Publicado el 09 de marzo, 2020

Reformistas y rupturistas: Las dos almas de la izquierda que se encontrarán en la nueva mesa de la Cámara de Diputados

Autor:

Sebastián Edwards

Las diferencias históricas entre un sector “moderado” ligado al trabajo realizado por la Concertación y una izquierda más dura, se remontan desde el retorno a la democracia en 1990. Posturas que se han polarizado y han quedado plasmadas en cartas y declaraciones, tras el 18-O. Estas dos almas enfrentarán un nuevo desafío: liderar la mesa de la Cámara de Diputados. Mientras la DC tiene el cupo para la presidencia, una de las vicepresidencias estará en manos del PC.

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Sebastián Edwards

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El pasado miércoles la bancada de la Democracia Cristiana realizó una votación en la que sus diputados debían decidir quién sería su carta para presidir la mesa de la Cámara Baja. Seis votos para Gabriel Silber, seis para Víctor Torres y uno en blanco, fue el resultado que obligó a los parlamentarios a agendar una nueva elección para mañana martes.

En un sector de la colectividad dicen mostrarse optimistas ante un eventual liderazgo de la DC en la mesa, pero advierten sobre la importancia de encontrar puntos de acuerdo en las tareas legislativas del año. Ante esto, el diputado Miguel Ángel Calisto muestra su inclinación por Gabriel Silber. “Es alguien más dialogante, Víctor Torres es alguien más de convicciones, por ende, sabemos que tiene una postura más de centro izquierda”, señala.

Por su parte, el diputado Jorge Sabag sostiene que la mesa debe tener “una actitud negociadora que esté por sobre la contingencia, pero no una plataforma para provocar más división, sino que unidad”. Y agrega que “estamos entre Torres y Silber y los dos han dicho que van a dar garantía de eso”.

Hay un problema de dos culturas. Una reformista y otra de rebelión, de aceptación incluso de la violencia como un medio en la política”, señala el ex ministro José Joaquín Brunner.

Si bien en la DC confían en que sus cartas buscarán fortalecer los acuerdos, tienen en cuenta que tendrán que compartir la mesa junto al Partido Comunista, colectividad a la que le corresponde una vicepresidencia. A pesar de que el trabajo que llevarán adelante es más bien de carácter administrativo, las diferencias ideológicas e históricas entre ambos se podrían materializar en la corporación.

Estas distinciones volvieron a ser notorias en la madrugada del 15 de noviembre de 2019 en plena crisis de violencia, luego de que la Democracia Cristiana y la mayoría de la oposición- en conjunto con Chile Vamos- firmaran el acuerdo político por la paz, por la justicia y por una nueva Constitución. Esa noche el partido liderado por Guillermo Teillier optó por no sumarse a la mayoría de las fuerzas políticas y terminó acusando el hecho como parte de una “cocina” y de “espalda a la ciudadanía”. Similar postura que tomó un sector del Frente Amplio.

Sobre las diferencias dentro de la izquierda, que en los últimos meses se han intensificado, opina el ex ministro José Joaquín Brunner: “Hay un problema de dos culturas. Una reformista y otra de rebelión, de aceptación incluso de la violencia como un medio en la política”. 

Lo que diferencia a los dos sectores es que hay un sector de la izquierda que no tiene ninguna predisposición a buscar acuerdos con la derecha”, analiza Max Colodro.

Las palabras del ex titular de la Segegob durante el gobierno de Eduardo Frei Ruiz-Tagle muestran que en la actualidad la violencia se ha convertido en un factor de división en la izquierda. La semana pasada, más de 200 ex figuras de la ex Concertación firmaron una carta llamando a un “urgente” Acuerdo Nacional por la violencia. “Las fuerzas políticas y sociales democráticas deberían partir de nuestra historia reciente y reflexionar sobre la conveniencia y oportunidad de un Acuerdo Nacional, pensar la política como arte de encontrar puntos de entendimiento en pro del bien superior de Chile y su pueblo. Ya hay demasiado odio y desconfianza, es hora de ponerles fin y evitar un lacerante enfrentamiento”, dice la carta firmada, entre otros por José Antonio Viera-Gallo, Mariana Aylwin, Juan Carlos Latorre, Soledad Alvear, Felipe Harboe (PPD) y José Miguel Insulza (PS).

