciada? Esta es la pregunta que debe agotar nuestras capacidades en el tiempo que viene.

 

Max Weber decía en 1905 que la deriva del capitalismo ya victorioso redundaría en una pérdida de sentido y de libertad, ya que no requeriría ningún otro fundamento que su propia operación. “El puritano quería ser un profesional, nosotros estamos obligados a serlo”. Sartre dirá años después que “estamos condenados a ser libres”. El liviano manto de la libertad se transforma en condena, en pesada carga, en gravidez. La promesa del capitalismo es que a su lado se elevaría a la máxima potencia la libertad. Max Weber señala: el origen liberador dejará paso a la pérdida de significado de la experiencia en el mundo y a la imposibilidad de modificar la maquinaria operacional, siendo simplemente imposible no someterse a sus condiciones. Este proceso es descrito por Max Weber como el resultado de un simple fenómeno: el capitalismo utiliza en su origen fundamentos culturales (el protestantismo primero, la Ilustración después) que le sirven de sostén, pero cuando ya su operación es autónoma bien puede deshacerse de esos fundamentos y solo necesita ‘consumir hasta la última gota de combustible fósil’.

 

“Los globalistas aman las elecciones hasta que comienzan a perderlas y entonces son todas democracias iliberales», dice Steve Bannon.

 

Lo que parecía la excentricidad del surgimiento del liderazgo de Trump hoy se revela algo más que una singularidad en el espacio-tiempo. Muy interesante es la entrevista que en El Mercurio del pasado domingo 28 de octubre realiza Axel Kaiser a Steve Bannon. Con claridad, inteligencia, una dosis no menor de cinismo, algo de maldad y con una abrumadora confianza, este asesor e ideólogo expresa el carácter estadísticamente significativo del surgimiento de la ultraderecha y la realidad de una destrucción del centro político. Dice: “Los globalistas aman las elecciones hasta que comienzan a perderlas y entonces son todas democracias iliberales. La verdad es que los triunfos han sido contundentes. Orbán sacó casi un 70% de los votos, Salvini y De Maio un 62%, Bolsonaro podría obtener 55% o más. Estas no son elecciones cerradas sino arrasadoras. La maquinaria de George Soros (empresario multimillonario y cercano al Partido Demócrata) y sus amigos en los medios dirán que todos estos son antidemocráticos, pero ellos están ganando por amplios márgenes y proponiendo a la gente políticas que se hacen cargo de los asuntos que les aquejan dentro de su Estado-nación”.

 

El significado histórico de un ciclo de ultraderecha para defender al capitalismo de los capitalistas y no de los socialismos o de los sectores populares, tiene una enorme relevancia. Cuando el ejemplo de Chile se convierte en vanguardia, como señala Bannon, cuando el caso de la dictadura chilena es el ejemplo del que se afirmaron Thatcher y Reagan; entonces es evidente que la forma específica del autoritarismo político con libre empresa no fue solo un mecanismo para interrumpir los ciclos de políticas de izquierda en América Latina durante la fase de los golpes de Estado; que no fue solo una necesidad del proceso histórico, sino que se trata de un rasgo inherente a un proceso (¿una variante? ¿una etapa?) de construcción fascistoide del liberalismo. En este flujo histórico el triunfo de la libertad se hace adorando a Pinochet, llamando militares a la política y convocando al populismo. Pero no es un escándalo, nadie se siente demasiado vulnerado dentro del mundo liberal (sí en la izquierda, pero es natural, hay perplejidad de la propia ceguera). El tono tranquilizador de los nuevos tiempos se expresa cuando se habla con claridad que se rescatará al emprendimiento de su cautiverio forzado en estructuras burocráticas innobles, en máquinas corruptas creadas por la izquierda. Esta genial simplificación es la base de la comodidad de los empresarios. Y por la tasa de ganancia, único Dios del cielo financiero y de la tierra industrial, todo ha de ser permitido.

 

La pregunta es compleja de responder, pero se puede enunciar de manera sencilla: ¿por qué el capitalismo ha requerido, en esta etapa de su desarrollo, un soporte político de estas características? ¿Por qué el liberalismo político no ha sido capaz de sostener el liberalismo económico? ¿Por qué luego de denostar el populismo el mundo empresarial prefiere aceptarlo en su versión de derecha? ¿Por qué dejar de lado la globalización a poquísimos años de su conversión en el mayor proyecto mundial? Pues bien, responder todo esto tomará un tiempo. Pero en cualquier caso es de enormes consecuencias la comprensión de que la estabilización del más grande sistema financiero de la historia y la más compleja estructura económica jamás conocida; requiere de un tribalismo político, de un llamado a la ignorancia y a la conciencia acrítica. Vale la pena esperar que los liberales comprendan que, como Chamberlaine, más les vale poner atención. Porque primero firmarán el pacto con Hitler y después les estarán bombardeando Londres.

 

FOTO: RODRIGO SAENZ/AGENCIAUNO

 

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