Columnas de opinión es presentado por:
Publicado el 05 de diciembre, 2018

Alberto Mayol: Kramer

Sociólogo, académico de la Universidad de Santiago Alberto Mayol
Hay un antes y un después de Camilo Catrillanca. Resulta que Piñera no es el mismo, que Chile no es igual. Y resulta que Kramer se lo dijo a todos los chilenos en el rito fundamental de nuestra sociedad: la Teletón.
Alberto Mayol Sociólogo, académico de la Universidad de Santiago
Recibe en tu correo Lo mejor de la prensa
Suscribirse

La tinta corre por la rutina de Kramer y, con ella, el descontento de la elite al ver politizada la última escena transicional, el último bastión del reposo, la Teletón. Porque si hay algo que caracteriza a nuestra transición es la despolitización. Es la convicción en que la crítica social puede ser inoportuna o que requiere un contexto para ser enunciada. Pero no es el punto donde vamos. Y es que hay uno que es absolutamente esencial. Explicaremos aquí que la rutina de Kramer tiene un significado profundo sobre la condición de la sacralidad del Presidente en ejercicio. Y es que todo humorista exitoso sabe muy bien hasta dónde puede llegar. Y cuándo llega muy lejos es por algo.

 

Un seguimiento no muy sofisticado de las rutinas de Kramer -quien construye una narración y un espectáculo, no simplemente una rutina- revela que muchas veces tuvo a Piñera en las cuerdas y que nunca dio el último golpe final. ¿Piedad? ¿Decencia? Ya lo veremos. Pero ese es el hecho. Por el contrario, en su última rutina, en plena Teletón, no solo dio el último golpe, sino que sencillamente no se detuvo. Le dijo ignorante, le dijo miserable, le dijo oportunista, todo esto como un artista puede hacerlo, esto es, sin decirlo. Kramer no lo dejó de pie.

 

Probablemente fue Yerko Puchento quien nos informó, hace ya casi tres años, que Michelle Bachelet no era la misma desde el caso Caval.

 

¿Por qué cambió Kramer? La virtud de los artistas es que son capaces de relacionarse con el alma de una época, saben cuando la línea se movió en una dirección y comprenden entonces, sin necesidad de una encuesta, sin necesidad de un sesudo análisis; que el mamífero de enfrente es susceptible del rito de poder más enorme que se conoce: el canibalismo. Saben, por tanto, cuando alguien es una presa fácil. Y muchas veces lo saben antes. Conocen lo sagrado, pero sobre todo conocen cuando algo dejó de serlo.

 

Probablemente fue Yerko Puchento quien nos informó, hace ya casi tres años, que Michelle Bachelet no era la misma desde el caso Caval. Su festín con Dávalos, pero también con Luksic, fue descomunal en la pantalla. Y aunque su aparición fue retrasada en el horario hasta la búsqueda de su irrelevancia, cada ocasión fue suficientemente incendiaria para revelar que algo se había roto. Los esfuerzos de vengarse de él son harina de otro costal, pero lo cierto es que fue él quien catalizó una certeza: la mágica Bachelet, colmada del amor incondicional de un pueblo, podía ser de pronto odiada.

 

Es importante aquí hacer distinciones. La diferencia de reírse de un millonario y de un político es que el millonario puede quedar un poco magullado, pero no pierde dinero. Pero el político pierde su capital fundamental cuando se ríen de él: el poder. Pero eso, cuando la risa no tiene límite alguno, cuando el ataque es alevoso y sin precauciones, entonces se revela la verdad más importante en política: que un gran poder ya no es tal. Si el humorista no tiene piedad es porque no teme. Sabe que algo se rompió en el fondo, que su humillado objeto de burla carece de capacidad alguna de acción más allá de las tareas propias del ‘picado’, que solo vuelven a ofender al ya ofendido. Maquiavelo decía que era mucho mejor ser temido que ser amado, porque el temor depende de uno y el amor depende de los demás. Y siendo la burla la principal agresión social, su despliegue sin cortapisas es una señal absoluta de alguien que ya no proyecta temor, esto es, que su poder ha mermado.

 

Hay un antes y un después de Camilo Catrillanca. Piñera lo sospecha y camina con miedo.

 

Pues bien, en plena Teletón supimos algo que no sabíamos.Los últimos acontecimientos en la Araucanía, el último fraude de Carabineros, con el gobierno confuso, con el super ministro -ese hombre literalmente primus inter pares- cayendo por las escaleras, han movido alguna estructura esencial y hoy las bases mismas del poder político se tambalean. Tal y como en toda posmodernidad, vivimos con un gobierno sin gobierno. Sebastián Piñera ha sido notificado del síndrome más lamentable y su histeria creciente en estos días es comprensible. De aquí en más las Piñericosas no servirán para distraer la atención, de aquí en adelante reírse de sí mismo con un cuidadoso diseño no salvará de una crisis. Sí, algo se rompió, esa magia, esa impunidad basal de la majestad del cargo. No fue Kramer quien hizo algo, fue simplemente el síntoma, la acreditación social de un Presidente debilitado, de una nueva institución con la que se puede trapear el suelo. No es raro que haya acontecido, una crisis institucional elimina a su alrededor todo lo sagrado. Y todos aquellos que han sabido navegar esas aguas debieran saber que es probable que, más temprano o más tarde, enfrentarán el día en que el agua que había llegado a la sala de máquinas de otros, llegará a la propia.

 

Hay un antes y un después de Camilo Catrillanca. Piñera lo sospecha y camina con miedo. Su primo rueda por las escaleras en un símbolo innecesariamente cinematográfico de la caída. Todos en el gobierno ruegan porque su dios, el dinero, salve al líder y no lo abandone justo en el momento en que más lo necesita. Pero resulta que hay un antes y un después de Camilo Catrillanca, resulta que Piñera no es el mismo, que Chile no es igual. Y resulta que Kramer se lo dijo a todos los chilenos en el rito fundamental de nuestra sociedad: la Teletón. Notifíquese.

 

FOTO:Cristobal Escobar/AgenciaUno

Las columnas de Opinión son presentadas por:
Ver más

También te puede interesar: