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Publicado el 24 de diciembre, 2018

Alberto Mayol: Cristo, ¿el primer líder de izquierda?

Sociólogo, académico de la Universidad de Santiago Alberto Mayol
La llegada de Cristo es la vibrante apuesta de un ho mbre (y un grupo) capaz de tematizar la exclusión. Por eso Cristo y su causa serán capaces de derrotar al mismo tiempo a los judíos y los romanos: porque el tamaño del problema excedía la estatura de las respuestas de la que parecía la disputa de fondo (Roma y judíos). La verdad estaba en otro sitio.
Alberto Mayol Sociólogo, académico de la Universidad de Santiago
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Es abrumador pensar que Cristo no nació el 25 de diciembre. Hay versiones que sitúan el nacimiento en marzo y otras que aseguran con claridad que nació en septiembre; incluso hay quienes sostienen que fue el 29 de dicho mes. Más abrumador es pensar que Cristo nació antes de Cristo: el viejo problema de las inscripciones. Lo cierto es que se habla de que nació 4 años antes de Cristo o también 2 años antes de Cristo. Esto es verdaderamente una paradoja de alto impacto: Cristo nació antes de Cristo.

El año 354 después de Cristo por primera vez se mencionó, en uno de los ensayos de calendario que poco tiempo duraron, que Cristo había nacido el 25 de diciembre. Pero esto se convirtió en oficial casi 90 años después, en el 440 después de Cristo. La idea era generar un sincretismo en el cristianismo, recientemente convertido en religión oficial del Imperio Romano, y la tradición de la fiesta de Saturnalia -en honor a Saturno-, que se conmemoraba cerca del solsticio de invierno, fiesta de la era babilónica. La fiesta conmemoraba las cosechas y se celebraba, adivine con qué: con un banquete y regalos. Además se consideraba una fiesta donde se suprimían las clases sociales. Los días festivos fueron un problema entonces porque las autoridades nunca pudieron bajar la cantidad de días de fiesta a menos de cinco. El día 25 era la fiesta del Sol Invencible, pues se consideraba que comenzaba un nuevo período solar y se conmemoraba entonces el nacimiento del Sol. La fiesta era bastante pagana y tenía tanta relevancia que hay quienes piensan que el fuerte carácter festivo del día de año nuevo deriva de estas mismas fiestas.

Lo del árbol de Navidad tiene sus bemoles también: los babilonios (de donde, decíamos, viene la fiesta de Saturnalia) cortaban un árbol en su fiesta y abajo ponían los regalos. En el siglo VIII un misionero taló un abeto, que consideraba un árbol de paz. Letonia y Estonia se disputan el primer árbol de Navidad en un espacio público y algunos dicen, no sin intenciones fundacionales, que Lutero fue el primero en ponerle velas. Era una época donde el árbol cortado (abeto normalmente) se colgaba en las casas y se le colgaba además de cabeza. De las razones de ello no tengo antecedentes, aunque era muy normal considerar que el tronco del árbol era un desperdicio estético (por eso los árabes hacían los jardines en dos alturas: los árboles estaban más abajo del sendero, para que solo destacasen al caminar sus copas).

Pero la gracia de Cristo es otra. Se trata de una revolución cultural realizada en razón de la igualdad entre los hombres, una rebelión sin armas, liderada por un conjunto de hombres que dejaron su vida para ir tras su líder. Los apóstoles, casi la mitad nacidos en Betsaida (en el lago de Galilea), no eran todos de raíz judía, como sí lo era el mismo Cristo. He aquí un dato importante: Cristo rompió con los liderazgos disidentes clásicos dentro del judaísmo, donde se criticaba a la doctrina dominante, pero no se salía del mundo de los judíos.

