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Publicado el 15 de junio, 2015

Aeropuerto mala onda

Por mucho que creamos tener un terminal aéreo de estándar del primer mundo, seguimos con niveles absolutamente latinoamericanos.
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No hay duda de que la primera cara visible de un país para un visitante extranjero es el aeropuerto. A partir de la impresión que un terminal aéreo genera, el turista se hace toda una metonimia interna acerca de lo que le espera por ver en el destino al que arriba. En las grandes urbes son pocos los casos en que un mal aeropuerto es contrastado con una fascinante ciudad. Por lo general, el nivel del recinto va bastante a tono con lo que uno se encuentra después.

Debido a mi profesión, soy un cliente habitual del aeropuerto Arturo Merino Benítez (SCL) y de otras terminales en el exterior. Así que me siento modestamente autorizado para afirmar que, por mucho que creamos tener un aeropuerto de estándar del primer mundo, seguimos con niveles absolutamente latinoamericanos.

En marzo, el portal de viajes eDreams ubicó a SCL dentro de los peores diez aeropuertos de 2014, a través de una encuesta contestada por los mismos usuarios. En Chile, los encargados del terminal aéreo reaccionaron con sorpresa, y casi indignacion. Y es que, apelando a la sicología social, los chilenos tenemos una especie de efecto de falso consenso para muchas cosas. Siempre creemos que somos mejores o tenemos cosas mejores que los otros países, nos gusta agrandarnos. Y ya vemos lo que está pasando ahora: cuando creíamos que teníamos autoridades y políticos casi impolutos, en relación a nuestros vecinos, nos encontramos con una serie de ollas que al destaparlas sólo sale mal olor.

Pero volvamos a SCL. No entendí la sorpresa ante la encuesta; a mí la penosa evaluación no me sorprendió en lo absoluto y aquí, en esta columna, enumeraré -bien ordenaditas- algunas razones que creo no son menores:

1. Las esperas para el control de pasaporte, sobre todo a la llegada, suelen ser exasperantes, y muchas veces -ante la falta de personal- las filas se extienden hasta por las escaleras. En ocasiones son tan largas para los viajeros no chilenos que los funcionarios a cargo los trasladan a la fila de chilenos y residentes, para agilizar. He escuchado reclamos y maldiciones de irritados turistas en varios idiomas debido a esta situación. Sobre todo de aquéllos que vienen de vuelos largos, con jet lag, y por ende cansados y que lo único que quieren es retirar sus maletas e irse. Por cierto, el personal de la PDI no se caracteriza precisamente por su buen nivel de inglés.

2. La misma demora se repite en las cintas para retirar el equipaje. Hay veces en que se acumulan en la misma cinta, y de manera inexplicable, dos vuelos grandes, mientras hay otras que están vacías o que reciben vuelos pequeños. La espera es «amenizada» con la letanía del anuncio en altavoz del SAG, que intimidante repite una, otra y otra vez -en castellano, inglés y portugués- los productos que deben declararse y las multas y sanciones horribles a las que puede exponerse un viajero distraído, lo que transcurridos 40 minutos aguardando la maleta puede irritar hasta al turista de mejor ánimo.

3. Pero la espera sigue. Hemos llegado finalmente al control del SAG. Para los chilenos acostumbrados a viajar esto puede ser ya parte del paisaje, pero no así para los viajeros debutantes y los extranjeros. En todos los países que he visitado no me ha tocado ver nunca algo como la dinámica del SAG. Me explico: ya en el mismo vuelo, y al menos una hora antes de aterrizar, comienzan los videos informativos con el tema de la declaración y las penurias a que se exponen los infractores. Y tal como en el aeropuerto, no una, sino varias veces. Muchos conocidos míos europeos que han venido a Chile llegan a sentirse intimidados en esta parte, haciendo memoria y registrando temerosos hasta el último y minúsculo bolsillo de sus mochilas y maletas, por si se les hubiera pasado algo, alguna inocente naranjita o manzana olvidada. A esa tensión súmenle la espera en este control –precedida a las otras-, y la molestia aumenta más. No digo que el SAG no deba hacer su trabajo, pero sí que sería conveniente buscar un método más amigable para los extranjeros y, claramente, dotar de más personal e infraestructura. Y que los funcionarios aprendan más inglés.

4. El asalto de los taxistas. Esto es digno de cualquier país centroamericano. Sean legales o piratas, el asedio al salir es por igual. No hay un orden y muchas veces hay que buscar por largo rato al familiar o amigo que ha ido a buscarte, «tragado» por la nube de taxistas que ofrecen sus servicios. ¡Y a qué precios!

5. Los estacionamientos. Aquí en SCL todos estacionan como quieren, y es comprensible, debido a las pocas plazas de estacionamiento para un aeropuerto con el flujo creciente como el de Santiago. Entonces muchas veces no se puede transitar por las pasarelas para peatones, ya que hay decenas de vehículos encima y hay que ir sorteando, maleta en mano y por la calle, a los autos que malamente buscan estacionar. Tengo entendido que se construirán edificios de estacionamiento como existen en las capitales importantes, lo que sería una muy buena noticia, pues aumentar la disponibilidad de aparcamiento es imperativo.

6. ¿Y el metro? Nos jactamos de tener una capital moderna, pero resulta que en las grandes metrópolis el metro llega al aeropuerto. Está muy bien que el diseño del metro esté en constante expansión, pero no se ha anunciado un proyecto serio, urgente y con fecha concreta de extender una línea hasta el aeropuerto. Sólo se habla de hacer llegar próximamente a los buses del Transantiago (que, a la vista de cómo funciona, tampoco es un gran aporte). Entonces los turistas, o toman taxis privados, o toman un transfer (compartido) o un bus hasta el centro, pero ¿dónde queda el metro, como una alternativa económica, cómoda, rápida y segura?

7. Las instalaciones dentro del aeropuerto, en las salas de embarque, son bastante básicas. No hay mucho qué hacer ni en qué entretenerse. No hay internet gratuito de cortesía para los viajeros en tránsito, como en las grandes urbes. Las sillas son incómodas y los baños escasos, no muy limpios y usualmente con mal olor.

8. Finalmente, para quienes embarcan, en periodos de alta demanda -como vacaciones o fines de semana largos-, las filas para el check in hacen que se te quiten las ganas de viajar. No hay mucho personal en las líneas aéreas y hay poca disponibilidad de counters, lo que significa nuevamente esperas tediosas.

Todo esto nos indica que debemos «aterrizar» a la realidad de que no tenemos un aeropuerto internacional tan estupendo como algunos creen. ¿Queremos aspirar a un terminal moderno, cómodo, con un estándar de primer nivel y que acoja bien a la cantidad creciente de pasajeros que día a día llega a Chile? Entonces se debe acelerar el proceso de ampliación y mejoras no sólo en cuanto a espacio e infraestructura, también saneando la burocracia y procedimientos, para hacerle al turista más amistosa su bienvenida.

 

Bruno Ebner, Periodista.

 

 

FOTO: AGENCIAUNO.

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