Publicado el 24 de enero, 2020

Harald Beyer: «Hay un resurgimiento del anarquismo radical que ha debilitado a las nuevas izquierdas»

Autor:

Sebastián Edwards

El ex ministro de Educación y actual rector de la Universidad Adolfo Ibáñez, participó en la presentación del libro «La democracia necesita defensores: Chile después del 18 de octubre (Ediciones El Líbero)» del analista Sergio Muñoz, instancia en la que junto al ex ministro de Justicia, Isidro Solís, analizaron las causas y el debilitado rol de las instituciones en medio de la crisis social. «Es evidente que en Chile estaban operando grupos anarquistas», afirmó.

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El ex ministro de Educación y actual rector de la Universidad Adolfo Ibáñez, Harald Beyer, presentó junto al ex ministro de Justicia, Isidro Solís, el libro «La democracia necesita defensores: Chile después del 18 de octubre (Ediciones El Líbero)» del analista político Sergio Muñoz. 

Su intervención estuvo marcada por sus críticas al deterioro del diálogo y el debate, elementos que a su juicio se han resentido, afirmando que «las sensibilidades respecto de las afirmaciones que no compartimos han aumentado». Y remarcó en su intervención la influencia del anarquismo en las manifestaciones.

 

Revisa aquí la presentación completa de Harald Beyer: 

Este es un libro que se agradece. En una época en que es tan habitual decir “si bien es cierto, no es menos cierto”, Sergio Muñoz Riveros escribe de manera directa y sin matices. Plantea hipótesis y las defiende con convicción. Hay mucha valentía. Sabemos su trayectoria y no duda en plantear argumentos que incomodarán a sus antiguos y actuales compañeros políticos.

En el libro, el autor cita la conferencia de Karl Popper sobre “Tolerancia y responsabilidad intelectual” para recordarnos como los intelectuales son responsables de muchas de los grandes daños producidos a la humanidad y todo ello en nombre de una idea. Permítanme partir mi presentación del inteligente y provocador libro de Sergio Muñoz Riveros citando otro párrafo de esa conferencia que, de alguna manera, creo que esconde el mensaje que el autor nos quiere entregar.

Los principios que constituyen la base de toda discusión racional, es decir, de toda discusión dirigida a la búsqueda de la verdad, son tres:

 

  1. El principio de falibilidad: quizá yo estoy equivocado y quizá tú tienes razón. Pero no hay que descartar que ambos estemos equivocados.

 

  1. El principio de discusión racional: deseamos intentar sopesar, de forma tan impersonal como sea posible, las razones a favor y en contra de una teoría: una teoría que siempre es definida y criticable.

 

  1. El principio de aproximación a la verdad: solo evitando los ataques personales, podemos acercarnos a la verdad. Puede ayudarnos a alcanzar una mejor comprensión; incluso en los casos en que no alcancemos un acuerdo.

 

Vale la pena señalar que estos tres principios son principios tanto epistemológicos como éticos, pues implican, entre otras cosas, la tolerancia: si yo espero aprender de ti, y si tú realmente deseas aprender de la verdad, yo tengo no sólo que tolerarte sino reconocerte como alguien potencialmente igual. La unidad e igualdad potencial de todos constituye en cierto modo un requisito previo de nuestra disposición a discutir racionalmente las cosas.”

Esta forma de enfrentar la deliberación, indispensable para el progreso de la humanidad y de un país en particular, es la que se ha debilitado en nuestro país, sobre todo en los últimos 120 días. Por cierto, veíamos antes signos de esta tendencia.

“La Democracia necesita Defensores: Chile después del 18 de octubre” creo que es un llamado inteligente a rescatar esos principios y a condenar la actitud de quienes no aspiran a satisfacerlo. La opinión de Sergio sobre nuestros líderes políticos es que han olvidado completamente estos principios. Carga las tintas hacia una gran parte de los líderes opositores, pero los oficialistas no pueden excluirse de esta percepción.

El libro se divide en seis capítulos y un epílogo. Mi lectura, no tiene solo una, es que a lo largo de sus páginas ofrece tres historias que, por supuesto, están concadenadas.

En primer lugar, la historia del estallido.

Una segunda que aborda las razones de por qué el fenómeno observado no fue interpretado cómo debió haberlo sido y no generó la condena esperada

Finalmente, una historia de las fracturas que se han generado y de los caminos que se vislumbran para salir del atolladero.

