Pocas veces hemos podido observar como en Colombia, con tanta claridad y de forma explícita, la alianza entre fuerzas terroristas y del narcotráfico con organizaciones como el Foro de Sao Paulo, el Grupo de Puebla y la Internacional Progresista. Si alguien tenía dudas sobre esta convergencia de intereses, sólo tiene que mirar a Gustavo Petro.

El interés por una victoria de Petro en primera vuelta formaba parte del plan de todos los agentes implicados, como continuidad de la ola que se está extendiendo en la región y que comenzó en Perú, siguió en Honduras y alcanzó su propósito en Chile con la llegada de Boric a la presidencia de la República. La diferencia es la intensidad con la que llevan adelante su agenda, pero el objetivo es el mismo: socavar la institucionalidad; acabar con los símbolos nacionales que unen a los ciudadanos; instaurar una “nueva” justicia adaptada a los fines de quienes delinquen y normalizar la violencia como parte del paisaje político. Todo ello, cómo no, acompañado de la imprescindible creación de nuevas víctimas. Nuevas identidades que no tienen otro objeto que dividir y alimentar el conflicto para recoger el descontento dirigido por ellos mismos para introducir los procesos constituyentes como solución a los problemas que han inventado. Es, en definitiva, la aplicación del modelo comunista como medio a través de otro tipo de categorías, las “progresistas”.

En esta lógica se ha movido Petro y su campaña, pero algo se ha torcido en la primera vuelta. Contra todo pronóstico -solo una encuesta en la última semana señalaba tal posibilidad-, el candidato Rodolfo Hernández ha quedado segundo y se batirá con Petro en la segunda vuelta. 

El “cambio”, figura protagónica en la campaña del candidato del ELN, se ha pasado al bando de un outsider en contraste con Petro, que ha estado en política más de veinte años y repite por tercera vez, sin contar con su paso –marcado por la ineficiencia, el incumplimiento de promesas electorales y corrupción– por la Alcaldía de Bogotá. El propio candidato del Pacto Histórico y su equipo de campaña no tardaron en tratar de reapropiarse del cambio como eje movilizador de campaña. 

Poco se sabe de Rodolfo Hernández. Las cabeceras de los medios “progresistas” salieron rápidamente a tildarlo como el nuevo Trump con el objeto de salvar la campaña de Petro. No hay nada de cierto en situar a Hernández como un nuevo Trump y así se ha encargado de evidenciarlo él mismo con un hilo en Twitter de carácter programático. Es más, algunas de sus propuestas coinciden con las de Petro. Se desconoce si esto responde a una cuestión de campaña electoral para desactivar a la campaña de Petro que quiere mostrar a Hernández como el candidato del uribismo, o si, por el contrario, estaría dispuesto a ejecutar esa línea programática como presidente de la República de Colombia. 

Lo que está claro es que en Colombia ha sucedido lo mismo que está aconteciendo en tantas naciones de la Iberosfera y de Europa, en las que se está aplicando una agenda que persigue el derrumbamiento de la civilización occidental y que ha contado con la complacencia y complicidad (por irresponsabilidad) de los partidos de no izquierda. Se ha puesto la cultura, en su sentido más amplio, en manos de la izquierda que, cada vez más, cohabita con violentos e incluso grupos terroristas y del narcotráfico. Por tanto, no debe extrañar que nos encontremos en una situación como la actual. Mientras no se entienda que se debe hacer frente en todos los ámbitos, y no sólo desde el ámbito económico, a la agenda imperante, no habrá una alternativa posible al actual estado de cosas. 

No se puede seguir con la visión de contemplar como adversarios políticos a quienes aspiran y trabajan por la destrucción del Estado de derecho, de la democracia, de la libertad y de la soberanía de las naciones. El adversario se rige de acuerdo con unas reglas que compartimos y unos determinados marcos normativos. Hoy, lo que tienen enfrente las naciones que aman la libertad, son enemigos de todo lo que constituyen las democracias de corte liberal; hasta que no se comprenda eso y se cambie la actitud reactiva, la región y los países que la conforman están condenados a perder todo lo que habían ganado. 

*Jorge Martín Frías es director de la Fundación Disenso.

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