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Publicado el 08 de mayo, 2019

Alberto Mayol: El asedio irracional a la Universidad: una novelita lumpen

Sociólogo, académico de la Universidad de Santiago Alberto Mayol

La universidad está bajo asedio y el clima de posmodernismo, relativismo y el uso de la universidad como cabeza de playa en el espacio público son factores que redundan en un daño enorme a una institución esencial. Quienes creen que la lumpenización les conviene, deben saber que el resultado de estas dinámicas no es predecible. Solo imperará el caos al final del camino.

Alberto Mayol Sociólogo, académico de la Universidad de Santiago
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La confusión sobre la vida universitaria es hoy total. Y la confusión, decía Dante, es el principal mal de las ciudades. Hoy las universidades se obsesionan por sistemas de acreditación e indicadores, incumpliendo uno de sus roles principales: ser el punto más alto de racionalidad del espacio público. Las universidades no son solo educación terciaria, son parte de la amplificación de las discusiones públicas. La universidad es un espacio fundamental para evitar las tendencias actuales a debates públicos tribales como soluciones a los problemas de las sociedades complejas. Pero para eso las universidades necesitan una musculatura no solo pedagógica (la que para colmo no se ha desarrollado), sino de articulación racional con la vida social (lo que sencillamente ha decaído). La universidad ha de ser el punto más alto del procesamiento racional de los desafíos de la sociedad en el marco de un espacio público que respeta la racionalidad, pero entendiendo que todas las verdades se tocan, como decía Andrés Bello. Es cierto que en la posmodernidad todas las verdades se tocan, pero desgraciadamente las mentiras procrean. Y los académicos no hemos sido capaces de defender el espacio universitario de esas tendencias. Ello conduce a la lumpenización del espacio público, entendiendo ese proceso como todo ataque a un contenido sin base en la discusión racional, convirtiéndose los académicos en operadores y defendiendo muchos actores sus intereses sin más análisis del interés general. Y es eso a lo que llamaremos lumpen.

Las siguientes escenas son ilustraciones de esta lumpenización.

Primera escena

Pensaba comenzar esta columna citando a Axel Kaiser en una columna del Diario Financiero. Copié el contenido y lo que apareció fue esto:

“La función de copiar y pegar los contenidos del Diario Financiero es exclusiva de los usuarios DF Full. Si está suscrito ingrese con su clave y podrá hacerlo. Si no cuenta con suscripción puede suscribirse llamando al 23391048 o escribiendo a suscripciones@df.cl De otra manera queda expresamente prohibida la publicación, retransmisión, distribución, venta, edición y cualquier otro uso de los contenidos (Incluyendo, pero no limitado a, contenido, texto, fotografías, audios, videos y logotipos). Muchas gracias.”

En resumen, hay que pagar para poder citar. Maravilloso momento del espíritu humano y del afán por conocer. Nada que decir. El Diario Financiero debe creer que su agregación de valor da para patentar cada texto hecho por sus funcionarios. Penoso. Pero vamos a lo nuestro.

Comencemos esta aventura sobre el asedio de la sinrazón a la universidad. Dice Kaiser -en el párrafo que no pude copiar- que la izquierda ha logrado una avasalladora hegemonía en las universidades. Y agrega que, siguiendo a Antonio Gramsci, la ideología debe ser combatida en la esfera de la cultura, por lo que la zona de disputa universitaria ha de ser central en la universidad. Hasta aquí la argumentación tiene cierto interés y puede tener visos de realidad, cuando el argumento se parte en dos. La primera línea dice que la derecha no ha invertido en cultura y que se encuentra anoréxica e incapaz de operar en ese espacio, cediendo la zona universitaria de influencia y quedando avergonzada en la argumentación. No explica que la fuerza de la izquierda en las universidades es, en gran medida, porque fue lugar de refugio ante asedio político o exclusiones del mercado profesional. No abundaremos en ello. La segunda línea de argumentación de Kaiser plantea un complot, donde la izquierda se revela ‘inversora’ desde fondos públicos en la cultura, generando un nicho ecológico de producción al respecto con fines hegemónicos. Dice Kaiser:

“La simbiosis es perfecta: los políticos de izquierda garantizan a través del Estado trabajos e ingresos a intelectuales de izquierda y, por contrapartida, estos se convierten en verdaderos activistas políticos, difundiendo por todos los medios –colegios, universidades, arte, teleseries, prensa, etc.– las ideas igualitaristas que los primeros venden como eslóganes políticos para llegar al poder. A ello se agrega una cuota relevante de envidia del mundo intelectual de izquierda, que considera inconcebible que un “primitivo” comerciante de frutas gane varias veces más que un “iluminado” cientista social. Esa envidia incrementa los anhelos de igualdad a todo nivel y, en consecuencia, las ansias de captura del Estado.” (La fatal ignorancia)

El círculo vicioso sería que la izquierda captura el poder político para ocupar fondos públicos que destinar al ámbito educacional donde hace crecer su hegemonía. Me encantaría pensar que los políticos de izquierda corren a las elecciones con el solo fin de incidir en la cultura. Me temo que Kaiser es optimista. Pero lo que no es, es inocente. Porque bien que ha convencido a varios privados que financien la operación de combate de las ideas de izquierda.

Segunda escena

El 18 de abril un grupo de estudiantes de la Universidad de Chile intervino el frontis de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo, señalando que la alta carga académica estaba destruyendo su calidad de vida y su salud mental. Frente a este argumento, para ponderarlo con seriedad, es imprescindible comprender si se pretende enunciar de esta denuncia una situación particular conducente a soluciones en esa facultad o si, por el contrario, se pretende enunciar una ley general. Hay que señalar que, dado que el jefe de carrera de Arquitectura reconoció el problema, no es plausible que aparezcan quienes lo nieguen con virulencia. Y ello implica que el caso específico merece atención. Pero la línea argumental que asocia la exigencia a los problemas de salud mental de los estudiantes parece ser menos profunda en análisis. Chile tiene problemas graves de salud mental en todas las edades. En menores de 6 años los datos señalan que Chile sería el peor caso del mundo en salud mental y durante muchos años las tasas de suicidio aumentaron a gran velocidad. No es evidente, al menos, que sea la carga académica el problema. Como la sociología sabe desde Durkheim, la anomia es un proceso complejo y no individual crucial en este tipo de situaciones. Por tanto, la argumentación de algunos estudiantes que señalan casos de suicidio atribuyendo causalidad a la acción de las universidades, se trata de un argumento cuando menos temerario.

Lo que parece preocupante, de hecho, lo que cabe en la categoría de lumpenización, es cuando por las columnas y testimonios de quienes ocupan cargos en federaciones de estudiantes parece señalarse que se pretende hacer extensivo el diagnóstico sobre lo ocurrido en Arquitectura de la Universidad de Chile a todo el sistema educacional. Se desliza así que la variable independiente sería la exigencia académica y la variable dependiente el deterioro de la salud mental. Sencillamente esto es aberrante. No parece ser pensable la especificidad universitaria de la carga académica como elemento explicativo. Una simple observación etnográfica en cualquier farmacia de los sectores medios y bajos de Chile mostrará el enorme consumo de medicamentos que ‘parecieran’ facilitar los procesos de adaptación social o cognitiva de los jóvenes. Las madres y abuelas sufren buscando la medicina milagrosa, el complejo vitamínico que transforme al muchacho en una persona relajada y con mayores capacidades respecto a su entorno. Eso se busca muchísimo, además de los complejos alimenticios que queman grasa sin ejercitarse y otros milagros. El problema existe. Y no tiene que ver con variables sencillas como la exigencia en los estudios.

¿Debe la universidad bajar en general su carga académica como una política para beneficiar la salud mental? ¿Debe adaptarse la carga a la capacidad media de los estudiantes y debe esta definirse a partir de una negociación donde participen los estudiantes? ¿Debe ocurrir, como señalan algunas autoridades estudiantiles, que las mallas de las carreras las definan los estudiantes, profesores y funcionarios en conjunto? A estas preguntas, planteadas así, la respuesta me parece evidente: No. ¿Significa eso que existen coyunturas donde examinar la situación? Por supuesto.