Quizás la primera historia es la más provocadora y déjenme resumirla con una cita de la página 27, tercer párrafo, “Con el paso de los días se fue haciendo más evidente que el país sufría una agresión propiamente política, o político-delictiva, destinada a desestabilizarlo y empujarlo hacia el desgobierno, como primer paso para provocar un quiebre institucional. Era, con todas sus letras, un ataque contra la democracia”.

Más adelante, el autor escribe (segundo párrafo, p. 42) el autor escribe “con actos vandálicos por todos lados y una fuerte sensación de desprotección, la crisis no podía ser explicada por la lectura socioeconómica de la desigualdad. Lo determinante fue la dimensión política: hubo quienes se propusieron hundir a Chile en el caos para provocar un quiebre institucional. La devastación producida requirió planificación, coordinación y recursos.”

Es difícil no estar de acuerdo con Sergio. Desde mediados de los 90 hay un resurgimiento de un anarquismo radical en el mundo que se ha acelerado en la última década con el debilitamiento de las “nuevas izquierdas”. Si uno lee diversas posiciones del anarquismo se encuentra con un conjunto de tendencias que también se repiten en Chile. Así, por ejemplo, la idea de marchar de negro y en bloque tiene su justificación en un pequeño panfleto, publicado hace algunos años por The Institute of Anarchic Studies. La justificación es que “amenaza la habilidad del Estado de regular las marchas durante las protestas y obliga a las policías a incrementar su presencia y el control visible en estos eventos. Ello dará la impresión de un estado más amenazante visualizándose más su poder. El bloque de negro amenaza la naturaleza hegemónica de los mecanismos de control que son usados tanto por los organizadores de protestas tradicionales y el Estado”. Otra característica habitual es “no demandar nada”, toda vez que ello legitima al Estado y a las organizaciones que sustentan su poder.

La historia que narra el autor es ciertamente plausible, pero no deja de ser incómoda. Si fue así, ¿por qué no había antecedentes que sugirieran que esto estaba en preparación? De hecho, se especula que los hechos ocurridos estaban siendo preparados para la APEC y la asonada se habría adelantado con el fin de aprovechar el descontento creado por el alza del pasaje del Metro (p. 25). Que el objetivo inicial haya sido la APEC le da plausibilidad al financiamiento externo y a la coordinación que habría existido en los distintos eventos que comenzaron a ocurrir a partir de ese 18 de octubre. Aun así, si no fue posible con anterioridad a los eventos, por qué, más allá de declaraciones de diversas autoridades, no hay pruebas claras que apunten a esta actuación premeditada y organizada. Una explicación es que muchas de nuestras instituciones son, en esta materia, de “cartón-piedra” y no han tenido la capacidad de reunir la información que den fe de aquello que a Sergio le parece evidente.

Otra es que este fenómeno haya sido, abusando de la expresión de Nassim Taleb, un cisne negro, es decir un evento inesperado, de gran impacto y que, como consecuencia de la naturaleza humana, tratamos de explicar, pero en el fondo no sabemos realmente qué pasó. El gran impacto habitualmente ocurre, porque cuando suceden no somos capaces de procesarlo de modo adecuado y las interpretaciones se multiplican sin tener ellas suficiente respaldo.

Ahora bien, cuestionar la historia que ofrece Sergio no es tampoco algo fácil. Es evidente que en Chile estaban operando grupos anarquistas. La experiencia que observamos en varios liceos emblemáticos -los overoles blancos son la mejor prueba- es una clara demostración de aquello. Es interesante, cómo profesores, directivos y autoridades, reclamaban que era imposible atender las demandas porque no había petitorio. Pero claro si hubiesen seguido las tendencias del anarquismo deberían haber tenido claro que esos petitorios no iban a aparecer. En esos actos había claramente organización, preparación y recursos involucrados. Pero, ¿eran las capacidades suficientes para provocar los fenómenos que observamos a partir del 18 de octubre? Emile Durkheim escribió en la Educación Moral “…el individuo se controla a sí mismo, solo si se siente controlado, solo si confronta fuerzas morales que respeta y a las cuales no se atreve a desafiar. Si este no es el caso, no conoce límites y se extiende sin medida y fronteras.” La baja confianza en las instituciones encargadas de resguardar el orden público ¿no creó un contexto que le dio fuerza a los hechos ocurridos ese 18 de octubre? Quizás se necesitaban unos pocos fuegos para provocar el resto en las condiciones de desconfianza y faltas de legitimidad que caracterizaba a muchas instituciones chilenas.    

