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Publicado el 08 de noviembre, 2018

Alberto Mayol: Científicos y académicos: un obstáculo por eliminar para la ultraderecha

Sociólogo, académico de la Universidad de Santiago Alberto Mayol
No hay líder político con posibilidades de gobernar hoy que esté dispuesto a invertir realmente en ciencia. Y más aún, un espacio universitario saludable es considerado literalmente un problema para la actividad política.
Alberto Mayol Sociólogo, académico de la Universidad de Santiago
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La doctrina de seguridad norteamericana en la segunda guerra tenía dos principios: el efecto dominó y el monolitismo. El efecto dominó hacía referencia al hecho de que la ‘caída’ de un país en el comunismo acarrearía necesariamente un riesgo de contagio que implicaría la caída de otros países cercanos al comunismo y una escalada de difícil pronóstico que podía terminar en muchos países orbitando alrededor de dicha ideología. En segundo lugar, el monolitismo implica aceptar la premisa siguiente: cada vez que una acción de un país es caracterizable como una conducta del tipo socialista, entonces se entiende que detrás de esa acción está Moscú. Un elemento articulador de ambas tesis es que todo lo que no es Occidental y liberal, que esté acumulando poder, es parte del monolitismo soviético y está seguramente infiltrado o financiado, sea un movimiento religioso, social, cultural, lo que sea. Y que, si se lo deja avanzar, entonces veremos producirse el efecto dominó.

 

Como durante los últimos días las comunidades investigativas nos enteramos que se reducía el dinero para ciencia, a pesar que justo hay que echar a andar el nuevo Ministerio de Ciencia, apareció la inquietud de quienes realmente creen que el modelo chileno necesita ciencia.

 

Esta doctrina es evidentemente conservadora. La gracia de todo conservadurismo es que tiene mucha eficacia política porque opera sobre un maniqueísmo: existe el bien y existe el mal. Lo neutro no existe, normalmente lo neutro es el mal bien vestido. Estas estructuras son movilizadoras y son populares porque simplifican el mundo, cuestión siempre importante. Es tan intensa esta forma de ver el mundo, instalada por estados Unidos después de 1945, que hasta el día de hoy cualquier acción que pone en riesgo el funcionamiento regular de la economía liberal, se asume como un riesgo mayor y como una creación o una conducción comunista. Literalmente Moscú ya no existe como comunismo, pero no importa, ya lo dijo Marx, es un fantasma. Y como tal, puede operar.

 

Hago este largo preámbulo solo para decir que la estupefacción de los académicos y científicos de Chile no tiene sentido. Como durante los últimos días las comunidades investigativas nos enteramos que se reducía el dinero para ciencia, a pesar que justo hay que echar a andar el nuevo Ministerio de Ciencia, apareció la inquietud de quienes realmente creen que el modelo chileno necesita ciencia. Y la verdad es mucho peor que la peor pesadilla de los científicos. Ahora paso a explicarla.

 

La búsqueda de una academia orientada a una servidumbre voluntaria respecto a los espacios políticos, burocráticos y empresariales es el único sentido por el que se podría aplaudir y eventualmente financiar la ciencia. Para ello, la ciencia debería salir de las universidades, pues ese es un espacio crítico.

 

Lo que sueñan las comunidades académicas es que algún día un Presidente esclarecido crea realmente en la utilidad de la ciencia e invierta en ella. Creen tener (y la tienen) suficiente evidencia internacional para demostrar lo buen negocio económica, política y culturalmente que es la ciencia. Cada cierto tiempo estas mismas comunidades sienten con horror que el Presidente esclarecido no era el actual, que puede ser otro, pero no éste. Y consideran que simplemente es alguien con poca conciencia y que algún día Godot llegará provisto de las armas más importantes para la conquista de la grandeza: la ciencia. Este ciclo de esperanza y dolor solo se reproduce en la incomprensión de la verdad. Y lo cierto es muy sencillo: el modelo económico chileno no requiere revolución científica alguna y sería una fuente de incertidumbre hacer un cambio radical. ¿Qué ese cambio sería formidable en el largo plazo? Pues bien, lo creo. Pero no hay líder político con posibilidades de gobernar hoy que esté dispuesto a hacerlo realmente. Y más aún, un espacio universitario saludable es considerado literalmente un problema para la actividad política. La búsqueda de una academia orientada a una servidumbre voluntaria respecto a los espacios políticos, burocráticos y empresariales es el único sentido por el que se podría aplaudir y eventualmente financiar la ciencia. Para ello, la ciencia debería salir de las universidades, pues ese es un espacio crítico.