Tercera escena

En el último año me ha tocado presenciar o vivir ciertas situaciones insólitas en la vida académica. La más grave fue recibir una amenaza de despido porque discutí a partir de mis columnas sobre el escenario de las elecciones de rector del año pasado en la Universidad de Santiago. Si bien hubo académicos con los que establecimos un debate interesante, público y privado, me tocó recibir amenazas de un candidato que se sentía afectado por mis columnas (en las que nunca hablé de él). A sabiendas, de su parte, que yo respondería una columna de su comando el último día de la elección, decidió amenazarme personalmente con el despido, a través de una llamada telefónica. Y mientras eso ocurría, alguien de su comando me llamaba para decirme que no publicara la columna y que, luego de terminada la elección (asumiendo que ellos ganaban), todo podía ser arreglado para bien de todos.

Cuarta escena

Decían en 2014, en una columna del Centro de Estudios Públicos, Sylvia Eyzaguirre y Loreto Cox lo siguiente:

“La excesiva duración de las carreras conlleva muchos efectos negativos, como elevar los costos de la formación y retardar la inserción laboral. Este problema genera desigualdad, pues afecta de forma más aguda a los jóvenes de menores ingresos. Además, las carreras largas fomentan la deserción, pues los jóvenes se desmotivan con tantos años de estudio por delante (especialmente cuando los estudios tienen poco contenido práctico).

“Es por esto que muchos países han optado por acortar sus carreras, siendo Europa el caso ejemplar. Surge, entonces, la pregunta: ¿a qué responde la excesiva duración de nuestras carreras en comparación a otros países, incluidos aquellos de ingreso similar? ¿Implica esta mayor duración más calidad?, ¿es deseable para la sociedad ofrecer la actual combinación de calidad y largo de carreras?”

Había sido planteado con anterioridad por Harald Beyer siendo Ministro de Educación en 2012, quien venía del mismo centro de estudios. En abril de ese año La Segunda hablaba del aumento de la presión por ese tema. Luego saldría de agenda. Pero reflotó en 2014. Y ha vuelto a señalarse hace poco tiempo, a propósito del gasto en educación y de la discusión sobre qué hacer con los estudiantes que se retrasan.

Lo llamativo de la propuesta es que no se fundamenta en ningún informe serio, ninguna recomendación fundada de un organismo internacional, ninguna investigación encargada por el Ministerio de Educación. Y más aún. Si tomásemos la calidad del sistema educativo chileno desde la prebásica hasta los posgrados, veríamos que el punto más alto del funcionamiento se da en los estudios de pregrado. Esto requiere un análisis profundo, por cierto, pero es bien evidente que nuestros proyectos de académicos son muy buenos en los primeros años de egreso y se van debilitando por las dinámicas negativas a la hora del desarrollo de los posgrados, que en Chile son débiles y afectan tanto a quienes los estudian como a quienes trabajan en ellos, usualmente sin ninguna articulación con la creación de conocimiento.

Es decir, hay quienes desean acortar las carreras por ahorro fiscal. Fin del argumento. Y para ello he escuchado y leído decir que carreras como Derecho tienen cursos inútiles como Derecho Romano. Es insólito. Los profesionales no son un software. Deben construir un modo de reflexión. Es por ello que hablamos de estudiar ‘disciplinas’. Pero al parecer la única disciplina que vale es la eficiencia de los costos y eso de aprender una competencia general, como es pensar, parece ser una pérdida de tiempo.

Conclusiones

Una observación mínima del sistema universitario muestra estas tendencias a la lumpenización, al fin de la reflexión fundada en la esfera académica. La universidad está bajo asedio y el clima de posmodernismo, relativismo y el uso de la universidad como cabeza de playa en el espacio público son factores que redundan en un daño enorme a una institución esencial. Quienes creen que la lumpenización les conviene, deben saber que el resultado de estas dinámicas no es predecible. Solo imperará el caos al final del camino. Esta es la novelita lumpen que se desarrolla en la academia. Y cualquier académico puede sumar a estas escenas decenas más.

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