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Publicado el 01 de enero, 2019

Alberto Mayol: Grados Richter

Sociólogo, académico de la Universidad de Santiago Alberto Mayol

Los ejemplos de la Iglesia católica y Carabineros sirven en la medida que se entiende que todas las otras instituciones relevantes habían caído en credibilidad desde 2011 a la fecha. Los movimientos sociales fueron el canal por el cual se desenvolvió la energía acumulada de un proceso de modelación de la sociedad que tenía sus niveles de malestar suficientemente elevados como para producir contradicciones.

Alberto Mayol Sociólogo, académico de la Universidad de Santiago
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No tenemos claridad de los grados Richter para medir la magnitud del terremoto institucional que vive Chile hoy. Para decirlo en simple, los pilares de credibilidad del orden sociopolítico chileno residían fuera de la experiencia política y estaban centrados en dos instituciones cuyo carácter periférico no impedía que ejercieran tareas esenciales en el sostén de la confianza institucional general. Se trataba de la Iglesia católica y Carabineros de Chile.

En el primer caso, la Iglesia católica operaba en los niveles del 45% de confianza hace diez años. Tuvo su desplome blando en 2011, cayendo casi 20 puntos según la encuesta de la Universidad Diego Portales. Probablemente sus miembros, bueno, los miembros que importan, sabían que eso significa algo así como un terremoto de 8,5° Richter. Pero no estaban disponibles a que la falla geológica se llevara sus cuerpos. Pero un movimiento de ese tamaño suele terminar en donde es lógico, y eso ocurrió en 2018, con el desfonde de la Iglesia por el mismo caso que no afrontó en 2011. La jugada que debía terminar la crisis, la venida del papa Francisco, fue simplemente la acción que detonó la bomba y, como con toda explosión, hoy su universo está en expansión, que es lo mismo que decir que tiende al desorden.

La Operación Huracán, donde un informático producía pruebas falsas a Carabineros, fue la primera parte de una crisis que llegó a su clímax con sangre: la muerte de Camilo Catrillanca.

Respecto a Carabineros, la crisis del llamado “Pacogate” (haber convertido la palabra “puerta” en inglés como el sufijo para revelar una crisis es una idea curiosa, pero no podemos más que apoyarnos en ella dado el éxito contundente en sintonía de la fórmula), que parecía ser la mayor crisis posible para las fuerzas de orden, se terminó transformando en el simple prólogo del verdadero terremoto. Como la seguidilla de cuatro terremotos sobre los 7° Richter que fueron previos al cataclismo de Valdivia, las autoridades de Carabineros pensaban que estaban viviendo desde ya lo peor. Si bien el Caso Bombas les había hecho caer en las encuestas hace un lustro, se habían recuperado rápidamente. Pero ahora casi $30 mil millones de pesos se convertían en el fraude institucional más elevado de la historia de Chile. La Encuesta CEP acusó una caída para Carabineros de 54% de confianza a 37%. Pero en realidad era solo el inicio. Los rumores de pruebas falsas y montajes estaban instalándose hacía tiempo sobre el actuar de sus funcionarios, pero eran más bien una versión que sustentaban grupos políticamente marginales. La Operación Huracán, sin embargo, donde un informático producía pruebas falsas a Carabineros, fue la primera parte de una crisis que llegó a su clímax con sangre: la muerte de Camilo Catrillanca y el cambio sostenido de las versiones sobre su muerte por parte de Carabineros fueron el final de esta historia. El recientemente nombrado General Director, Hermes Soto, tuvo que salir de su cargo a escasos 8 meses de haber iniciado una tarea titánica. La crisis no ha sido medida en la escala de Richter, pues aún no hay encuestas, pero si uno toma la escala de percepción de daño del señor Mercalli, bien puede juzgar que es algo que va entre XI y XII, esto es, entre “muy desastroso” y “catastrófico”.

La caída de las instituciones no es sino la contracara de la pérdida de validez de un orden. Y esta caída tiene su principal rostro en la mercantilización.

Estos dos ejemplos sirven en la medida que se entiende que todas las otras instituciones relevantes habían caído desde 2011 a la fecha. Los movimientos sociales fueron el canal por el cual se desenvolvió la energía acumulada de un proceso de modelación de la sociedad que tenía sus niveles de malestar suficientemente elevados como para producir contradicciones. Como señalé en “El derrumbe del modelo”, de lo que se ha tratado este proceso es de una “caída definitiva de los principios rectores, de los modos de hacer, del espíritu de época, de los modos de articulación tanto en lo político como en lo económico”. Respecto a la dimensión institucional, en dicha obra se sostiene que las instituciones han sido una manera de reemplazar a la polis desde el siglo XIX, es decir, han sido la manera de vestir la oligarquización con un halo de legitimidad. Esto implica que la caída de las instituciones no es sino la contracara de la pérdida de validez de un orden. Y esta caída tiene su principal rostro en la mercantilización. He aquí un concepto central cuya comprensión en el medio es mínima.

