El 9 de julio de 2006, mientras Italia y Francia disputaban la final de la Copa Mundial de Fútbol en Alemania, Zinedine Zidane –a escasos 10 minutos del retiro y la consagración como ícono del balompié– propinó un cabezazo en el pecho de Marco Materazzi. Imposible olvidarlo. El árbitro, Horacio Elizondo, no vio el golpe, sin embargo, no dudó en expulsar al ídolo francés. Luego, se sabría que el italiano insultó fuertemente a Zizou, provocando su agresión.

La condena fue inmediata, transversal y bastante unánime. Ambos jugadores se disculparon por lo sucedido, pero el aprendizaje fue claro: la violencia física y verbal no tienen cabida en el campo de juego, menos en uno de los eventos deportivos más televisados.        

Casi 16 años después, el pasado domingo, en plena ceremonia de los Premios Oscar, el comediante Chris Rock, quien ofició como presentador, comenzó a disparar bromas de diverso calibre contra algunos de los asistentes. Uno de los dardos fue dirigido contra Jada Pinkett-Smith, quien sufre de alopecia, lo que provocó que su marido, el actor Will Smith, subiera al escenario y le propinara una bofetada ante la mirada de la Academia y el mundo entero. Sin embargo, a diferencia de lo ocurrido en 2006, no hubo un reparo enfático y al pasar los días las acciones y opiniones respecto a lo ocurrido se ramifican y diluyen en innumerables argumentos.

Es interesante percatarse que entre el cabezazo y la bofetada han ocurrido muchas cosas. Entre ellas, el estallido de las redes sociales y la supuesta “democratización” de la información y la opinión. También, una reflexión sobre la violencia que, si bien está lejos de ser nueva, es una realidad que parece extenderse cuanti y cualitativamente. Además, en todos estos años, hemos sido testigos de una estampida ideológica que ha dejado en evidencia realidades graves e intolerables, pero que se ha salido de control y ha tapado absolutamente todo con un manto de dudas y cuestionamientos que cada vez confunden más.

Estos últimos días no sólo hemos visto apoyo irrestricto y condena enfática a lo ocurrido en la Academia, sino también innumerables argumentaciones alambicadas… Si el agresor hubiera sido blanco, estaría en la cárcel y cancelado de por vida; si el agredido fuera blanco, estaríamos poniendo énfasis en el chiste lanzado hacia una mujer de color que sufre una enfermedad; si alguno o los dos de los protagonistas del suceso hubiera sido mujer, tendríamos manifestaciones en las calles; Will Smith al reaccionar a una ofensa a la mujer que ama no es más que un machirulo patriarcal; todos necesitamos a un Will en nuestra vida; el mundo no necesita más Wills… y un largo etcétera condimentado con conceptos de moda como “masculinidad tóxica”, “body shaming” y, cómo no, “femicidio verbal”.

Una vez más vemos cómo la ideología opaca realidades esenciales y su acecho permanente termina por dejar a todos perplejos, con dudas sobre lo evidente y a la espera de que el asunto se diluya y sólo termine convertido en un GIF o un sticker para WhatsApp. El exceso de ideología termina por inmovilizar a la humanidad ante lo evidente.  

Los asistentes a la premiación del domingo quedaron congelados. La Academia reaccionó presionando el botón de “abriremos una investigación”. El gremio finalmente no actuó colegiadamente. La opinión pública comenzó a twittear con el estómago… Todo, cuando el mundo entero fue testigo de dos personas que se agredieron –una verbal y otra físicamente– y vulneraron la dignidad del otro. Suficiente motivo para tomar una medida inmediata y ejemplar, especialmente en favor de los niños y adolescentes del mundo que veían atentos la pantalla.

La bofetada del domingo, además, no es más que un botón de muestra cinematográfico de lo que ocurre día a día en las calles, oficinas, casas, colegios y universidades del mundo, incluido nuestro país. Los casos de agresiones entre chilenos suben como espuma, mientras la autoridad sigue analizando una y otra vez cada jugada tal como hace el VAR en el fútbol, lo que termina por demorar y diluir una posición enérgica y real. No en vano, en la final del mundial de 2006 no existía VAR y la decisión dentro y fuera de la cancha fue enfática.     

*Alberto López-Hermida es periodista y director de la Escuela de Periodismo de la U. Finis Terrae.

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