Piense en Cristo como un líder político, que lo fue. Piense en él como un revolucionario cuya derrota es tan gloriosa que se torna triunfo histórico. Piense en un líder que define el antes y el después de un calendario. Nada de esto es difícil de pensar. Ahora piense en Cristo como miembro periférico de una elite, partícipe de una segunda división de Jerusalén. Piense en una elite local que impugna la capital. Piense en un renovador del dogma judío, en un discurso universalista (evangelizador) en medio de una religión cerrada, elitista. Piense en un miembro de la elite que interpreta a los excluidos (¿Manuel Rodríguez?). Ahora piense usted en una gran crisis de una ciudad y una zona entera de un gran imperio. Piense en doscientos años de turbulencias que parecían no cesar.

La emergencia de Cristo, que termina en la bifurcación que implica el cristianismo, es un largo proceso que comienza con la crisis de la elite de la zona (crisis de casi tres siglos antes de Cristo), que luego se desarrolla con la emergencia de diversos carismáticos (el más importante, a la larga, es Cristo) y que termina con la fractura cristiana respecto al judaísmo luego de la guerra civil del año 66 d.C., en un proceso que se consolida alrededor del año 130 d.C. El telón de fondo de todo este proceso siempre es el mismo: malestar social, conflictos de clase, ruptura entre los judíos de clase alta (por exceso de helenización a veces, por falta de ella, en otras) respecto a los de clases bajas, surgimiento de líderes carismáticos de tendencia democrática y populista (entre ellos, Cristo) y un largo repertorio de problemas asociados a estos conflictos de clase: la ritualidad, la purificación, las políticas de limpieza, la posibilidad de ingresar a los templos; expresiones simbólicas de la distinción de clase que el rigorismo judío había sostenido permanentemente y que habían sido la base de los rechazos contra su religión por entonces.

Jesús elige llamarse “Cristo” en griego, y no “Mesías” en hebreo. Esta decisión fue intelectual. La zona de Palestina, límite oriente del Imperio Romano, era una zona relevante, tanto geopolíticamente, como por su enorme población y aporte cultural. Es una zona literaria, religiosa y matemática. Quizás su debilidad era la filosofía, muy desarrollada en la otra zona intelectual del Imperio Romano: Grecia. El helenismo logra tener mucha incidencia en la zona. No eran raros los nombres griegos, de hecho. La madre de Jesús se llamaba María, nombre griego. Y ella era judía, descendiente de la estirpe de David. Jesús se interesa en Diógenes de Sinope, del que recordamos normalmente su doctrina (cinismo) y sus actos rebeldes: masturbarse en el ágora, humillar a Alessandro Magno, dormir en un barril (de ahí El Chavo). Diógenes había inventado un concepto genial, hace 2.300años, como para ubicarnos: los seres humanos no somos solo ciudadanos de una polis, sino que somos ciudadanos del mundo. Cosmopolitas. Cristo considera esto un contenido esencial: una religión debe ser universalista, no considerar un pueblo elegido, ni explícita ni implícitamente. En homenaje a esta tradición, que conduce a Cristo a una religión más ética y menos ritual, es que Jesús usa el nombre de Cristo para señalar su carácter de profeta ungido. Jesús leía y aparentemente escribía. La población alfabetizada en Jerusalén en aquel tiempo era de alrededor del 8%, una enormidad, un dato que en Europa se da recién en el Renacimiento.

En su lucha por la igualdad Cristo defendió a las mujeres, a las prostitutas, a los desvalidos, a los criminales, a quienes carecían de prácticas religiosas. Y en ese ejercicio se enfrascó en discusiones en duros términos con los teólogos conservadores, con los comerciantes, con los administradores del templo y con el grupo más reaccionario del judaísmo en la época. Cristo pertenecía a una corriente impugnadora, los fariseos. Es famoso el pasaje donde critica a los fariseos. Lo que en realidad les dice a sus hermanos de proyecto es que se están comportando con idéntico ritualismo al de quienes eran sus enemigos. Jesús era fariseo, término que hacía alusión a un grupo disidente (de hecho la traducción de fariseo es “los que se separaron”). Su crítica a los fariseos es la típica disputa política de aquellos que acusan a otro de estar olvidando los principios originales de un movimiento (religioso, político, intelectual).

Pero la forma que adquirió la crisis fue religiosa. La distinción entre rigoristas y reformistas se hizo cada vez más intensa. Los rigoristas, frente a la influencia griega, migraron al desierto. Pero no pretendían quedarse allí: buscaban revitalizar la ley mosaica y volver en gloria y majestad. Pero la influencia griega crecía cada vez más. Muchos judíos usaban dos nombres, uno griego para los viajes, y uno hebreo para el hogar y la vida local. Muchas familias judías ponían nombres griegos a sus hijos.

Lo cierto es que las clases superiores avanzaron fuertemente hacia el helenismo y se inventaron buenas razones para ello: que el gobierno era siempre corrupto y era mejor que se hiciera desde la cultura griega, era uno de los argumentos favoritos. El ritmo pausado de la hibridación cultural no generó problemas hasta que apareció un grupo reformista en el judaísmo que buscaba acelerar la helenización que, como si fuera la era de la Ilustración, presionaba con su racionalización. El desarrollo de una ley oral, que en la vida cotidiana reemplazaba crecientemente las leyes de Moisés, era uno de esos ‘avances’ muy cuestionados por los sectores rigoristas. Los reformadores eran fervientes religiosos (nunca plantearon sus propuestas como una impugnación religiosa), pero veían las afinidades electivas entre el monoteísmo y el universalismo griego que ya comentamos. Si el helenismo renunciaba a su politeísmo y el judaísmo se abría a la institucionalidad racionalizada griega, la combinación sería fabulosa (pensaban estos reformadores). El arribo de un monarca seléucida, de alta orientación helena, apuró tanto el proceso, que solo lo puso en cuestión (de esa época es la fundación de Antioquía). Gran parte de su esfuerzo helenizante tenía que ver además con aumentar los impuestos, lo que naturalmente no ayudó al proceso.

Fue entonces cuando Jerusalén se estructuró como una polis. En corto tiempo, la población de la ciudad se convenció de dos cosas: los invasores reducían el peso de su religión y cobraban más impuestos. Y estos invasores estaban apoyados por el grupo reformista. A tal punto avanzaron los seléucidas, que anularon la vigencia de la ley mosaica y el Templo de Jerusalén fue convertido en ecuménico. Se situó en el lugar la figura de un dios griego: Zeus olímpico. El letrero que citaba el nombre del dios fue intervenido sutilmente por la población y jugando con las mismas letras en griego, quedó escrito: “La abominación de la desolación”.

El reformismo no había logrado construir una fórmula política para resolver la crisis. He aquí un primer interludio que debemos hacer desde la teoría de las elites. El pacto entre reformistas (antiguos disidentes) y el poder seléucida era un pacto exitoso, que estaba en el poder, pero era evidentemente frágil por dos razones: la zona se encontraba inestable políticamente desde hacía décadas, por lo que un triunfo no era garantía de tener bajo control el orden social; y en segundo lugar, la mayor parte de las medidas tenían relación con reducciones de rigurosidad en la observancia religiosa, pero el proyecto político carecía de una oferta relevante, no había un diagnóstico de época, no estaba claro el sentido de apoyar al poder seléucida más allá de estar en contra del grupo conservador.

Hemos dicho que la principal fuente de malestar radicaba en cuestiones de clase. Los reformistas y el gobierno seléucida no abordaron el asunto. El cobro de altos impuestos, que por entonces no permitía una distinción entre cobros progresivos (menores a los pobres) y regresivos (iguales o mayores para los pobres), significaba una herida social de gran magnitud. Los proyectos reformistas fracasaron en todos sus intentos, que fueron muchos por siglos. Y la crisis en Jerusalén no terminó con el fin (o exterminio) de los reformistas. El esfuerzo del grupo triunfante fue convertir, expulsar o exterminar a todo aquel que no se rigiera por la ley mosaica. Lo cierto es que la separación no tardó en llegar al interior del nuevo orden, que todavía no se había cimentado. Aparecen los ‘fariseos’ (“los que se han separado”) para impugnar el carácter de clase del orden imperante (de clase alta, por supuesto) y para referir a la pérdida de la creencia más honesta y pura de la observancia de los ritos. El carácter aristocrático de la religión judaica fue impugnado por los fariseos. Debemos hacer notar el carácter formidable del rótulo ‘fariseos’ para describir la crisis de la elite y la magnitud de la crisis política. Decíamos anteriormente que el concepto de crisis alude a la acción de separarse. Ser fariseo entonces es ser el resultado de la crisis, es ser hijo de ella. Los fariseos, que serán fundamentales en el proceso, sintomatizan la crisis. Además, serán el grupo desde donde saldrá el principal revolucionario: Cristo. Siempre se hace alusión a la crítica de Jesús a los fariseos, pero ella es una disputa interna derivada de la radicalidad de Cristo en el avance vitalista de su doctrina.

Las fracturas al interior de los judíos condujeron a los romanos a esperar el momento adecuado para intervenir. La debilidad de la lucha intestina hacía a la zona un botín que resultaría sencillo. Fue así. Sin un solo enfrentamiento, Judea se transformó en un Estado cliente de Roma y su gran gobernante Herodes consolidó la posición. Su instauración fue un caos, la historia es brutal en violencia, con gobiernos sucesivos, orejas arrancadas a mordiscos e historias de esas que harían palidecer de horror a nuestras actuales elites, cuyo mayor conflicto son las disputas de sus hijos en la sala de clases del colegio. Lo cierto es que Herodes separó el poder secular del religioso a gran velocidad y con mucho éxito. Su gobierno generó una explosión demográfica que redundó en casi tres millones de judíos viviendo en la zona. La creación de un sistema de protección social alcanzó no solo a la zona palestina, sino también a numerosos judíos en la diáspora, quienes consideraron a Herodes su mayor aliado. Herodes había encontrado una fórmula política. O eso parecía.

Herodes es un personaje fascinante, como normalmente acontece con los grandes personajes en medio de las crisis. Se hizo famoso en la zona por hacer justicia por propia mano ante guerrilleros o ejecutando judíos fanáticos. Cuando la estructura inestable de poder en Jerusalén le dio la espalda, fue a Roma y consiguió un pacto: los romanos lo tratarían como un aliado del imperio. En el poder asesinó a su esposa, a sus hijos, a su suegra. La paranoia lo poseyó.

Herodes fue el gran destructor del rigorismo judaico. Separó el Estado de la religión y él mismo no quiso ocupar el cargo de sumo sacerdote. Ejecutó a 46 miembros del Sanedrín (consejo supremo del judaísmo). Y logró una enorme expansión económica, a pesar de su interés personal en apropiarse de diversos tributos a la hora de cobrar peaje.

Pero aun cuando su ataque a la religión era implacable, su talento para vestir su gobierno de respeto religioso fue enorme. El año 22 antes de Cristo convocó a una asamblea y anunció la reconstrucción del gran Templo de Salomón o, mejor dicho, su remodelación hacia una obra mayor. Diez mil trabajadores y mil sacerdotes supervisores, que trabajarían en las zonas prohibidas como constructores; eran la potente señal de una nueva era religiosa, que traería no solo más peregrinos, sino un enorme turismo derivado de la vastedad de la obra, que dejaría empequeñecido al antiguo templo. El talento político de Herodes fue visible en el cuidado que tuvo con cada detalle de la construcción, evitando que los rigoristas pudieran generar un problema por algún procedimiento constructivo impuro. Muchas piedras en zonas sagradas se pusieron sin tallar para evitar el contacto con el hierro, por ejemplo. Y durante la construcción, ningún profano pudo ver el templo. El templo era casi el doble de ancho que el de Salomón. Y Herodes no se preocupó del interior, pues de hecho él mismo no podía ingresar al templo. Solo se preocupó de la espectacularidad exterior: láminas de oro y plata cubrían puertas y cada accesorio. La piedra seleccionada era de una blancura sorprendente y, sumado a ella el brillo de los metales preciosos, la visión de un templo anclado en una montaña, blanco y rutilante, era extraordinaria. El espectáculo parecía garantizado: en época de fiestas centenares de sacrificios animales se hacían cada día. Hábiles sacerdotes se movían en medio de la sangre, el ruido infernal de los animales y los cantos solemnes de los ritos.

El dinero gastado en el templo era de Herodes (aunque claro, lo obtuvo mediante impuestos). Pero lo más hábil fue su denostación del sumo sacerdote, quien como todo ostentador de ese cargo, era saduceo. Contra esta agrupación, casi un partido político, se había instalado cierto malestar: eran ricos, herederos y representaban la parte alta del conflicto de clases que estaba en boga. Herodes hábilmente aumentó el poder de un funcionario propio encargado de asuntos administrativos dentro del templo, quien era fariseo. Fue tal el logro de Herodes, que los sacerdotes saduceos debían seguir los procedimientos fariseos a la hora de ejecutar sus ceremonias.

Solo al final de sus días Herodes cometió un error que le costaría caro. Puso un águila dorada en la puerta del templo, un decorado. Fue un gran escándalo. Los judíos de la diáspora estaban de acuerdo, pero los de la ciudad no. Estudiantes de la Torá treparon y destruyeron el águila. Los muchachos fueron ejecutados. La vida de Herodes terminaba también en medio de una agitación que no cesaba. Johnson califica Jerusalén como la “ciudad más suspicaz y nerviosa del mundo” en esa época. Ha pasado el tiempo y sigue muy parecido.

El método de gestión romano, de dominio liviano y tolerancia a las costumbres locales, era normalmente exitoso en todo Oriente. No eran habituales revueltas. Y la gestión de Herodes, aun con los casos problemáticos, resultó ser exitosa. Las obras públicas y su magia hicieron parte del trabajo, un gobierno consistente en diferenciar lo que era de la política y lo que era de Dios ayudó bastante. Parecía haber encontrado la fórmula política. Pero luego de la muerte de Herodes la inestabilidad volvió muy fuerte. Hubo al menos cinco alzamientos, crecientes en tamaño: año 6 d.C., año 44 d.C., el 52 d.C. (conflicto muy extenso por lo demás), el 66 d.C. y el 135 d.C. En menos de cien años, cinco conflictos graves.

En general se describe la era de Cristo como una época donde Jerusalén representaba una gran urbe en la zona, cuestión relativamente cierta si se piensa en una población que llegaba a las 80.000 personas. La prosperidad, sus enormes construcciones, su carácter en obra permanentemente ejecutada; la muestran con un dinamismo que a los prejuicios ciudadanos del presente nos parece excesivo. Lo cierto es que el tamaño y la prosperidad no era el único rasgo. La zona había pasado, en doscientos años, por varias configuraciones disímiles de su elite local, con sucesivas crisis de poder. En el relato que hemos hecho, se ve claramente que el conjunto de pactos para construir la elite nunca logró solidificar el poder social y religioso de ciertos grupos como un poder político propiamente tal. La diferencia entre tener poder y tener una fórmula política, que hemos detallado aquí, es evidente. El judaísmo le dio la espalda a los asuntos críticos del malestar social de la época. La llegada de Cristo es la vibrante apuesta de un hombre (y un grupo) capaz de tematizar la exclusión. Por eso Cristo y su causa serán capaces de derrotar al mismo tiempo a los judíos y los romanos: porque el tamaño del problema excedía la estatura de las respuestas de la que parecía la disputa de fondo (Roma y judíos). La verdad estaba en otro sitio. Cristo detecta el clivaje y va por el premio mayor. Su grupo lo obtendrá, pero en el camino Cristo muere. Se convertirá así en el ‘anti Pirro’, esto es, bien podría decir “con otra derrota como ésta y me hago de todo el mundo”. Cristo significa de ese modo un mensaje de esperanza para los excluidos: la derrota es triunfo, la muerte es vida, el poder terrenal es inferior al celestial. Cada fenómeno de la vida de Jesús, intencionadamente o no, participaban activamente de la construcción de esa fórmula política. La diferencia entre la Torá judía, llena de textos oscuros e incomprensibles (Job, por ejemplo), con añadidos orientados a aumentar la lectoría (el Cantar de los Cantares, por ejemplo), respecto al Nuevo Testamento cristiano, es una diferencia enorme desde el punto de vista político. La aplicación material de la Torá es ritual y normativa; la aplicación material del Nuevo Testamento es ética y política.