La segunda historia. ¿Por qué la sociedad chilena no reaccionó con más fuerza contra estos ataques, incluso si ellos no eran el resultado de un grupo organizado que buscaba socavar la institucionalidad? En la página 54, al inicio del segundo párrafo, el autor nos ofrece una explicación simple, pero contundente: “se demostró que en los momentos de crisis emergen muchas miserias”. Desde el hecho de que “buena parte de los opositores priorizó el objetivo de aprovechar la situación para golpear por diversos flancos al Gobierno, indiferentes a la posibilidad de que el edificio se vinera abajo” (p. 56) hasta el surgimiento “en la izquierda tradicional del antiguo reflejo condicionado de tratar de conseguir por las vías de hecho lo que no se había conseguido por la vía electoral” (p. 60). Hay una mentalidad autoritaria, como el propio autor reconoce, que emerge inadvertidamente en diversos intelectuales y líderes políticos que no le dejan de sorprender. Por cierto, los errores del Gobierno en distintos momentos de este período son presentados de manera oportuna por el autor. No los desconoce, así como tampoco las violaciones de derechos humanos y los inaceptables vejámenes a los que fueron sometidos algunos detenidos. Interesante es el cuestionamiento que se hace al Gobierno por “comprarse” la interpretación socioeconómica de los acontecimientos en lugar de alertar al país sobre las amenazas al orden democrático que se habían configurado. En ese sentido “su discurso confundió a mucha gente y alentó involuntariamente a quienes querían ir más lejos” (p. 67 tercer párrafo).

Pero no solo la política contribuyó a que no se enfrentara apropiadamente esta realidad. En una afirmación que va a sacar ronchas Sergio Muñoz nos dice que “los canales de TV asumieron una actitud no solo complaciente, sino casi propagandística del vandalismo, que era descrito como parte del mismo impulso justiciero que llevaba a muchas personas a golpear cacerolas en los barrios” (p. 73). El autor también nos recuerda el papel de las redes sociales y como muchos políticos viven pendientes de ellas. Fue allí, por ejemplo, donde se habría fraguado con especial fuerza la idea de forzar la renuncia de Piñera.

En un reciente artículo en Foreign Affairs el profesor de biología y neurología de la Universidad de Stanford, Robert Sapolsky, nos recuerda la capacidad que tiene nuestro cerebro para distinguir, en apenas una fracción de segundo, entre los integrantes de nuestro grupo y los externos y cómo nos incentiva a ser amables con los primeros y hostiles con los segundos. Esos sesgos serían automáticos e inconscientes y emergerían a edades muy tempranas. Ahora estas clasificaciones son arbitrarias y aparentemente muy fluidas. Además, tenemos capacidad de controlar estos instintos, pero ello no significa que las bases psicológicas para el tribalismo desaparezcan. Uno puede imaginar cómo las redes sociales contribuyen a fortalecer esas bases y abrazar el discurso de nosotros y ellos. La convivencia se vuelve más compleja y la presión para acallar a los que no piensan como nosotros en lugar de comprometernos en un debate civilizado crece. Este parece ser uno de los grandes desafíos para la democracia y es precisamente, desde otra perspectiva, que aborda este gran desafío el autor. En la Primavera Árabe la tecnología parecía ser una fuente de libertad. Algunos años después sospechamos que, si no la manejamos bien, puede ser una fuente de manipulación de la opinión pública y una fuente de conflicto más que de deliberación.

Como parte de esta segunda historia, el autor muestra especial preocupación por los jóvenes quienes “muestran desdén por los valores que permiten vivir civilizadamente. Han disociado la libertad que tienen del hecho que hay leyes que lo hacen posible.” (P. 86.) Se ha ido instalando la idea de que los jóvenes, carentes de orientación ideológica, están de alguna manera rendido a sus pulsiones. Sin embargo, este anarquismo que hemos visto tiene una fuerte carga ideológica y ha ido penetrando en diversos círculos académicos y universitarios de maneras insospechadas. Por supuesto, no es mayoritario, pero tienen fuerza en parte por la fuerte carga moral con la que se presentan. No hay otra visión posible que no sea la que estas ideas representan. Se habla cada vez más desde un púlpito moral que incumple los principios popperianos a los que me refería al comienzo.