La cuestión de la mercantilización es de alta complejidad. Para decirlo de cierto modo, las religiones quisieron traer la eternidad al mundo y no pudieron, la literatura quiso mostrar desde el abismo (Milton), el vacío (Sartre) hasta el infinito (Borges), pero no se pudo. El mercantilismo, modesto y sencillo, solo quería que hubiesen mercados y formas de competencia. Y desde ellas nació la necesidad de alguna unidad de medida que fuera la unidad de intercambio. Y desde allí se conquistó la eternidad y el infinito. La eternidad, porque la monetarización, versión concreta de la mercantilización, avanza simplemente en correlación del paso del reloj. Y la infinitud, porque no hay espacio donde no se pueda configurar la estructura de un mercado. La construcción de una medida que sirve de medio generalizado para intercambiar objetos reales o simbólicos en el mundo es un proceso de monetarización que se da en una forma de mercantilización específica.

Hagamos el camino largo partiendo desde el más grande. Se reía Aristóteles en “La Política” de aquellos que creían que acrecentar el dinero era el fin de la economía. Pero el que ríe último ríe mejor, aunque la risa abunde en la boca de los tontos. Desde Adam Smith se entiende unívocamente, y salvo excepciones contadas, que de eso precisamente se trata. Aristóteles decía que la ciencia de la crematística distinguía entre la acción moralmente superior de usar el dinero para complementar la hacienda doméstica (si yo produzco tres o cuatro especies de hortalizas para mi consumo, necesito eventualmente de otros productos, a los que puedo acceder mediante el dinero). Pero también existía la forma moralmente inferior, orientada en exclusiva a ganar dinero, con el mero afán de lucro. Esta actividad es ‘ilimitada’, infinita. Aristóteles consideraba que producir dinero y no bienes era deshumanizante. Simmel tiene una visión que guarda proximidades: el dinero tenía grabado en su frente, al nacer, su carácter de poder total. Llegaría el tiempo en que todo fuera valor de cambio en desmedro del valor de uso, traicionando el primero a su padre ontológico (el segundo). Las fuerzas culturales, dice Simmel, y sus manifestaciones en formas de desarrollo del espíritu humano y su capacidad creativa, se limitan al aparecer momentos esquemáticos donde solo domina la medida.

La vida actual en Chile está monetarizada al máximo, mercantilizada y burocratizada, que en esta lectura son lo mismo. El Presidente no toma decisiones vitales, sino que administra su rendimiento en un ente llamado encuesta. El éxito se mide por la capacidad de responder adecuadamente a una medida y ocupar así un espacio preferente. Todo lo que carece de parámetro, como el silencio, el secreto, la belleza, debe quedar subordinado al imperio de la medida.

Lo que hoy vivimos es la pérdida de las referencias.

Pero hay momentos en que la realidad se niega a la medida. Se llama crisis. Habermas usa el concepto de la medicina clásica: el momento de la enfermedad en que se define si las fuerzas son suficientes para superar la muerte o si ésta se impondrá. Añade que asumimos que en la crisis habita un poder objetivo capaz de arrebatarnos la soberanía que es habitual sobre una dimensión de la vida. La crisis no tiene medida. Cuando mucho se pueden calcular sus daños. En “Autopsia, de qué se murió la elite” trabajé la idea siguiente: la decadencia de una época (¿la transición?) y de un modelo (¿el libremercadismo?) se expresa en la crisis de las elites, esto es, del pacto que articuló dicha época y que, con gusto o sin él, administró ese modelo. Y las elites cubren su actuar, se visten, de instituciones. La crisis de las elites supone la caída de las instituciones hasta que queda en evidencia que el interés general no estaba situado en ellas.

La confusión reina en este año que se va. Y eso significa que está pasando algo importante.

En la historia de la medida el valor más complicado e incomprensible ha sido el cero. De larga data su concepto (el vacío), el cero no logró ser utilizable hasta muy tarde (ocho siglos o menos). La palabra proviene de la traducción del árabe “sifr” que es al mismo tiempo el origen de nuestro término “cifra” y del “cero”. Lo que cuesta entender, pero los lingüistas sí comprendieron, es que el cero no es solo un número posicionado entre el -1 y el 1. El cero es un universo aparte, infinito entre los infinitos. Entre 1 y 2 hay infinitos números, pero su distancia es clara y comprensible. Entre la nada y algo no hay medida posible. La crisis es la amenaza del cero. Y lo que hoy vivimos es la pérdida de las referencias. Los patriarcales avanzan vía Bolsonaro, Trumpo y compañía, mientras los antipatriarcales avanzan vía feminismo; ambos con igual fuerza. Los extremos crecen, el mundo gira en distintas direcciones. Es la amenaza del cero. No es un cataclismo de Richter 9, no es un terremoto de Richter 8. No se necesita ningún movimiento más que la aproximación al cero y la confusión de su entidad. Dante decía que el mayor mal de las ciudades es la confusión. Y aquí estamos, sin siquiera sorprendernos del absurdo momento en que jugamos Bachelet-Piñera-Bachelet-Piñera, los dos primeros (gobiernos) en versiones transicionales y los dos siguientes (gobiernos) en versiones “cero”.

Dijo Nicolas de Cusa que el cero es absoluto y múltiple. Quizás no lo dijo y fue Borges citándolo en falso. O quizás no fue uno ni fue otro. Y es que la confusión reina en este año que se va. Y eso significa que está pasando algo importante.

 

FOTO :PABLO OVALLE ISASMENDI / AGENCIAUNO

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