El tamaño de un revolucionario es el tamaño de la crisis que lo procuró. Es evidente que el revolucionario hace historia, pero es menos relevante lo que hace el individuo o grupo revolucionario en comparación con lo que la historia hace con ellos. Max Weber dice que el carismático mete sus manos en la rueda de la historia. Pero que la mayor parte de las veces, al hacerlo, pierde su mano o su vida y por tanto no es carismático. El que, en cambio, arriesga a meter su mano en la rueda de la historia y, al tiempo, logra modificar su curso, entonces es realmente un carismático, consagra su extracotidianeidad. Ese sujeto es el revolucionario. Ha sobrevivido a su osadía, a su arrogancia, a su hybris. Es del tamaño de la historia solo porque no ha muerto aplastado por ella. Pero en el caso de Cristo el revolucionario muere. La explicación de su logro posterior tiene relación con la ya referida fórmula política, que lee el presente formidablemente; pero además con su capacidad de haber configurado un ‘cuadro administrativo’ (Weber) capaz de sostener el proceso y de cosechar la siembra.

En nuestra era, donde la política es ante todo comunicación y ésta es fundamentalmente publicidad, los líderes evitan los riesgos. Son rentistas de sus apariciones en prensa, se arrodillan suplicantes ante sus periodistas a sueldo para lograr un foco, una cámara, una frase incomprensible de la que solo recordar como una sombra el nombre del autor. Los políticos ya no disputan, no entran en conflicto, no golpean. Y cuando lo hacen, solo ejecutan su acto ante la evidencia de estar frente a árboles caídos, para así hacer leña fácil y comenzar mañana con un poco más de ‘presencia mediática’. ¿Meter la mano en la rueda de la historia? Por ningún motivo. Ya no saben lo que es la historia, piensan en ella como un documental, una foto en un libro de colegio. Tampoco saben lo que es la rueda, menos la rueda de la fortuna. La única rueda que les importa es la de su camioneta 4×4. La política postmoderna prefiere pensar que la historia se acabó y con ello excusa su poquedad. Como resultado de sus actos, los políticos gozan cada vez más de un lugar cuyo horizonte de posibilidad es cada vez menor. Para evitar el insulto, evitan a la ciudadanía. Como resultado de la pérdida de seguidores, necesitan contratarlos para sus actividades.

Johnson sostiene que Jesús fue un jakamim, esto es, un judío piadoso que vivía en el mundo, grandes promotores de la santidad y de su masificación. Las polémicas de la época estaban concentradas en varios aspectos, entre ellos, el rol del Templo y la importancia de la Ley. Respecto al Templo, Jesús fue un impugnador radical: era un obstáculo para la fe, era un símbolo del mal y predijo su destrucción. La crítica al Templo era antigua, pero nadie había llegado a decir que fuese un símbolo del mal. Respecto a la Ley, la discusión histórica estaba radicalizada. Se encontraban los rigoristas, concentrados en la Ley escrita; y los fariseos, concentrados en la Ley oral. Pero surgió una variante importante derivada del maestro Hillel, quien buscaba que la Ley fuese posible tanto para los judíos como para los conversos. El corazón ético de la lectura de la Torá que promovía Hillel estuvo en la base de buena parte de los discursos de Cristo, quien avanzó en la conversión de un aforismo de Hillel en una doctrina moral completa. El aforismo decía “no hagas a tu prójimo lo que es odioso para ti” (base de la ética kantiana 1800 años después). Jesús llegó a la conclusión que tanto el Templo era desechable cuando se interponía en la santidad, como la Ley lo era cuando operaba intercediendo.

