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Publicado el 12 de diciembre, 2016

A patadas con el siglo XXI

Si la inmigración debuta como tema contingente bajo el prisma de la delincuencia, será difícil volver a encauzar el debate bajo parámetros constructivos.
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Tal como las dos últimas décadas abrieron a Chile a las oportunidades del siglo XXI, los tiempos actuales lo están lanzando de cabeza contra sus desafíos. La globalización y la revolución de las comunicaciones, con sus imperfecciones, fueron esencialmente motores de progreso para nuestro país como para muchos otros —y lo siguen siendo—, pero hoy vemos que esos mismos fenómenos, sumados a otras variables, también plantean problemas de los que recién ahora empezamos a hacernos cargo con bastante torpeza. O sea, tarde y mal, como si no los hubiéramos visto venir.

Por eso ahora nos damos de bruces con una dimensión del siglo que no puede ser sorpresa para nadie y para la cual podríamos habernos preparado mejor: la inmigración. De pronto, los inmigrantes están en la agenda, con un foco que va desde la estigmatización poco ilustrada a un cierto legalismo ingenuo. Aquí no hay xenofobia ni nacionalismo agresivo —al menos no todavía—, pero sí intervenciones públicas poco lúcidas y hasta irresponsables, todas ellas evitables, que denotan falta de reflexión y preparación en un asunto de peso que las pide a gritos. Sólo así se entiende que, de súbito, tanto la oposición como el oficialismo se den golpes de pecho por una ley migratoria que data de 1975, como si recién se hubieran enterado, y que todos tildan de anticuada sin explicar muy bien por qué.

El enfoque con que algunos actores políticos plantearon el debate al inicio, sobre todo en la derecha, fue exactamente el equivocado: partir presentando la inmigración como amenaza, estableciendo una asociación por default entre inmigrantes y delincuencia. Eso no sólo es desmentido por los datos, sino que es bien sabido que suele ser el primer paso antes de vincular a los recién llegados con pérdida de empleos, baja de salarios, comercio informal y cuanto problema ande necesitado de una explicación simplista, aunque sea para salir del paso. Nada de esto implica desconocer que la incorporación de un número importante de trabajadores extranjeros al mercado de trabajo —y las condiciones en que se incorporan— tiene repercusiones de distinto tipo, algunas incluso perniciosas. Pero quizás la peor forma de abordar un problema sea partir señalando “culpables” (los extranjeros), porque entonces la discusión se centra en sacarlos a ellos de en medio, no en encontrar soluciones inteligentes para un fenómeno social complejo.

El punto es que la forma en que se plantean los temas en el foro importa mucho en la discusión que tiene lugar después. En jerga comunicacional antes se hablaba de “framing”, más tarde de “spin”. Hoy el término de moda es “comunicación política eficaz”, pero en el fondo se trata de tener un discurso público que demuestre liderazgo responsable y sentido común, porque eso tiene consecuencias prácticas, no sólo retóricas.

En 2011, una vez que las protestas estudiantiles y las marchas ciudadanas fueron interpretadas por los líderes de opinión bajo el prisma de “derrumbe del modelo”, no hubo forma después de plantear otros enfoques, incluso cuando la tesis derrumbista se mostró equivocada. Asimismo, una vez que los desafíos de la educación fueron explicados por voces políticamente influyentes en términos de “lucro indebido”, “selección discriminatoria” y “desigualdad”, la preocupación por los temas que realmente inciden en la calidad pasó al olvido. Y ya sabemos lo que pasó después.

Entonces, si el debut de la inmigración como tema contingente —incluso como eje de eventuales campañas por La Moneda— es bajo el prisma de la delincuencia, las posteriores aclaraciones de buena crianza sobre el aporte de los extranjeros a nuestro país y el respeto a otras culturas, o sobre la diferencia entre inmigrantes respetuosos de la ley y criminales (buenos y malos), no sirven de mucho para volver a encauzar el debate bajo parámetros constructivos y con información objetiva. Lo contrario sería aceptar que el discurso de las figuras políticas de primer nivel —un ex Presidente que diga que “muchas de las bandas de delincuentes que hay en Chile son de extranjeros”, por ejemplo— no tiene ningún efecto en la opinión pública. Pero si así fuera, ¿para qué se molestan en hablar?

Si resulta que por fin comenzamos a discutir una actualización de la ley migratoria —que podría o no ser necesaria—, lo más probable es que el marco conceptual dominante sea el de la seguridad, no otro: necesitamos una nueva norma para “protegernos” de que entren menos extranjeros delincuentes y para echar a los que ya entraron. Punto. El corolario inevitable es que el debate legislativo y ciudadano se centrará en encontrar fórmulas para restringir la inmigración (por sus riesgos), no para promoverla y aprovecharla (por sus virtudes). El ánimo será defenderse de un peligro, en vez de administrar un recurso valioso con sensatez y altura de miras. Sería un lamentable error no forzado por el cual pagaríamos un alto precio. Otro más.

Chile, a patadas con un siglo que apenas comienza. Para que lo sepan los inmigrantes, por cierto.

 

Marcel Oppliger, periodista

 

 

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