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Publicado el 20 de marzo, 2019

Alberto Mayol: El retorno del lucro

Sociólogo, académico de la Universidad de Santiago Alberto Mayol

La crisis de los medidores de electricidad ha tomado proporciones sorprendentes. Un reemplazo tecnológico se ha transformado en un fenómeno de agudo dolor para la población, mientras las elites caminan a hurtadillas antes del asalto de una población indignada por sus posibles implicaciones económicas y metafísicas.

Alberto Mayol Sociólogo, académico de la Universidad de Santiago
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Dos fenómenos culturales en la última década han constituido clivajes tanto en la dimensión simbólica como en la política de la sociedad chilena. Ambos fueron fenómenos mundiales, aunque uno de ellos se ha plasmado de modo extraordinariamente semejante en Chile y en el resto del mundo. Se trata del cuestionamiento a ciertas estructuras específicas del patriarcado, comandado por los movimientos feministas y de la diversidad sexual. Por otro lado, desde 2011 en adelante, en Chile se plasmó de modo sui generis un proceso mundial de cuestionamiento de los diferenciales de poder y dinero que se dan en las sociedades contemporáneas y que explotó en forma de protesta por el malestar social que dichas desigualdades plantean.

El triunfo electoral de la derecha es interpretada por ella como un triunfo en los valores, cuestión que no era cierta.

Aun cuando en muchos países el gatillante fue la crisis económica de 2008 en adelante, en Chile el caso es más extraño. La elección de Sebastián Piñera es el factor detonante. Un modelo económico que se había instaurado en forma fáctica triunfa en la última dimensión operacional que tenía, las elecciones presidenciales. El triunfo electoral de la derecha es interpretada por ella como un triunfo en los valores, cuestión que no era cierta. Al intentar transformar su proyecto empíricamente cierto en normativamente válido, el gobierno detonó lo que en la sociología de los valores se conoce como la guerra de los dioses. Y perdieron. El nombre que adoptó la crítica a los valores de la derecha fue ‘lucro’. La detección de este fenómeno fue realizada a partir de una investigación de gran tamaño (CIES, proyecto Milenio) sobre desigualdad en Chile, cuya etapa cualitativa tuve ocasión de dirigir. La presión normativa y cultural que se desencadenó fue la observación que siguió a ese proceso y, con posterioridad, hemos continuado trabajando en un seguimiento del proceso cultural como equipo de CISEC en la Universidad de Santiago.

La sensación de fondo es que el modelo es un esquema que estructuralmente genera usurpación en la masa ciudadana y acumulación en la elite económica.

El ´lucro’ tiene dos dimensiones a considerar. La primera es la incorporación del sistema de valores de la economía de mercado en una sociedad cuyos valores son hacendales y cuyas estructuras de poder replican republicanamente esas formas históricas semifeudales del pasado chileno y colonial. Esto lo hemos analizado en “El Chile Profundo” (Azócar, Mayol, Azócar). La segunda dimensión es la que explica que hoy los aspectos sociales son la clave de la incertidumbre de la inversión económica. El cóctel de 2011 en adelante configuró un escenario sorprendente en el que la palabra ‘lucro’ vivió una transvaloración y pasó a significar abuso de la posición dominante en la economía, ya sea por uso de mecanismos fraudulentos de corte legal (La Polar, CAE), ya sea por la escala del proyecto (Hidroaysén, Freirina, Barrancones, Pascua Lama), y más estructuralmente porque el modelo de sociedad produce beneficios diferenciales, de gran tamaño, sin fundamento meritocrático. La sensación de fondo es que el modelo es un esquema que estructuralmente genera usurpación en la masa ciudadana y acumulación en la elite económica, para lo cual tienen capturada (se percibe) a la elite política, en calidad de servidores privados disfrazados de servidores públicos (Penta, SQM, Corpesca y las diversas empresas no denunciadas por el Servicio de Impuestos Internos).

La desconfianza estructural del ‘lucro’ cuestionó los cimientos de legitimidad del orden neoliberal. El fracaso de un proyecto alternativo, liderado gatopardistamente por Michelle Bachelet, eliminó la ventaja política antineoliberal y transformó la emergencia de una disidencia adornada de esperanza en una sensación de incompetencia y desgobierno, consolidando la idea del modelo neoliberal como única alternativa y como natural a la especie, o al menos a la chilenidad. Esto dio pábulo a Sebastián Piñera por segunda vez. Y aquí es donde empiezan apuntes que no hemos hecho anteriormente, pues todo esto se trabajó en “No al Lucro”, “El derrumbe del modelo” (ambos de 2012) y “La Nueva Mayoría o el fantasma de la Concertación” (2014).

Apuntaremos como prólogo del nuevo escenario un asunto que es indispensable, al menos hasta cierto punto. La secuencia iterativa de Bachelet-Piñera-Bachelet-Piñera y la confesa sensación de muchos líderes de un posible tercer mandato para ambos, cuando corresponda, es una clásica señal de ciclos de malestar social no resueltos, donde el imperio de la crisis y de la anomia conducen consistentemente a una respuesta simplista de ‘retorno al habitus’ (Dobry). Se trata de la clásica salida de la crisis sin salida de la crisis. En medio de la incertidumbre, la población urge por retornar a lo conocido. Fin del apunte. Y ahora el punto relevante.

El Presidente Piñera dijo en 2011 la verdad cuando señaló que la educación era un bien de consumo, porque en Chile lo era. Pero nadie lo había conceptualizado y resultó indignante saberlo, aunque fuese evidente. Ahora dice la verdad: todo gasto de una compañía lo paga el cliente.

La crisis de los medidores de electricidad ha tomado proporciones sorprendentes. Un reemplazo tecnológico, con más o menos letra chica, se ha transformado en un fenómeno de agudo dolor para la población, mientras las elites caminan a hurtadillas antes del asalto de una población indignada por el cambio de medidor y sus posibles implicaciones económicas (mayor cobro) y metafísicas (la propiedad del medidor, su arriendo, la propiedad de la pared, etcétera). ¿Por qué tanto escándalo? Porque no se puede decir la verdad. El Presidente Piñera la dijo y condujo al desastre la gestión de la crisis. Y no se puede decir la verdad porque el retorno de Sebastián Piñera, en sí mismo, presiona hacia el retorno de la crisis del ‘lucro’. Es parte de la inercia cultural del proceso histórico.

El Presidente Piñera dijo en 2011 la verdad cuando señaló que la educación era un bien de consumo, porque en Chile lo era. Pero nadie lo había conceptualizado y resultó indignante saber la verdad, aunque fuese evidente. Ahora dice la verdad: todo gasto de una compañía lo paga el cliente. Pero no es tolerable. El modelo neoliberal ha operado desde la facticidad y su crecimiento normativo y valorativo, que ha existido, se ha hecho de manera subrepticia. El Presidente Piñera no lo entiende y lo plantea con brutalidad. Desconoce lo que la sociología weberiana llama la ‘función sacerdotal’ (la adaptación del discurso canónico a la realidad) y simplemente asume que el triunfo del discurso canónico debe ser reverenciado por el mero hecho de haber ganado. Es de esta manera que el Presidente da nuevamente la bienvenida al ‘lucro’, no al que dice la RAE, sino al que sintomatiza la acumulación de malestar del neoliberalismo chileno.  

FOTO: HANS SCOTT/AGENCIAUNO

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