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Publicado el 24 de septiembre, 2018

Alberto Mayol: Elegir

Sociólogo, académico de la Universidad de Santiago Alberto Mayol

Nos dicen todo el tiempo que hay que saber ‘elegir’. La verdad, no. En la sociedad liberal la clave del éxito está en saber ser elegido.

Alberto Mayol Sociólogo, académico de la Universidad de Santiago
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El mantra liberal está en la palabra ‘elección’. Se entiende que toda libertad se asocia a la posibilidad de elegir entre alternativas y que el conjunto de opciones existentes siempre representa el más amplio abanico que otorga la lógica mínima y excluye aquellas alternativas que se tornan marginales por su irracionalidad o imprudencia.

 

Si el socialismo habermasiano confía ciegamente en la reivindicación de la Ilustración a partir de una sociedad deliberante que a partir del ejercicio de su racionalidad llega a conclusiones colectivas de alta profundidad y absoluto consenso -olvidándose del poder, de las decisiones, de las presiones de la intensidad de la política-, el liberalismo comete un semejante pecado de ingenuidad al creer que los actores conocen todas las alternativas, pueden de modo equivalente unos y otros evaluar esas alternativas y decidirán en última instancia con competencia entre lo que es más razonable o conveniente para sí. Es como si el liberalismo no hubiese leído ninguna tragedia griega, donde las decisiones de los mismos actores son la base de su tragedia porque no podían saber la verdad toda. Es como si no hubiesen leído a Merton (liberal que no se leyó a sí mismo), que explicaba con claridad cómo a partir de actos racionales y además completamente planificados, podían advenir consecuencias no anticipadas.

 

Para ser ‘elegido’ hay que montar mecanismos de alta probabilidad de ser elegido. La base del poder de la sociedad liberal es ser imperativo en la presencia, es decir, que no puedan evitarte; pero parecer libre como alternativa.

 

La sociedad es cognitivamente entendida por el liberalismo como un mercado. Mejor dicho, como un supermercado. Se llega a ella y hay una secuencia de ofertas: productos, empresas, políticos, estilos de vida, opciones sexuales. Frente a esa oferta, tomamos decisiones. Esa ingenua falsedad torna toda la imagen de la sociedad sencilla. Es la nueva sencillez de comprender el mundo sin hacerlo, como lo hizo la Edad Media, el nazismo, la Unión Soviética. Todo poder construye una interpretación del mundo cuando puede hacerlo. Y en ese camino el agua tiende a ir a su molino. Se llaman intereses. Bourdieu señala que nuestros intereses están incorporados, esto es, hecho carne de nuestra carne. Pero ante la complejidad de entender el interés personal, el de los grupos de referencia, el de las clases, el de las naciones, simplificamos todo y nos quedamos con un ‘elegir’.

 

En realidad, el ‘elegir’ es un juego que hay que saber jugar. No para elegir. Nos dicen todo el tiempo que hay que saber ‘elegir’. La verdad, no. En la sociedad liberal la clave del éxito está en saber ser elegido. Y su mecanismo central de operación es entonces la ideología, la función del deseo y la comprensión sesgada de las relaciones. Para ser ‘elegido’ hay que montar mecanismos de alta probabilidad de ser elegido. La base del poder de la sociedad liberal es ser imperativo en la presencia, es decir, que no puedan evitarte; pero parecer libre como alternativa.

 

La evidencia de esta realidad es palpable en el mercado y en la política con una claridad que raya en lo ridículo. Y ahora mismo tengo que ir a elegir la pintura de una habitación. Y es que de eso se trata, de elegir.

 

FOTO :PABLO OVALLE ISASMENDI/ AGENCIAUNO

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