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Publicado el 08 de diciembre, 2016

2016, ¿Año de la Productividad?

¿Por qué la economía chilena disminuye su crecimiento si a nivel mundial éste se mantiene en torno a 3%? La respuesta siguen siendo las reformas del Gobierno.
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La llegada de Rodrigo Valdés al gabinete hace ya 17 meses fue motivada en parte importante por el objetivo de dar una señal positiva en términos de crecimiento económico. La señal se dio, el nombramiento fue muy bien evaluado, pero el resultado esperado todavía no llega. De hecho, el crecimiento en 2016 ha sido más bajo que el de 2015; vamos de menos a peor.

En los 10 primeros meses del año en curso el Imacec acumula una expansión de 1,6%, en comparación con un 2,4% en los diez primeros meses del año pasado. Si bien el comportamiento de la minería explica parte de este resultado, el crecimiento no minero también se ha desacelerado, de un 2,6% a un 2,1%. No sólo no hay “aires primaverales”, sino que la actividad no minera se estabiliza en una tendencia de 2%. El resultado es preocupante si consideramos que 2016 fue definido como el Año de la Productividad por el Gobierno, siendo poco probable que la productividad total de factores registre un crecimiento positivo en el año.

¿Por qué la economía disminuye su crecimiento si, a pesar del ruido político, el crecimiento mundial se ha mantenido en torno a 3% y se espera una leve mejoría para 2017? La respuesta sigue siendo la agenda de reformas estructurales del Gobierno, que no logra ser compensada con algunos tímidos avances en la llamada Agenda de Productividad, Innovación y Crecimiento. Es efectivo que las reformas tributaria y laboral ya fueron aprobadas, y en ese sentido se ha despejado la incertidumbre regulatoria en esos campos. Sin embargo, lo aprobado fue claramente negativo en términos de productividad futura. Las reformas tributaria y laboral no sólo tienen efectos negativos de corto plazo, también generan un daño de largo plazo de menor crecimiento.

También es efectivo que el país sigue sufriendo los efectos del fin del boom de los commodities, que durante una década permitió ocultar en algún grado el problema de una productividad bastante menos dinámica, que se arrastra ya por casi veinte años. Probablemente, aún sin las reformas negativas de este Gobierno, nos habríamos encontrado con una disminución del ritmo de crecimiento de tendencia a niveles cercanos o inferiores a 4%. Las reformas han reducido esa cifra entre 1 y 2 puntos porcentuales, lo que acumulado en el tiempo tiene un costo muy significativo en términos de bienestar perdido para la población.

Pero no sólo la agenda de reformas daña las expectativas. Se ha ido sumado el creciente desorden dentro de la Nueva Mayoría, el “sálvese quien pueda” frente a un Gobierno altamente impopular y la incertidumbre proveniente de una nueva administración, que enfrentaría un contexto legislativo muy complejo, ya sea para seguir avanzando en reformas anti-mercado o para intentar corregir reformas mal hechas durante esta gestión.

En definitiva, si hubiera que hacer una apuesta, una recesión no parece un escenario probable, pero crecimientos del PIB en torno a 2% llegaron para quedarse por un tiempo, mientras no se logre construir un consenso político más amplio acerca de cuáles son las bases sobre las que debe sustentarse el desarrollo futuro del país. Sin duda el crecimiento les gusta a todos, pero existe una enorme dispersión en las recetas para lograrlo.

 

Cecilia Cifuentes, Investigadora Asociada Centro de Estudios Financieros ESE Business School

 

 

FOTO: JUAN GONZALEZ/ AGENCIAUNO

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