Se requiere evolución, adaptación y cambio institucional. El problema es que las transiciones suelen ser caóticas, a veces violentas, y sólo en muy pocos casos se conducen de forma armónica, ordenada y gradual. Muchas veces se impone el populismo como alternativa cortoplacista y complaciente ante una ciudadanía ansiosa de respuestas. La pregunta central, entonces, es si las sociedades están preparadas para liderar la evolución de sus instituciones de una forma constructiva.
Publicado el 18.04.2018
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En todas partes del mundo se debate sobre la forma de vivir la democracia y sobre el decaimiento de las instituciones que la sostienen. Francis Fukuyama ha dicho que el declive político-institucional es, en cierta medida, una condición del desarrollo: lo viejo requiere ser modificado por nuevos arreglos institucionales para proyectarse hacia el futuro. El progreso y desarrollo implican desafíos que las instituciones existentes no siempre pueden abordar con éxito.

Se requiere, por tanto, una evolución, adaptación y cambio institucional. El problema es que las transiciones suelen ser caóticas, a veces violentas, y sólo en muy pocos casos se conducen de forma armónica, ordenada y gradual. Muchas veces, además, se impone el populismo como alternativa cortoplacista y complaciente ante una ciudadanía ansiosa de respuestas. La pregunta central, entonces, es si las sociedades están preparadas para liderar la evolución de sus instituciones de una forma constructiva.

En ese contexto, es interesante levantar la mirada y analizar qué está pasando en otras latitudes. La semana pasada, por ejemplo, fue extremadamente noticiosa e interesante en Estados Unidos, en ámbitos que abordan desde distintos ángulos la evolución y adaptación institucional. Tres ejemplos concretos para la reflexión: la comparecencia del fundador de Facebook, Mark Zuckerberg, ante el Congreso; el anuncio del líder de la Cámara de Representantes, Paul Ryan, de no postular a la reelección; y las actuaciones del Presidente Trump en el ataque a Siria y en el allanamiento por parte del FBI a las oficinas de su abogado personal.

Conocido el escándalo de la empresa Cambridge Analytica, irrumpió una fuerte desconfianza por la forma en que Facebook se hace cargo de la privacidad de los datos personales de sus usuarios. Esto llevó a una baja significativa en el valor de sus acciones y a un debate sobre las regulaciones sobre privacidad de la información. Una vez desatado el conflicto, la pregunta era cómo responderían las instituciones y qué capacidad de adaptación mostrarían. En este caso, la pregunta sobre evolución institucional afectaba a las nuevas plataformas tecnológicas, es decir, instituciones y organizaciones muy nuevas.

Zuckerberg dejó su habitual informalidad y compareció con corbata incluida ante el Senado y la Cámara de Representantes para ofrecer disculpas y dar explicaciones. Intentó contener el daño, pero no está claro aún si se hará cargo del problema de fondo. Si bien su comparecencia generó un primer hito, queda mucho camino por recorrer en términos de discernir la institucionalidad adecuada para el manejo de la confidencialidad de la información y el resguardo de la confianza en las redes sociales. Más adelante veremos si fue posible o no dar curso a una mejora continua significativa, o si se será necesario un proceso más radical y/o caótico.

Sorprendiendo a muchos en la política norteamericana, el speaker  o “líder de la mayoría” en la Cámara de Representantes, Paul Ryan (48 años y considerado por algunos como uno de los liderazgos de futuro del Partido Republicano), anunció que no postulará a la reelección a fines de año, cerrando así esta etapa de su carrera política. Ryan hace el anuncio meses antes de una elección clave para el gobierno de Trump, que fue el candidato de su partido. Las interpretaciones han sido diversas: que quería priorizar el tiempo familiar, que corría el riesgo de perder su escaño contra el candidato demócrata, que su apuesta o visión política había sido derrotada por la irrupción del estilo e ideas de Donald Trump, etc.

Cualquiera sea la razón, la renuncia de Ryan —un líder político joven con 20 años de carrera en el Congreso— lleva a hacerse la pregunta de qué tipo de liderazgos se van a imponer en la política hacia el futuro. ¿Será esta renuncia un hecho aislado? ¿O será el síntoma de la derrota y retiro de un perfil de líderes políticos profesionales que buscan hacer carrera de manera gradual y sólida? ¿Quiénes se están sintiendo convocados y/o excluidos de la primera línea de la política? Cuando uno piensa en la renuncia de Ryan y lo suma a las desvinculaciones de personas como el ex secretario de Estado Rex Tillerson, sin duda la preocupación crece.

En un plano diferente, los anuncios tuiteros del Presidente Trump en los días previos al reciente ataque norteamericano en Siria acerca de las bondades de sus misiles, sus mensajes posteriores al bombardeo señalando “misión cumplida” (cuando en realidad el conflicto sirio no está ni cerca de terminar), sumados a sus críticas a las autoridades de su país que lo investigan por posibles ilícitos, generan serias dudas sobre la forma en que se ejerce la autoridad presidencial en Estados Unidos.

Más allá del evidente despegue de la economía estadounidense, la positiva reforma tributaria y la baja en el desempleo, el liderazgo de Trump plantea muchas preguntas sobre la forma de ejercer autoridad en democracia, y sobre cómo las instituciones actuales son capaces de responder ante un liderazgo populista.

¿Cuánto del estilo y las formas de Trump se explica por una incapacidad previa de las instituciones norteamericanas para adaptarse a los desafíos de futuro? ¿Cuánto de lo que está pasando hoy es una respuesta —a veces caótica e impredecible— a un sistema político que no estaba ajustando sus reglas a los nuevos desafíos?

Los fenómenos que se están viendo en Estados Unidos tienen también manifestaciones en nuestro país, donde son muchas las instituciones que necesitan actualización y modernización. No actuar con diligencia, ejerciendo liderazgo y sensatez, puede tener como consecuencia un aumento de la polarización política —no necesariamente ciudadana— y el surgimiento de liderazgos populistas.

 

Ernesto Silva, abogado, master en Políticas Públicas (U. de Chicago) y doctor en Ciencia Política (U. Autónoma de Madrid)