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Publicado el 02 de octubre, 2018

Alberto Mayol: La derrota del internacionalismo

Sociólogo, académico de la Universidad de Santiago Alberto Mayol
El juicio de Chile y Bolivia en La Haya, el fracaso político de la Unión Europea, la emergencia de los nacionalismos por toda Europa, el proteccionismo de Trump en Estados Unidos (¡en Estados Unidos!), en fin, son muchas las señales de un nacionalismo que acosa hasta la extinción de sus fuerzas al internacionalismo.
Alberto Mayol Sociólogo, académico de la Universidad de Santiago
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Hay un eje en la política del siglo XX que no es un clivaje que distingue sectores políticos, pero que tuvo y tiene centralidad en la comprensión de la realidad política de dicho siglo. Incluso lo podemos referir ampliando el siglo XX desde fines del siglo XIX hasta la actualidad. Se trata de la existencia de diversos, y a veces antagónicos, proyectos internacionalistas.

 

No son habituales los esfuerzos internacionalistas, hay que señalarlo. Y no son frecuentes sus éxitos, aunque los hay. La mirada universalista, orientada a cada ser humano independiente de las fronteras, fue una creación filosófica tardía y marginal si se la compara con otras creaciones conceptuales de la política (los cínicos fueron sus creadores bajo el concepto de “cosmopolita”, esto es, señalando que su ciudad era el mundo). El gran triunfo del universalismo será Cristo y su doctrina de una ética universal, sin pueblo elegido, aplicable a cada humano. Pero la política moderna, hija de las concepciones ilustradas, examinó con fuerza las derivaciones internacionalistas. Y podemos distinguir, grosso modo, la existencia de un internacionalismo de izquierda, en el comunismo ante todo, pero también como horizonte socialista; y el internacionalismo de derecha, aunque en rigor debemos decir comercial, orientado al desarrollo económico, que se desplegó en la era dorada del liberalismo a inicios del siglo XX y que tiene su versión más sólida ideológicamente en el liberalismo actual, con la doctrina de la globalización y su convicción de lograr una ciudadanía económica universal a partir de la ausencia de fronteras en el comercio.

 

El internacionalismo socialista tiene su mayor crisis en la Unión Soviética y ello acontece muy tempranamente. Ya Stalin tuvo claro que el mayor riesgo de la URSS radicaba en los nacionalismos. En vez de luchar contra ello, se adaptó. La creación del himno de la URSS, que en 1953 reemplazó a la Internacional, es un esfuerzo por adaptarse a las exigencias nacionalistas, intentando rescatar la larga tradición rusa y de sus diversos pueblos como una continuidad con el socialismo. La adopción de la música de tradición rusa como parte del repertorio cultural de la Unión Soviética fue otra jugada de homogeneización cultural para reemplazar los arcaísmos nacionalistas por un arcaísmo de propiedad socialista. El mero hecho (ya mencionado) de dejar atrás la Internacional es una señal, por lo demás, relevante. Las fuerzas tectónicas del nacionalismo condujeron a diversos expertos en la URSS, en el final de la década de 1970, a señalar la inminente crisis y potencial destrucción de la unión, basándose en el crecimiento del nacionalismo entre los diversos pueblos que configuraban la Unión Soviética. Muchos siguen pensando hoy que la caída estrepitosa de la URSS no derivó del triunfo del liberalismo, sino del carácter insostenible del proyecto frente a los nacionalismos locales. El estallido de esos nacionalismos, justo después de la caída, puede bien ser un síntoma de ese fenómeno.

 

De acuerdo al internacionalismo de derecha, las sociedades avanzarán crecientemente hacia dos verdades absolutas: el libre mercado y la democracia electoral.

 

El internacionalismo por derecha reemplazó prontamente el de izquierda. Su proyecto es el de la globalización y su doctrina de fondo es el liberalismo. Las diferencias culturales y locales deben dejar paso a procesos de integración, dice esta doctrina. Y las sociedades avanzarán crecientemente hacia dos verdades absolutas: el libre mercado y la democracia electoral. Las ‘olas’ de democratización y el imperio del proyecto libremercadista en diversos países -y, más importante, como criterio condicional para los créditos económicos a los países- han dirigido al mundo hacia la globalización, con su pretendida ‘aldea global’ (una aldea donde se cruzan millones de aldeas gracias a las comunicaciones). Vivimos en un mundo donde los trabajadores migran buscando empleos de empresas que migran buscando precios del trabajo más baratos y donde los capitales se mueven con demencial velocidad por todo el mundo, sin anclaje en un papel moneda real. El vértigo es su signo. Eso es la globalización, convertida en paraíso terrenal cuando puedo hablar con mi esposa a miles de kilómetro de distancia, viendo su rostro, sin coto alguno.

 

La gran derrota de la causa boliviana, completamente lógica en derecho, habla también de la solidez de los valores jurídicos que imperan en la visión dominante del derecho.

 

Pero el Internacionalismo que acompaña la globalización sigue habitando en el fracaso, más allá de las apariencias. El juicio de Chile y Bolivia en La Haya es una derrota del internacionalismo y de la misma globalización. Irracionalmente Chile compra gas a tres veces su precio continental por no negociar con Bolivia. Y Bolivia no le vende a Chile. La gran derrota de la causa boliviana, completamente lógica en derecho, habla también de la solidez de los valores jurídicos que imperan en la visión dominante del derecho. El fracaso político de la Unión Europea, la emergencia de los nacionalismos por toda Europa, el proteccionismo de Trump en Estados Unidos (¡en Estados Unidos!), en fin, son muchas las señales de un nacionalismo que acosa hasta la extinción de sus fuerzas al internacionalismo.

 

Nuevamente el liberalismo político intentará convencer del avance de sus ideas. La verdad es que el mundo conservador puede celebrar más en este siglo XXI que cualquier otra doctrina. Y dentro de ello, el nacionalismo vive con intensidad.

 

FOTO: SEBASTIAN BELTRAN GAETE/AGENCIAUNO

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