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Publicado el 13 de agosto, 2018

Alberto Mayol: Piñera, un rostro liberal para los conservadores

Sociólogo, académico de la Universidad de Santiago Alberto Mayol

El liberalismo es una convicción, no una mera táctica. Cuando ella se convierte simplemente en un modo de operar, en una estrategia de acumulación de poder, en un relato, en un discurso, se pierde su sentido histórico.

Alberto Mayol Sociólogo, académico de la Universidad de Santiago
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Las palabras del nuevo Ministro de Cultura respecto a que el Museo de la Memoria sería un ‘montaje’ que falsifica la historia del proceso de ‘quiebre institucional’ que derivó en la dictadura se vienen a sumar a un gobierno que decidió crear un órgano de inteligencia cuyas siglas son iguales a la emblemática por su crueldad CNI. Si a esto agregamos el indulto presidencial a un violador de derechos humanos y la total defensa del gobierno a la Corte Suprema respecto a su actuar cuando entregó libertad condicional a varios violadores de derechos humanos es evidente que el gobierno de la derecha da señales con ostentación de un cierre de filas con el mundo dictatorial de carácter neoconservador.

Piñera reivindica las significaciones de la derecha más dura, chapotea sobre los temas de derechos humanos e intenta dar una señal muy sorprendente.

Esta descripción pretende estar en continuidad con el esfuerzo que estamos desarrollando de una reflexión sobre las ideologías liberales y socialistas y particularmente sobre sus grados de éxito. Lo que en pocas semanas ha consolidado el gobierno de Sebastián Piñera, en este sentido, supone un fuerte cuestionamiento a su propia capacidad de movilizar un discurso democrático desde la derecha, como cuando señaló en 2013, que no solo había violadores de derechos humanos, sino que había también cómplices pasivos del mundo civil respecto a esos mismos crímenes de lesa humanidad. Al extender la línea de culpabilidad, Piñera había producido un escenario inédito en la transición, contaminando a la derecha civil con lo peor de su propia historia, de la que por cierto había logrado zafar durante los gobiernos concertacionistas gracias al delicado tacto del juego de ataques controlados de la democracia de los acuerdos.

Sin embargo, en cosa de meses en este nuevo mandato, Piñera reivindica las significaciones de la derecha más dura, chapotea sobre los temas de derechos humanos e intenta dar una señal muy sorprendente: la etapa de dolor por esas violaciones ha terminado y corresponde el momento donde, sobre la herida traumática, podemos caminar sin delicadeza ni prolijidad, sino simplemente con la convicción de que es etapa superada. Lo peor de los castigos, entonces, ya se produjo. Y la discusión sobre los derechos humanos debe concentrarse en el presente venezolano, nicaragüense y en aquellos lugares donde la izquierda debe contemplar el propio horror de sus actos.

La apuesta de Sebastián Piñera es inteligente tácticamente, lo que suele ocurrir con el Mandatario. Asume que la reacción airada de la izquierda no está correspondida con un fenómeno de malestar social asociado a la conducta política del gobierno. Y tiene razón. La ciudadanía ha ido efectivamente dando vuelta la página. Probablemente tiene razón Piñera respecto a que la sensibilidad a flor de piel de la ciudadanía con las violaciones a los derechos humanos en dictadura tuvo un retroceso desde 2013, cuando la existencia de un gobierno de derecha reconociendo los hechos cambió la estructura del conflicto y otorgó un cierto tono cristiano de solicitud de perdón, que aunque no hubo, se entendió como algo cercano a ello. Pero lo que no entiende el Presidente Piñera (y también suele ocurrir con él) es que no ha contemplado las consecuencias morales y políticas más profundas, esto es, el escenario ideológico.

La mirada de Piñera es superficial, aunque sea inteligente. Y es una atrocidad en medio de la visión de los derechos humanos, ya que considera la temática gestionable y superable por un mero diseño táctico.

El acuerdo mundial respecto a que las violaciones a los derechos humanos tienen un estatus superior a cualquier crimen deriva de un acuerdo deliberativo global que establece la necesidad de defender límites que permitan construir un mundo donde, al menos, la dignidad humana, los más básicos principios de justicia y una mínima igualdad ante la atrocidad potencial de lo real sean defendidos. Se trata de un logro civilizatorio, coherente con el discurso moderno y uno de los pocos pasos relevantes que se han dado en ese largo y tortuoso camino que ha sido la evolución de la política moderna. Pero Piñera confunde esta magnitud de fenómeno con un trauma que hay que superar y con un atavismo del que la derecha debe deshacerse, tal y como él logró hacerlo personalmente. Su mirada es superficial, aunque sea inteligente. Y es una atrocidad en medio de la visión de los derechos humanos, ya que considera la temática gestionable y superable por un mero diseño táctico.

El liberalismo original fue uno de los fundamentos de la teoría de los derechos humanos. Habrá que perdonarle haber instalado la propiedad privada como un derecho humano, una locura que casi no tiene nombre. Pero habrá que reconocer que fue una fuente de sabiduría respecto a la construcción de estos mínimos morales garantizados políticamente. El liberalismo es una convicción, no una mera táctica. Cuando ella se convierte simplemente en un modo de operar, en una estrategia de acumulación de poder, en un relato, en un discurso; se pierde su sentido histórico.

Piñera y su gobierno han cuestionado el sentido de su discurso liberal. García Márquez describe en una escena de “Cien años de soledad” que se había llegado a un momento en que la diferencia entre liberales y conservadores era que los primeros iban a la misa de siete y los segundos a la de ocho. Esta disolución de la distinción entre conservadores y liberales tiene en la historia de Colombia una manifestación explícita a la que probablemente refería García Márquez. Pero es también un síntoma muy profundo de lo que ha tendido a ocurrir en la historia del subcontinente e incluso del mundo con el liberalismo y el conservadurismo.

El riesgo de los liberales está en convertirse en el rostro publicitario de la máquina conservadora.

Decíamos en la anterior columna que en nombre del orden social, los liberales sirven a los conservadores, los socialistas a los liberales; y todos al capitalismo. En Chile vemos cómo Manuel José Ossandón trepa por el país para defender la obra de Piñera, luego de los insultos que le dedicó en campaña. Tal parece que Ossandón asumió con estilo su lugar en la historia. Pero una mirada un poco más inquisitiva revela que Sebastián Piñera, el de hoy, se parece más a Ossandón que a sí mismo. Y ante ello no está tan claro quién ganó. Ossandón no tiene la estatura para llevarse el premio mayor, como tampoco Kast. Pero el riesgo de los liberales está en convertirse en el rostro publicitario de la máquina conservadora.

FOTO: AGENCIA UNO

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