Salvo escasas excepciones, cada generación está llamada a desempeñar un rol decisivo en el devenir de las sociedades y países. Sin embargo, esto no es algo que se revele de manera automática, sino que exige, primero que todo, una toma de conciencia sobre las disyuntivas que se enfrentan y transformar luego aquello en actuaciones que permitan influir en el escenario político y social.  

El plebiscito de septiembre próximo, en el que se decidirá la suerte institucional de Chile, es sin duda un ejemplo de lo anterior. ¿Cuánta conciencia existe en quienes no confiamos ciegamente en las actuales autoridades y protagonistas del proceso constituyente acerca de las proyecciones de este asunto? Y más importante aún, ¿cuánto compromiso y preocupación real se observa ante ese escenario?

Hay que ser sinceros: ante la que será sin duda la decisión democrática más importante de la historia reciente del país, falta todavía una suerte de compromiso mayor por generar un bloque que, además de oponerse al proyecto de nueva Constitución que la Convención ofrece al país, plantee un conjunto de propuestas reformistas que permitan despejar un camino para que Chile tenga un ajuste constitucional serio y que no sea fuente de mayor conflictividad que la que ya vivimos. 

Para lo anterior existe una base clara. De las 10 iniciativas populares de norma que más apoyo ciudadano recibieron en el proceso constituyente, 7 corresponden a ideas opuestas a las que se aprobaron mayoritariamente en la Convención; sin considerar que, finalmente, esta instancia mostró escaso interés en este proceso de participación ciudadana, justamente porque los tópicos que más adhesión concitaron fueron la protección de los ahorros previsionales, de la vida privada, del derecho preferente de los padres para educar a sus hijos o de la autonomía del Banco Central, entre otros.

En paralelo a esto, las encuestas continúan mostrando una preferencia mayoritaria por la opción Rechazo y semana a semana nos muestran que, en los segmentos menos acomodados de la población, así como también en los de más avanzada edad, donde el “estallido social”, la pandemia y la posterior recesión económica causaron serios problemas, son los menos dispuestos para un ensayo constitucional que aumente su incertidumbre. 

La oposición más coordinada y activa ante el devenir del asunto constituyente debe tomar conciencia de esta base de acción. Efectivamente, el rechazo a este proyecto de nueva Constitución exigirá desprendimiento entre los líderes de distintos sectores políticos para acordar un margen de acción y también para entender que esto debe ser la expresión de una causa ciudadana en la que derechas e izquierdas muchas veces se diluyen. Lo que está hoy en juego no es un acto electoral que podría repetirse en cuatro años más con distintos resultados, sino que uno único debido a la manera en que podrá transformar la forma de relacionarnos entre ciudadanos.

Si se desea que estas impresiones sean efectivas y permitan a la generación opositora del proyecto constitucional posicionarse como una alternativa de mayoría, será necesario un mayor esfuerzo para convocar y convencer a la ciudadanía sobre el poco auspicioso escenario que se vislumbra con una Constitución que terminará sin duda por profundizar la división entre los chilenos. 

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