La doctrina de Jesús era una impugnación radical. Puso la fe por delante de la Ley. Johnson señala que, si el profeta se hubiese mantenido con esa prédica en las provincias, no habría terminado crucificado. Pero fue a la capital y predicó insistentemente allí. Esa acción se conocía como la ‘ofensa del sabio rebelde’ y constituía un delito cuya sanción era la pena de muerte. Cuando se trataba de una acción rebelde de menor importancia, la sanción era el destierro. Pero Jesús se había dedicado incansablemente a atacar a la elite. Cuando se le llevó ante el tribunal, lo impugnó. Pero los judíos no tenían claro si podían juzgarlo ellos mismos y decidieron mandar el problema a los tribunales romanos. Por eso la acusación contra él es finalmente una acusación por sus ataques al Estado. Pero sus ataques al Estado eran conjeturales, el argumento de la acusación era una mera predicción: este tipo de sabios finalmente siempre atacan al Estado. Era indudablemente un problema para Pilato, procurador romano en la zona. Revisando el caso, para Pilato no era condenable. Pero finalmente lo condenó al ver el escenario político, en la práctica, sin tener alternativa. Todo este proceso explica que Jesús haya muerto crucificado por Roma y no lapidado como indica la Ley judía.

La impugnación jesuítica, señalamos anteriormente, comprende muy claramente la dimensión social del conflicto religioso. Pero no es, en la época de Jesús, una fractura demasiado radical desde el punto de vista de la elite. Es un caso clásico de impugnación desde dentro de la elite. Lo grave y temible para el grupo dominante es que era una impugnación que se hacía en nombre de quienes estaban fuera, pero eso en la historia no es extraño. Normalmente esos impugnadores, luego de vencer, vuelven a satisfacer más los intereses de su grupo que los de aquellos que fueron convocados desde estamentos inferiores. Para decirlo en términos de clases, las clases medias suelen azuzar a las clases bajas para, luego de tener éxito, abandonarles a su suerte. La derrota y muerte de Jesús es su triunfo porque la deslegitimación de la elite es tal, que los pobres y oprimidos quieren que el poder se encuentre en los derrotados. Jesús era un culto que defendía los ignorantes, un (supuesto) miembro de la estirpe sagrada de David que reivindicaba los sin estirpe; un redentor de las castas más vilipendiadas.

Inmediatamente después de Cristo las turbulencias sociales y políticas terminarán en la pérdida radical del poder de la elite judía (y una muerte masiva de ellos), el crecimiento de un nuevo culto religioso que avanzó a gran velocidad interpretando la lucha de clases básica del imperio y la conquista desde el cristianismo del control de la cultura de la zona e incluso la imperial, reemplazando con ello la impronta griega del Imperio Romano.

Cristo, cuyo natalicio falso celebramos hoy en el día del Sol, fue probablemente el primer gran líder de izquierda. Como tantas veces ha ocurrido, en manos de los administradores de su imperio conceptual y material, el mensaje de Cristo comienza a ser reemplazado por la aceptación de la propia desgracia, el conservadurismo y el burocratismo, pero en su nombre. Hoy podemos decir que además fue el primer líder de izquierda que fue convertido en fetiche de consumo, mucho antes que el Che Guevara.

FOTO: SEBASTIAN BELTRAN GAETE / AGENCIAUNO

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