Diálogos entre el aceite y el vinagre

Puede que, tal como señala la ministra vocera, el Gobierno sea un actor no interviniente en materia de definición de listas para consejeros constitucionales, es sólo que, en medio de las presiones en reserva del Presidente y de La Moneda a favor de una sola lista, nadie se ha dado cuenta de eso.

Como pocas veces, el Gobierno se ha empleado a fondo para conseguir su propósito y la pregunta de cajón es saber por qué le asigna tal importancia. Si se mira la decisión desde fuera pareciera ser que no es para tanto, puesto que, al frente, las diferencias están siendo aceptadas por la oposición como algo natural y cada cual seguirá su camino.

Si la oposición se presentará en más de una lista, no se ve por qué en el oficialismo no se llega a una conclusión similar, dado que el factor propiamente electoral (aglutinar votos permite una mayor elegibilidad) no está primando entre los adversarios.

Es que, en cualquier circunstancia, lo que está predominando en un lado y otro es un análisis político, más que numérico. Quienes están postulando las dos listas en la centroizquierda tienen algo en común: no tienen temor de contarse ahora, en vista de lo que pueden ganar a mediano plazo. Se arriesgan a tener un costo inmediato, pensando en que su perfilamiento en el futuro próximo les abrirá la oportunidad para convencer al nuevo electorado que acompaña la reinstalación del voto obligatorio.

Quienes prefieren una sola lista, insisten en su propósito pese a la negativa de sus socios, entre otras cosas, porque saben que de contarse ahora las diferencia entre listas oficialistas pudiera entregar un mensaje estratégico que los perjudica.

La Moneda no se juega por una sola lista principalmente porque eso asegure un mejor resultado, sino porque estima que la capacidad que tiene de administrar la gobernabilidad entre sus dos coaliciones está fundada en que se perciban como equivalentes en representación y peso. En el caso de que una de sus coaliciones establezca un claro predominio puede que ya no pueda controlar la situación.

El problema reside en que los partidos oficialistas coinciden en apoyar al Gobierno, pero difieren en la forma en que pueden asegurar su propia existencia. Y quieren seguir vivos para seguir apoyando a alguien.

No voy en tren, voy en avión, necesito a alguien a mi alrededor

Todo va a suceder con inusitada velocidad. En mayo los partidos de centroizquierda creerán haberse cambiado de territorio. Nos encontramos en los últimos días de un pasado que duró poco, sea que nos demos cuenta o no. Chile cambió y no se ha cansado de cambiar.

El caso es que se está buscando al contrincante de la derecha, puesto que es este sector el que tiene la primera opción para ganar la próxima competencia presidencial. Eso es así luego del resultado del último plebiscito, la mayor derrota sufrida por la izquierda en cincuenta años.

Así como se tiene la certeza de que es la izquierda dura la que tiene la mayor desventaja en las competencias electorales que vienen, mucho más con voto voluntario y con un electorado que exhibe prejuicios en su contra, lo que se busca es una alternativa política con posibilidades de ganar.

El único actor que queda -y que aun no se organiza con expresión pública- es la centroizquierda. El espacio disponible para organizar un referente más amplio que se identifique ante el electorado con personalidad propia es ahora, en la elección del consejo constituyente, donde podrá presentar nombres, emblemas, propuestas y representantes de una opción que es estratégica mucho más que electoral y no para esta sola ocasión.

Apostar por la conservación del apoyo oficialista es lo mismo que escoger la derrota. Un gobierno reducido a su voto duro no puede hacer de esta elección un plebiscito sobre su gestión, porque ya sabemos cual es resultado de consultar algo semejante.

Los votantes de la izquierda dura pueden tener una lista en la que se expresen, pero si se quiere hablar al votante moderado o independiente, la presentación conjunta es lo mismo que perder a los indecisos en el punto de partida.

Los énfasis, los mensajes, los destinatarios, todo es diferente en un caso y otro, por supuesto, también lo son los resultados que se pueden alcanzar siguiendo uno u otro camino. Lo que no se puede negar es que se trata de dos estrategias, distintas y alternativas, por lo que cada cual tiene el derecho a escoger aquella que es compatible con su sobrevivencia y proyección.

«No lo vi venir» en versión progresista

El gobierno de Gabriel Boric cuenta hoy con un respaldo ciudadano equivalente al que consiguió en primera vuelta, al menos así lo miden las encuestas. Eso es la mitad de lo que se necesita para representar a la mayoría.

Para actuar seriamente ante esa situación hay que reflexionar por qué el apoyo adicional que consiguió Boric para alcanzar la Presidencia, llegó, miró y se fue.

Hay un motivo externo y otro interno. El motivo externo es que el estallido abrió un camino, el acuerdo político le dio cauce y la Convención lo dilapidó todo en un año. El maximalismo produjo la reacción mayoritaria en contra y ya no quedó “pueblo” del cual sentirse representante de vanguardia. La ola entró en reflujo.

La razón interna es que este no es un Gobierno que llegue al poder de la mano de una plataforma amplia que le diera soporte, al revés, es un Gobierno que ganó -ante la falla de todos los demás- y que ha buscado dotarse de un soporte de respaldo una vez que ganó. Consiguió los socios, pero no la coherencia en la acción.

El aceite y el vinagre pueden estar en el mismo plato, pero no se mezclan. Cuando difieren con insistencia, se descubre que no es cierto que “en el camino se arregla la carga”. La solución no ha sido confluir, solo repartir los favores a uno y otro lado. Al Socialismo Democrático se le entrega parte importante de las tareas de gestión, a Apruebo Dignidad los gestos simbólicos que dan identidad.

Buscando el equilibrio se llega a situaciones en extremo confusas. Así, a punto de cerrar el acuerdo en seguridad, se pueden otorgar indultos terriblemente mal ejecutados. El resultado es que se consigue que todos queden descontentos y se avanza poco, producto de la constante oscilación.

Esta es la razón de por qué habrá dos listas. Una lista favorece al socio más débil, pero ahuyenta a la mayoría, por lo que todos pierden. En las coaliciones oficialistas es unánime la voluntad de apoyar al Gobierno hasta el último día, sólo que algunos no quieren que ese sea, además, el último día de la centroizquierda como alternativa válida para Chile.

*Víctor Maldonado es analista político.

Víctor Maldonado

Analista político

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