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Publicado el 31 de diciembre, 2015

2015: un buen año para Chile

La sociedad chilena despertó de un prolongado letargo marcado por una relación extremadamente vertical, asimétrica y poco vinculante entre la ciudadanía, sus representantes y las instituciones públicas y privadas.
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La opinión generalizada de los principales actores del mundo político y económico es que el año que está por terminar ha sido uno de los más malos para el sistema político y para el mercado chileno desde el retorno a la democracia. Si bien los resultados de las encuestas de opinión y las cifras de los indicadores económicos avalan los análisis negativos, al aislar los factores coyunturales que alimentan esa percepción, cabría concluir, contrario sensu, que el 2015 fue un gran año para Chile.

En un solo concepto, podríamos definir que este fue un período en que la sociedad chilena despertó de un prolongado letargo marcado por una relación extremadamente vertical, asimétrica y poco vinculante entre la ciudadanía, sus representantes y las instituciones públicas y privadas.

Las investigaciones por financiamiento irregular de campañas políticas, donde aparecen involucradas autoridades de distintos sectores (incluso un ex senador fue condenado), el destape de nuevos casos de colusión y la respectiva condena social, el uso intensivo de las redes sociales, el rol fiscalizador que han asumido los medios de comunicación de un tiempo a esta parte, y una ciudadanía más activa en la defensa de sus derechos, son factores que han terminado por socavar la postura pasiva y hasta sumisa de la sociedad civil frente a la elite política y empresarial.

Atrás quedaron –de forma irreversible, a mi juicio- los tiempos de la opacidad en Chile, donde las decisiones relevantes para el país se adoptaban de espaldas a la ciudadanía, en reuniones o encuentros herméticos en que muchas veces se pactaban acuerdos que defendían intereses particulares por sobre el interés general de la nación.

En el Chile del 2015 sería impensado, por ejemplo, que un caso como el fraude a la empresa estatal de Ferrocarriles ocurrido en la década anterior -que involucró incluso al pariente de una importante autoridad política-, quede con sus principales protagonistas sin sanción alguna. Es tal la capacidad de escrutinio y fiscalización que tienen en la actualidad los medios de comunicación y la ciudadanía, que resulta muy difícil para quien lo pretenda, ocultar actos o situaciones irregulares sin que estas se ventilen públicamente.

Así los han podido comprobar este año los dueños de los principales grupos económicos, los máximos líderes de los partidos políticos, la jerarquía de la Iglesia Católica, los timoneles del fútbol y hasta la propia Presidenta Bachelet y su familia. Prácticamente ningún actor relevante del ámbito público ha quedado fuera de este control intensivo que está llevando a cabo la sociedad civil.

Esto, lejos de suponer una profunda crisis institucional, como han planteado algunos, parece ser el comienzo de una nueva fase para el país; proceso que si las autoridades del sector público y privado son capaces de encausar adecuada y oportunamente, supone una gran oportunidad para avanzar hacia una sociedad más evolucionada, tanto en términos de desarrollo material como humano.

El Chile del 2015 deja grandes lecciones y aprendizajes que debemos tener la capacidad de procesar de manera realista. El estado actual de la economía, y la desafección de la ciudadanía hacia las instituciones y autoridades políticas y empresariales se puede revertir si se adoptan las medidas correctas. Lo que ya no se puede revertir es que la sociedad chilena cambió -especialmente este año-, y para bien. La elite aún parece no comprender esta profunda transformación, y el 2016 es el momento para que lo asuma definitivamente.

 

Carlos Cuadrado, periodista.

 

 

FOTO: JONAZ GOMEZ/SANTIAGO

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