Días después, unos 150 dirigentes, entre parlamentarios y militantes de la DC, PS, PC y Frente Amplio, entre otras figuras, respondieron a la ex Concertación por medio de una misiva, en la que afirmaban que “un ‘acuerdo nacional’ entre una representación política oligarquizada y en crisis, no constituye un camino viable para dar cuenta de las demandas sociales, ni de reconocimiento y participación política como las que se han expresado a partir del movimiento del 18 de octubre”.

Revivían así, de manera epristolar las dos almas del sector. Según explica el propio Brunner, “desde la recuperación de la democracia, la Concertación era partidaria de un camino y el Partido Comunista y la izquierda ultra eran partidarias de otro camino”.

Espero se vean las diferencias (en la nueva mesa de la Cámara), porque existen y son profundas. En especial sobre el carácter universal de los derechos humanos, donde la DC tiene una historia que mostrar y el PC otra harto más compleja”, subraya el ex ministro y ex diputado DC, Jorge Burgos.

Agrega que “a lo largo de los años de la Concertación siempre hubo un sector que hubiese preferido no ir en una transición gradual acompañada con crecimiento económico, sino que con una especie de ruptura institucional y eso vuelve a repetirse ahora”. Y asegura que “hay una diferenciación dentro de la oposición de izquierda entre una visión que yo llamaría afirmatoria de la democracia social demócrata que valora las libertades liberales, es decir, una posición reformista y al lado de eso ha existido siempre una izquierda revolucionaria que quisiera ver una ruptura del orden democrático, que no cree en el fondo en la democracia liberal que quisiera sustituir esto por lo que antiguamente se llamaba socialismo de tipo socialismo que existía en la Unión Soviética que ahora es impresentable”.

En este mismo sentido, el analista político, Max Colodro, remarca que “lo que diferencia a los dos sectores es que hay un sector de la izquierda que no tiene ninguna predisposición a buscar acuerdos con la derecha, considera que eso siempre, por principio, es una cuestión mala y negativa”.

La mesa va a ser compartida por partidos que no son aliados, que han tenido muchas votaciones o posiciones diferentes y que si bien compartieron el segundo gobierno de la ex Presidenta Bachelet, después se distanciaron”, subraya el ex ministro José Antonio Viera-Gallo.

Explica: “En la centroizquierda hay dos almas y esto tiene que ver con, primero: el diagnóstico que se hace sobre cuáles son las causas de la violencia. Segundo: la necesidad de contextualizar y de dar cierto piso de legitimidad a la violencia o no rechazarla y dejarla más bien como una respuesta a las desigualdades o a las injusticias”.

Sobre cómo esta división puede afectar la dirección de la mesa de la Cámara, el ex ministro, ex senador y ex presidente de la Cámara, José Antonio Viera-Gallo (PS), no cree que afecte en su accionar. Pero, de todos modos, remarca que la testera “va a ser compartida por partidos que no son aliados, que han tenido muchas votaciones o posiciones diferentes y que si bien compartieron el segundo gobierno de la ex Presidenta Bachelet, después se distanciaron”.

Para el ex ministro y ex diputado DC, Jorge Burgos las diferencias que se verán en esta nueva mesa son concretas. “Espero se vean las diferencias, porque existen y son profundas, en especial sobre el carácter universal de los derechos humanos, donde la DC tiene una historia que mostrar y el PC otra harto más compleja”.

Asimismo, el diputado DC, Jorge Sabag, entrega su visión sobre las diferencias entre la izquierda social demócrata y la “izquierda más dura”. “Hay una izquierda que claramente quiere volver a las ideas del pasado, a las ideas estatistas que fracasaron en todas partes del mundo y lo presentan como algo novedoso o algo nuevo. La verdad es que son ideas que están archi probadas que no han funcionado”.

Frente a este último punto, advierte que tiene el “temor” de que la participación activa del Partido Comunista en la dirección de la Cámara Baja “sea utilizado como una plataforma para polarizar aún más”.

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