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Publicado el 31 de diciembre, 2016

2016, el fin de un año curioso

Profesor de la U. San Sebastián y la UC. Director de Formación del Instituto Res Publica. Director general de "Historia de Chile 1960-2010" (USS). Alejandro San Francisco
Las dificultades en el camino, lejos de desanimar a los líderes políticos y a los pueblos, deberían ser alicientes para ponerse a la vanguardia de las ideas.
Alejandro San Francisco Profesor de la U. San Sebastián y la UC. Director de Formación del Instituto Res Publica. Director general de "Historia de Chile 1960-2010" (USS).
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Se acaba un año que fue, a lo menos, bastante curioso. Lo interesante es que los acontecimientos -complejos, contradictorios, impensables- cruzaron todo el mundo, llenaron los noticiarios, tuvieron análisis del más diverso tipo y nos permiten concluir el 2016 sin tener la claridad que quisiéramos para comprender qué está pasando.

Durante este año España estuvo sin gobierno durante muchos meses, en una situación que mezclaba la novedad con la continuidad, sin que pareciera vivirse una crisis mayor. A pesar de las contradicciones entre los partidos y sus líderes, la negativa a avanzar en la resolución del conflicto, y en medio de un escenario novedoso, como no se conocía desde el retorno de la democracia, finalmente se impuso la alternativa de Mariano Rajoy. Sin embargo, con dos grandes diferencias respecto a su posición anterior. La primera es la precariedad relativa del mandato, considerando que no goza de una mayoría clara y que se podría adelantar el llamado a próximas elecciones. La segunda novedad es el peso específico que han ido adquiriendo las nuevas agrupaciones políticas, como Ciudadanos y Podemos, que con seguridad se consolidarán en los próximos años y con las cuales habrá que debatir, confrontar programas y disputar elecciones. Todo, menos ningunearlas como si no existieran.

Otro suceso imprevisto se produjo en Estados Unidos, el país más poderoso del mundo, y la figura central de la historia fue Donald Trump, hoy Presidente electo de la superpotencia. Durante gran parte de la campaña, el candidato republicano fue hostilizado por la prensa, tuvo una oposición internacional bastante extendida y generó más anticuerpos que cualquier otro candidato presidencial anterior. Al frente tenía a Hillary Clinton, quien también tenía una gran oposición en su contra, aunque la gran mayoría de los análisis la daban por ganadora. Quizá contra todo pronóstico, Trump finalmente triunfó y desde enero próximo será el Presidente de Estados Unidos. Se le podrá apoyar o contradecir, pero no se le deberá menospreciar en modo alguno, como lo hicieron equivocadamente tantos durante la campaña de 2016.

El tercer caso que se podría mencionar fue el del plebiscito en Colombia, un ejemplo típico de campaña en la que parecía haber una sola opción, por lo demás bastante obvia: la paz. La situación es curiosa, considerando que la paz es un bien universal al que prácticamente nadie se opone, como ocurría también en el caso colombiano. El problema de fondo era que anhelaban la paz tanto los partidarios del Presidente Santos como los del ex Presidente Uribe. El problema no es una contradicción en este punto. La razón de la disputa era que el acuerdo del Gobierno de Santos y las Farc, patrocinado por la dictadura de Raúl Castro, consagraba una serie de derechos y prerrogativas para los antiguos terroristas, generaba nuevos impuestos y alteraba sustancialmente el mapa político del país. Al defender el “Sí”, no quedaba claro cuál era realmente el significado de la paz, situación que cambió radicalmente cuando triunfó el “No”. Esto no significaba el regreso a la guerra, sino una nota de alerta contra el mecanismo de resolución del conflicto y sus implicancias. En otras palabras, el “Sí” corría solo, pero el “No” en el plebiscito recordó a los colombianos, y a otros en el mundo, que la política es una actividad seria y muy compleja, que requiere matices, y también permitió comprobar, una vez más, que no hay que celebrar anticipadamente las victorias electorales.

A todos estos ejemplos se podrían sumar otros acontecimientos que marcaron la agenda internacional, en diferentes ámbitos. Quizá el más notable fue la muerte de Fidel Castro, el 25 de noviembre pasado. Después de casi cinco décadas como dictador de Cuba, delegó el poder en su hermano Raúl. Esto permitió retrotraer las miradas a los conflictos y revolucionarios de los años 60, cuando el ejemplo cubano y la utopía de la revolución se enseñoreaban por todas partes. En ese entonces, desde distintos lugares de América Latina surgieron voces que llamaban a la revolución, exigían cambios radicales y denunciaban las injusticias de la sociedad burguesa y la acción del imperialismo. Es verdad que el Fidel de entonces se parecía poco al que falleció este año, pero la historia es la misma y también lo son sus actores, aunque los tiempos han cambiado: la Guerra Fría es parte del pasado y son pocos los dispuestos a irse a la sierra a hacer la revolución.

Estos son algunos casos que han ocurrido en un solo año y que tienen algo de excepcionales, imprevistos, curiosos. El tema de fondo es que tal vez debamos acostumbrarnos a este tipo de situaciones, considerando que la política es cada día más compleja y que la democracia tiene tanta adhesión teórica como desinterés práctico, e incluso contradicciones internas que será necesario resolver o, al menos, considerar seriamente. En otras palabras, la situación de constante escrutinio público hacia las autoridades, la complejidad del ejercicio del poder político o el desprestigio creciente de los partidos son elementos que hay que considerar como parte de la ecuación, y no simplemente como manifestaciones externas y excepcionales de problemas específicos.

Es necesario volver a pensar casos como los arriba mencionados. Después de todo el interés por una sociedad sana y que promueva el progreso social es una vocación compartida. Las dificultades en el camino, lejos de desanimar a los líderes políticos y a los pueblos, deberían ser alicientes para mejorar el trabajo, para superar los obstáculos y para ponerse a la vanguardia de las ideas y de las acciones de bien público.

Si hay algo claro después de un año como este, es que las complejidades se mantendrán en la vida pública y que hacia el futuro la situación debería tender a mostrar otras originalidades políticas o electorales. Enfrentarlas de manera adecuada distinguirá al político de talento, al estadista, de aquellos que simple y accidentalmente subieron en las elecciones o aumentaron su influencia, pero que no están llamados a la hermosa tarea de servir a sus países.

 

Alejandro San Francisco, historiador, columna publicada en El Imparcial, de España

 

 

 

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