El filósofo y jurista francés Montesquieu, líder de la Ilustración, sostuvo que “cuanto menos piensa el hombre, más habla”. Las celebraciones del tercer año del mal llamado estallido social han dejado claro que hay una parte de la clase política que habla mucho, sobre todo eslóganes irreflexivos; piensa poco, si es que lo hace; y al actuar, permite que las decisiones sean por emoción y no por la razón. El 18 de octubre de 2019, lo que se vio en las calles, a pesar del innegable y evidente malestar del chileno común y corriente con ciertas injusticias de la sociedad, no fue una demostración espontánea de ello, sino una planeación estratégica e inteligente de la izquierda radical para refundar un país cuya realidad no les acomoda ni les es útil a sus intereses, amén de ser una prueba visible de la incompetencia de las políticas añejas y fracasadas de la izquierda, como lo demuestran la situación de venezolanos, argentinos y cubanos entre otros.

Por supuesto que los partidos políticos, de todos los bandos, aprovecharon el desorden imperante de hace tres años para promover sus propias agendas, donde con más o menos matices se trataban de elevar necesidades de la población, disfrazadas de políticas públicas y promover una nueva constitución, donde el triunfador sería el poder político y el perdedor el bienestar ciudadano. El problema es que tanto el Partido Comunista como el Frente Amplio llevaron dicha agenda al paroxismo y el pueblo terminó por desechar dichas ideas por amplia mayoría el último 4 de septiembre.

El análisis numérico de la situación de Chile, previo y post estallido, es elocuente, y permite afirmar sin rastro de equivocación que la situación empeoró conspicuamente. El valor del dólar, que afecta cerca de la mitad de los precios de nuestra canasta básica, no deja de subir. En efecto, la cotización del dólar pasó de los $713 el día antes del “estallido” a los $970 actuales, y ello a pesar de que el cobre subió fuertemente en el mismo periodo.  Algunos podrán decir que esto ha sucedido en muchos países de la región, pero lo cierto es que la devaluación del peso respecto de una canasta de monedas latinas en este periodo ha sido superior al 70%.

La inflación, que bordeaba a fines de septiembre del 2019 el 2,1% anual, hoy se empina cerca del 13,7%. Y a pesar de que la inflación es un fenómeno internacional, lo cierto es que una parte no menor es causa directa de la irresponsabilidad de nuestra clase política para aprobar el retiro de los fondos de pensiones y los IFE (ingreso familiar de emergencia) universales, tal cual lo advirtiera el Banco Central en su época. Todo lo cual, además, causó un incremento notable en las tasas de crédito hipotecario, haciendo imposible el anhelado sueño de la casa propia para los chilenos más vulnerables.

Los salarios de los chilenos, que hasta antes del saqueo y el vandalismo crecían un 4,4% anual por sobre la inflación, hoy están casi 3% por debajo de ésta. Y si a lo anterior le agregamos la pérdida de puestos de trabajo, entonces la situación laboral de muchos chilenos ha empeorado evidentemente. No es casualidad que el nivel de pobreza estimado para Chile por el Banco Mundial en el 2022 se eleve a 10,5%, tres puntos por sobre la última lectura antes de la revuelta. Es decir, cerca de 600 mil chilenos pasaron a la pobreza, y aunque el COVID también ayudó, las políticas públicas post estallido solo han agravado el problema en vez de amainarlo.

Para qué hablar del tema seguridad ciudadana, donde parte del oficialismo en Chile romantizó con el vandalismo y el saqueo porque les era funcional a sus intereses de derribar a un gobierno de derecha democráticamente electo, y hoy no saben cómo, o no les interesa, controlar a esos violentistas que les ayudaron a conseguir su mezquino y ruin objetivo.  Jean Paul Sartre, filósofo y escritor francés del siglo XX, sostuvo: “La violencia, sea cual sea la forma en que se manifieste, es un fracaso.” El fracaso de este Gobierno es obvio, y no tan solo en el plano electoral, sino que en lo más básico de nuestro diario vivir; ha sido incapaz de mejorar las condiciones de vida de los chilenos que azuzó a manifestarse en el estallido social, que devino luego en delictual y vandálico el 18 de octubre de 2019. 

*Manuel Bengolea es estadístico de la PUC y MBA de Columbia.

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