No han pasado ni 120 horas de la instalación del nuevo gobierno de Chile y ya hay señales claras para preocuparse y que impiden categóricamente respetar esa costumbre copiada del norte de brindar una “luna de miel” de tres meses a quien se estrena en el poder.

Y es que mucho se puede hablar de lo que ha ocurrido desde el viernes recién pasado. 

Y no se trata de una corbata más o una corbata menos. No nos confundamos. 

Se trata de un discurso inaugural plagado de buenismos cosméticos, pero que plantea con fuerza la decisión de dividir a los chilenos en bandos y recrudece la sensación térmica de que esta administración no será de todos. 

Se trata de opiniones muy válidas dichas a destiempo y por los medios incorrectos. Si dos monseñores generan molestia -¡y vaya que nos la generan!–, se dice de frente a los responsables y no a la galería. Si al rey de España se le invita y molesta su eventual retraso caprichoso, se manifiesta oficialmente el punto y no a la galería.

Se trata también de una purga en el aparato del Estado de la que no se tiene memoria. Bachelet y Piñera no hicieron tal. Solicitudes masivas y prepotentes de renuncias a funcionarios de larga data, cuyas funciones muchas veces son exclusivamente técnicas y delicadas… muchos reemplazados de la noche a la mañana por jóvenes con más ideología que currículum.

Se trata de docenas de publicaciones en redes sociales de parte de las nuevas autoridades llegando a sus nuevos despachos con el descontrol propio del niño que acaba de descubrir una bicicleta bajo el árbol de Navidad.

Se trata de innumerables símbolos –ese universo en el que la izquierda nada hace al azar– que permiten a sólo unos pocos poder referirse a la vestimenta, comentar las ceremonias, renombrar regiones del país o tomar partido sobre la redacción “independiente” de una nueva Constitución. Para el resto, caiga sobre sus espaldas la funa y la cancelación.

Pero, sobre todo, se trata de la improvisación. Pensar que realmente la “buena onda” abriría las puertas al diálogo en territorios del país en los que nadie puede entrar e insinuar que el conflicto en el sur es un invento interesado de ciertos sectores que acumulan poder. Poner en riesgo la seguridad de varios ministros de Estados confiados en que el problema era Piñera.

A propósito, permítaseme recordar que en febrero de 2001 este columnista fue enviado a realizar una serie de reportajes a la zona mapuche y fue intimidado y expulsado a balazos de, adivine usted, Temucuicui. Si, hace 21 años… ¿y las nuevas autoridades se desayunan con los disparos, las declaraciones y los panfletos?

Este gobierno históricamente joven, lleno de energía, con un puñado de ideas seductoras y al que de verdad somos muchos los que queremos –¡necesitamos!– que le vaya bien, parece aún no entender que ya no están en el patio del colegio o el anfiteatro de la universidad.   

Es inevitable recordar la carta que el presidente Boric les escribió a sus compañeros cuando cursaba educación básica, con no más de 10 años de edad: “Yo salí presidente en primero, pero en ese tiempo yo no sabía lo que era ser presidente, por eso fui un mal presidente, pero ahora estoy preparado y les prometo ser un buen presidente”.

Quedan 34.920 horas para demostrarlo.    

*Alberto López-Hermida es periodista y director de la Escuela de Periodismo de la Universidad Finis Terrae.

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