Un recurso bastante utilizado en ciencia ficción es que, terminada una creación horripilante o tenebrosa, ésta se vuelve contra su creador. Pasa en Jurassic Park, pero también en la joya de Kubrick, 2001: Odisea del Espacio, cuando el computador HAL 9000 intenta matar a la tripulación de la nave Discovery cuando quieren abortar misión (“porque la misión es más importante que los miembros de la misma”), y por supuesto, le sucede también al Dr. Frankenstein luego de crear un monstruo de dos metros y medio, sin alma ni conciencia, en base a órganos de cadáveres. ¿Qué podría salir mal?

Y bueno, como muchas veces la realidad supera la ficción, algo similar está sucediendo en la Convención. El sistema político —curiosamente, también armado a partir de restos de cadáveres, sin mucha conexión entre sí— es una amenaza latente, no sólo contra la misma Convención, sino contra la democracia nacional.

Desde los inicios, muchos constituyentes se inclinaron por mantener el sistema presidencial —en desmedro de un sistema parlamentario, o de uno semi-parlamentario— aunque atenuado: se veía con malos ojos el presidencialismo “algo excesivo” existente en la actualidad, ya que el Jefe de Estado y de Gobierno tiene iniciativa legislativa exclusiva en muchos temas, maneja las urgencias e interviene activamente en el debate. De hecho, en clases de Derecho Constitucional, los novatos aprenden que el Ejecutivo es “colegislador”. Y es verdad.

Sin embargo, al igual que en la Odisea del Espacio, la travesía de la Convención —turbulenta a ojos de todos, menos de los mismos convencionales, que parecen vivir en un microclima— ha hecho que la propuesta tome vida propia y se vuelva contra los deseos e intereses de los propios constituyentes.

Me explayo: por estos días se vota un nuevo informe de la comisión de Sistema Político, que —aunque le debería otorgar más atribuciones a la Cámara de las Regiones— mantiene su naturaleza: sigue siendo un órgano inferior, que no forma parte del Congreso (por algo se habla del Congreso de las Diputadas y Diputados, dejando a esta cámara secundaria fuera); es decir, “arroz graneado”, por más aliño que le intenten poner. Y esta mezcla de presidencialismo con unicameralismo lleva a dos extremos, ambos indeseables, y ambos alejados del presidencialismo atenuado que se buscaba.

En el nuevo juego del poder que nos propone el sistema político impulsado por la Convención, la jugada maestra consiste en conseguir dominar el Congreso de los Diputados, para lo que sólo necesita mayoría simple. Si el Presidente de la República la consigue, podrá hacer lo que quiera: aprobar fácil y rápidamente sus leyes, asegurar los nombramientos “de Estado” (puede nombrar a un Contralor de su agrado con apenas dicha mayoría simple) e incluso vetar aquellas leyes que no le parezcan. Si maneja la mayoría, el Congreso de Diputados no insistirá en un proyecto previamente aprobado, y por tanto, no habrá ley. Así, este modelo está lejos de ser un presidencialismo atenuado: es un hiperpresidencialismo, mucho más radical que el actual, ya que el Ejecutivo deja de tener gran parte de los frenos y contrapesos que hoy existen en la Constitución. Y este escenario no es poco probable, considerando una propuesta que está dando vueltas por la Convención: trasladar la elección parlamentaria a la segunda vuelta, para conseguir más apoyo en el Congreso para el Presidente electo. Brillante, ¿no?

Ahora, ¿qué pasa si, por el contrario, el Presidente no logra conseguir esa mayoría simple en el Congreso unicameral? En ese caso está frito. No podrá hacer prácticamente nada, y terminará a merced de las Diputadas y Diputados. Ellos podrán, incluso, presentar proyectos que hoy son de iniciativa exclusiva del Ejecutivo, para presionar así y conseguir el patrocinio de éste. Y si el Presidente no está conforme con un proyecto que ha acabado su tramitación, podrá ejercer su derecho a veto, pero el mismo Congreso podrá fácilmente insistir en su proyecto ya aprobado. Es decir, no habrá presidencialismo, sino parlamentarismo de facto.

Podría terminar esta columna diciendo que la Convención es una suerte de Frankestein (recordemos que dicho apellido, en la novela de Mary Shelley, pertenece al creador, y no al monstruo), pero sería demasiado obvio. Prefiero decir, en cambio, que el devenir de la Convención se parece cada vez más a la Odisea del Espacio de Kubrick, y que obviamente puede terminar tan mal como aquella, en medio de pasajes psicodélicos, enrevesados y sin mucha lógica. La propuesta de sistema político genera una constante tensión entre dos polos, ambos fatales y catastróficos para el devenir de un país con tradición presidencialista como es Chile. Ni el parlamentarismo de facto ni el hiperpresidencialismo son buenas recetas para esta angosta y larga franja de tierra, pues ambos generan una inestabilidad que se puede convertir en el peor de los fantasmas para un sistema político: el de la ingobernabilidad.

*Roberto Munita es abogado.

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