Publicado el 31 diciembre, 2020

Juan Ignacio Brito: El desorden internacional en 2021

Autor:

Juan Ignacio Brito

En la medida en que las grandes potencias comiencen a superar la pandemia, es muy posible que vuelva la competencia entre ellas por definir su lugar en un ambiente internacional en transición y peligroso. Cómo lo hagan dependerá de si quieren asegurar sus intereses de manera defensiva u ofensiva. 

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Juan Ignacio Brito

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En 1959, Kenneth Waltz publicó El hombre, el Estado y la Guerra, un libro donde resumía su tesis doctoral y establecía las tres “imágenes” a las que recurren los expertos para analizar la política internacional y las causas de la guerra: el hombre, el Estado y el sistema. Sesenta y dos años después, las expectativas globales se concentran en un hombre: Joe Biden. Hay quienes ven en él la esperanza de volver a un mundo armonioso, donde la cooperación deje atrás la competencia y el cosmopolitismo postergue los afanes nacionalistas que caracterizaron a su predecesor.

Suele decirse que el presidente de Estados Unidos es el hombre más poderoso del mundo. Aunque sea cierto (probablemente ya no lo es), eso no lo convierte en un alquimista. Waltz lo tenía claro y lo dijo con todas sus letras. En su clásico Teoría de la Política Internacional (1979), explicó que lo que realmente importa al examinar la conducta de los actores internacionales no es la personalidad de un líder particular ni la conformación interna de un Estado, sino la manera en que el poder está distribuido entre las potencias relevantes del sistema.

Probablemente, el liderazgo más amigable de Biden haga de esta competencia algo menos rudo. Pero no hay que equivocarse: como todo líder, el nuevo presidente norteamericano está obligado a promover el interés nacional de su país”.

Así que, más allá de lo que Joe Biden, Xi Jinping, Narendra Modi, Vladimir Putin, Angela Merkel, Boris Johnson, Emmanuel Macron o Yoshihide Suga puedan hacer y deshacer y del sistema político que impera dentro de sus países, cuando se observa la política internacional lo que hay que distinguir son las tendencias de poder en el mediano y largo plazo al interior del sistema. Y lo que estas sugieren hoy es que ya desde hace unos años el sistema internacional se encuentra en una transición cada vez más pronunciada en lo que se refiere a la forma en que se distribuye el poder en él. Un cambio desde la unipolaridad que caracterizó la última década del siglo pasado y la primera de este hacia una multipolaridad de consecuencias inciertas, donde varias potencias se relacionan competitivamente sin haber creado todavía un modo de convivencia satisfactorio que garantice la paz.

Como ocurre en toda transición, el período por el que atravesamos supone peligros. Hay muchas cuestiones no resueltas y países importantes que buscan un lugar propio en un esquema que no termina de cuajar. Tampoco existe nadie con el suficiente poder para rayar la cancha y definir cuáles serán las normas de convivencia por las que todos aceptarán regirse. O sea, vivimos en un desorden internacional.

Cuando, por el contrario, impera un orden internacional, todos saben a qué atenerse, incluso aquellos que están insatisfechos con él. Las reglas, explícitas o implícitas, son evidentes y legítimas, y las grandes potencias están dispuestas a hacerlas cumplir, incluso por la fuerza si es necesario. La paz está más o menos asegurada. 

Hoy, en cambio, nada de eso resulta claro. Las normas de convivencia no están definidas con claridad. En un ambiente así, donde cada cual se rasca con sus propias uñas, puede haber malentendidos, roces y agresiones. El mundo es un sitio peligroso.

La pandemia de 2020 dejó en evidencia la falta de ese orden. Las “guerras” por los ventiladores y vacunas constituyen una manifestación del desorden internacional que impide organizarse. Sin embargo, la pandemia también ha servido para congelar por un tiempo la competencia entre las potencias por encontrar una posición de poder que les satisfaga en este reacomodo geopolítico general que está teniendo lugar entre ellas. En la medida en que la pandemia comience a ser superada gracias a la aplicación de las vacunas, la competencia por el posicionamiento debería volver a cobrar protagonismo.

Probablemente, el liderazgo más amigable de Biden haga de esta competencia algo menos rudo. Pero no hay que equivocarse: como todo líder, el nuevo presidente norteamericano está obligado a promover el interés nacional de su país. Sin duda observará que Estados Unidos enfrenta amenazas importantes: el surgimiento de una China cada vez más agresiva que proyecta su influencia en Asia Oriental, África e incluso en el patio trasero norteamericano; la rivalidad notoria entre Turquía, Arabia Saudita e Irán en el Medio Oriente; el nacionalismo en auge de una Rusia rebelde. Biden ha señalado que dejará de lado la estrategia de “Estados Unidos primero” de su predecesor y buscará revitalizar las alianzas en las que participa EE.UU.. Eso deja claras dos cosas: primero, que el nuevo presidente de Estados Unidos reconoce las limitaciones del poderío norteamericano, incapaz de enfrentar por sí solo las amenazas de seguridad que se levantan en el horizonte próximo; segundo, que esas amenazas existen y deben ser encaradas.

Como ocurre en toda transición, el período por el que atravesamos supone peligros. Hay muchas cuestiones no resueltas y países importantes que buscan un lugar propio en un esquema que no termina de cuajar”,

Biden sabe que entra al gobierno en medio de un mundo peligroso. China ya no se limita a perseguir el crecimiento económico, sino que busca reafirmar su presencia en Asia Oriental y proyectar globalmente su poder e influencia económica, política y militar. Beijing no consiente más el rol de hermano menor y está dispuesto a hacer valer su nuevo estatus de superpotencia. Algo parecido ocurre con la Rusia de Putin, que no está dispuesta a aceptar el papel de reparto que Washington quiere asignarle desde el fin de la Guerra Fría. India, por su parte, encuentra una voz propia y quiere dejarse oír y hacerse respetar. Otros países, como Corea del Sur y Japón, entienden que ya no pueden confiar a ciegas en el paraguas protector norteamericano, por lo que están desarrollando capacidades militares propias. En el Medio Oriente, las relaciones cada vez más hostiles entre las potencias regionales garantizan la existencia de conflicto, mientras que Europa pierde preponderancia en el tablero geopolítico global, pero aún mantiene cuotas de poder considerables. 

El mundo que describió Waltz es uno donde las potencias actúan de manera defensiva. De ser así, sería posible minimizar el conflicto a través de una diplomacia asertiva y un balance de poder relativamente manejable. Sin embargo, también es probable que, en la nueva distribución de poder que está emergiendo, los países relevantes no actúen solo guiados por un defensivo espíritu de supervivencia, sino que más bien busquen consolidar una posición hegemónica de poder, como explicó el teórico Robert Mearsheimer a principios de este siglo. Según él, las potencias no se contentan con defender su interés nacional, sino que entienden que la mejor y única manera de garantizar su seguridad es pasar a la ofensiva y hacerse hegemónicas. El mundo descrito por Mearsheimer es harto más desagradable, cruel y peligroso que el esbozado por Waltz. En 2021 empezaremos a dilucidar cuál de los dos tenía razón.

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