 

De cualquier modo, esto es solo el comienzo. La emergencia de la ultraderecha mundial tiene un objetivo que Steve Bannon muy elocuentemente denominó ‘la destrucción del marxismo cultural’. Se refiere bajo este nombre a las escuelas críticas y al pensamiento disonante con el orden social y político imperante. Señala él que la última batalla, la más importante y necesariamente la batalla posterior a ganar elecciones, es eliminar el ‘marxismo cultural’ de las universidades, forma muy interesante de decir que va a acabar con las universidades, porque eso que llama ‘marxismo cultural’ es simplemente la cultura universitaria con un nombre aterrador. Su frase es ‘la victoria engendra la victoria’ y refiere a cómo la victoria electoral conducirá a la victoria cultural.

 

Los académicos de derecha deberán reflexionar: ser de derecha hoy se convertirá en un obstáculo para su propia forma de vida, será apoyar su propia extinción.

 

El mundo académico está asediado. Hay una solución iliberal para sostener el liberalismo económico, que en rigor es lo único que importa. El liberalismo político es prescindible, solo debe operar de fachada. El poder político será tal solo en la medida que mantenga la legitimidad a partir del maquillaje y la operación a partir del crecimiento económico. En medio de todo esto la ciencia debe alejarse de espacios de pensamiento, debe ser una ciencia de solución de problemas planteados desde el espacio económico y con la garantía política de dar solución y otorgar fondos cuando sea necesario para esas soluciones específicas.  

 

La pasividad científica y académica, la ilusión absurda en una solución política sin una estrategia propia, la creencia permanente en que se enfrenta a poderes poco sensibles sin comprender la animadversión que presentan los proyectos racionalistas; solo presagian la destrucción del sistema universitario tal y como fue concebido. Esta semana un periódico denunció la cantidad de dinero que gastaba en viajes al extranjero la Universidad de Chile. La verdad es que la cantidad de dinero era baja, pero fue presentada como alta. La comparación con otras universidades era ridícula pues no contaba con un promedio de gasto por académico, lo que habría anulado el argumento. Lo más grave indudablemente era que se pretendía generar una sanción social a una universidad relevante por algo que no solo no era un pecado, sino que era una virtud: cualquier universidad seria en el mundo tiene a sus académicos prácticamente en itinerancia, vinculados al medio específico de su disciplina. Por supuesto el argumento era ridículo, la portada un exceso increíble y la falsedad de la premisa inaceptable. Pero ese no es el punto. Si los científicos creen que es portada fue desinformación, una casualidad, un problema coyuntural; significa que sencillamente no están preparados para la batalla que se hará cada vez más intensa. Y ello implica que nuestra derrota será total.

 

La vacía y petulante pobreza espiritual del mundo que redunda debe hacer pensar a los científicos y académicos que realmente, con cada día de sumisión burocrática, solo cavan su propia tumba.

 

Los académicos de derecha deberán reflexionar: ser de derecha hoy se convertirá en un obstáculo para su propia forma de vida, será apoyar su propia extinción. Pero la izquierda intelectual también debe tomar en cuenta que toda su propensión al relativismo, todo su subjetivismo, todo su posmodernismo, caerá sobre nuestros hombros porque con esa actitud y esas prácticas hemos legitimado la tolerancia a la irracionalidad al interior de la academia. La derecha quiere el fin del aristocratismo académico (el fin de ‘lo mejor’) y la izquierda, creyendo que lucha contra la derecha, promueve también el fin de ese aristocratismo y confunde los criterios de democratización e igualdad con la equivalencia de los argumentos dispares. Al final, la derecha lucha contra la razón desde el esencialismo que funda al mejor argumento en quien ostenta la autoridad; mientras la izquierda lucha contra la razón creyendo que los contenidos populares tienen igual validez. Y la razón, única fuente de igualdad sustantiva, queda destruida en el camino. El resultado es obvio: gana la derecha. Y con ella la vulgaridad fenicia del mundo actual, cuya sofisticación se mide en puertos llenos de bienes de plástico y de un sistema financiero provisto de billetes de plástico que además son invisibles. La vacía y petulante pobreza espiritual del mundo que redunda debe hacer pensar a los científicos y académicos que realmente, con cada día de sumisión burocrática, solo cavan su propia tumba. Pronto las universidades serán colegios y los centros de investigación empresas. Llamar a lo que exista ‘universidad’ será simplemente una marca, un problema reputacional.

 

FOTO. JAVIER SALVO/ AGENCIAUNO.

 

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