En parte, esto sucede por lo que el autor denuncia como “adultos infantilizados” (p. 91). Se renuncia, entonces, a guiar y puede producirse lo que Sergio Muñoz llama “confusión entre muchos jóvenes, carencia de valores básicos que se supone aporta la familia o, en subsidio, la escuela. Y tratándose de la escuela, ¿cómo no reparar que el gremio de profesores hasta intenta dar un aire de gesta al hecho de convertir a los alumnos en rehenes de sus huelgas periódicas?” (p. 91). Sospecho que hay algo de reclamo generacional en este planteamiento. Pero también hay que reconocer que se abren incógnitas que requieren un mayor análisis. Las nuevas generaciones requeiren de mayor estudio. Jonathan Haidt y Greg Lukianoff, por ejemplo, han escrito un libro que apunta a la fragilidad que observan en las nuevas generaciones, su escasa tolerancia a las frustraciones y, por consiguiente, a las ideas que no comparten. Ello puede llegar a coartar la libertad de expresión (los safe spaces en las universidades estadounidenses son un buen ejemplo) y restringir el debate racional.

Los derechos civiles y políticos no han dejado, según Freedom House, de retroceder desde 2005 en el mundo entero. El diálogo se ha resentido. Las sensibilidades respecto de las afirmaciones que no compartimos han aumentado. El último libro de Francis Fukuyama, Identity. The Demand for Dignity and the Politics of Resentment. (Nueva York: Farrar, Strauss and Giroux, 2018, ofrece una explicación interesante para las marcadas sensibilidades que se han instalado en nuestras democracias. Las asocia a una política de identidades algo desbordada, donde la demanda por reconocimiento de nuestras dignidades cobra preeminencia. Si uno recorre el centro de Santiago lo que llama la atención no son los rayados políticos que ciertamente son muchos, sino aquellos que expresan una demanda por reconocimiento: “no tengas hijos”, “evade la carne”, “descolonízate”, “vegan love war”, “no + cultura oficial”, “menos pacos más lesbianas” “los árboles serán liberados” y “menos políticos y más Chayanne”, entre muchos otros. Indudablemente que esto es el resultado de la propia evolución de las democracias liberales y su interés en reconocer a sus integrantes como iguales. La historia de la democracia es una de creciente reconocimiento y por lo tanto la demanda a la que alude Fukuyama es bienvenida.

Pero esta demanda, sugiere el autor del Fin de la Historia, adquiere su propia dinámica que divide a la sociedad en grupos cada vez más pequeños en virtud de su particular ‘experiencia vivida’ de falta de reconocimiento. Ésta “puede traducirse fácilmente en una demanda por reconocimiento de la superioridad del grupo”. En esta lógica, cree Fukuyama, se puede optar inadvertidamente por privilegiar el respeto de las identidades que son colectivas y, en la práctica, anular a la persona individual. Si esa mirada se impone, el autoritarismo moral emergerá con fuerza. Algo de ello es lo estamos viviendo entre los jóvenes y eso es algo más que pulsiones.

La tercera historia es la salida. “Chile -dice el autor- quedó herido social, moral, económicamente como consecuencia de una agresión inédita” (p. 109). Hay que defender a brazo partido la estabilidad y la gobernabilidad. Es un llamado a todos los actores a comprender el momento que el país ha vivido. Hay que hacer más pedagogía y recordar a los jóvenes y a los que no lo son tanto de donde venimos.  La encuesta CEP, recientemente divulgada, es una luz de esperanza. Se observa que los chilenos han crecido en su apoyo a la democracia y, además, privilegian los acuerdos como solución a los problemas que los aquejan. Están lejos de estar polarizados y prima, en general, una moderación y sensatez que no se puede dejar de celebrar. Aquí, como ha sido habitual en nuestra historia, son las élites las que se han polarizado. Esto es lo que está a la base de la crítica que el autor les hace a los líderes políticos. Su reemplazo no puede ocurrir de la noche a la mañana y, por lo tanto, tienen una enorme responsabilidad en promover la gobernabilidad y estabilidad. Esa es la tarea a la que los llama Sergio. Si renuncian a ello demostrarán que no tienen las credenciales democráticas suficientes para representar a nuestros compatriotas. El llamado que les hace Sergio Muñoz es bienvenido y se plantea sin ambages. Es la responsabilidad de los intelectuales públicos, más si como él han sufrido las consecuencias de la pérdida de las libertades básicas.

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