La noción y papel de Primera Dama continuará siendo polémico. Independientemente de si es un concepto clasista, como lo ha dictaminado Beatriz Gutiérrez, mujer de Andrés Manuel López Obrador, es interesante dar un vistazo a las consortes latinoamericanas pues sólo desde esa perspectiva podemos comprender la importancia del cargo.
Publicado el 12.07.2018
Comparte:

Beatriz Gutiérrez Müller, doctora en literatura y autora de tres libros, es la esposa de Andrés Manuel López Obrador, el recientemente electo Presidente de México. Ya comenzaron a circular en la prensa de ese país sus polémicos dichos del pasado 27 de mayo que apuntaron a poner fin a la idea de la Primera Dama, argumentando “estar en contra de la existencia de mujeres y hombres de primera y de segunda”. En esa oportunidad estableció que decir Primera Dama es clasista y esgrimió que la “compañera” del Primer Mandatario debe participar en todo lo que pueda pero sólo hasta un límite, estar en las buenas y en las malas, de forma crítica y constructiva pero sin abandonar su vida personal.

Sin duda que aquellas palabras abren el debate en torno a cuál debe ser la labor de aquellas mujeres a quienes nadie más que sus maridos eligen, pero que llegan a ejercer un cargo institucional. Haciendo un repaso por la historia de México y de otros países como Chile y Argentina, encontramos los más diversos casos de Primeras Damas, quienes destacan por singulares y disímiles particularidades y roles.

En cuanto a las mexicanas, María Esther Zuno, consorte de Luis Echeverría Álvarez (1970-1976), destacó por su amplia conciencia social y, al igual que Beatriz Gutiérrez, prefirió que se le llamara “compañera”, emprendiendo una cruzada para mejorar la vida de mujeres y niños, impulsando la creación del Sistema de Desarrollo Social de la Familia (DIF), sin dejar de acompañar a su esposo en actos oficiales vestida con ropajes típicos mexicanos. Su caso en cierta medida contrasta con otra de las más recordadas por los aztecas, Soledad Orozco, mujer de Manuel Ávila Camacho (1940-1946). Además de haber realizado una activa labor visitando guarderías, hospitales y escuelas, y de participar en el impulso de campañas como la de alfabetización y legalización de matrimonios, organizó y dirigió repartos de regalos a desamparados niños, madres y soldados. Según Sara Sefchovich, “la señora Soledad fue responsable de que la gente se acostumbrara a esperar que el gobierno le hiciera regalos en los días festivos”. Se dice que Orozco, mujer de un profundo sentimiento católico, se encargó de mediar las asperezas existentes entre su esposo y la Iglesia. Por otro lado, también generó polémicas por sus lujosos trajes, siempre a la última moda, y por su pasión por los caballos finos.

En Chile contamos con ejemplos como el de Sara del Campo Yávar, esposa de Pedro Montt (1906-1910), mujer que participó de la campaña electoral de su marido y se involucró en discusiones políticas, rompiendo con los paradigmas dictados por la tradición. En contraste, a Rosa Rodríguez Velasco, esposa de Arturo Alessandri (1920-1925 y 1932-1938), se le recuerda como una mujer tradicional, apegada a su familia y dedicada al cuidado y formación de sus ocho hijos; lo de ella era el espacio privado, siendo un apoyo constante para su esposo desde allí, tal como él lo recuerda en sus Memorias. Una total antítesis a Rodríguez fue Rosa Markmann, Primera Dama de Gabriel González Videla (1946-1952). Participó activamente en el espacio público, ejerciendo un rol político nunca antes visto en Chile en la esposa de un Presidente, impulsando y dirigiendo obras sociales como la Fundación Viviendas de Emergencia, entre otras, y apoyando la campaña pro ampliación del voto femenino. Al respecto, en el periódico Orientación, señaló en 1948: “Si más de la mitad de la población chilena consciente y trabajadora son mujeres que asumen responsabilidades, trabajan, colaboran y educan para hacer de Chile un país sano, próspero, mejor y orgulloso de su tradición, no existe argumento alguno que justifique la desigualdad anti-democrática de negarle el voto a las que colaboran junto con sus compañeros por la grandiosidad de la Nación”. Por su parte, María Ruiz-Tagle, casada con Eduardo Frei Montalva (1964-1970), en el momento en que su marido fue recién elegido, manifestó su desinterés por la política en una entrevista concedida a un medio de comunicación de la época: “Por suerte no he sido jamás una apasionada de la política. Imaginen si me hiciera programas independientes, el desastre que resultaría. He sido mujer de mi casa por treinta años y ahora lo seré con mayor énfasis”. Sin embargo, poco tiempo después la encontramos dirigiendo CEMA.

Respecto a Argentina, no podemos dejar de lado la referencia al caso de Eva Duarte, quien se opuso terminantemente a la idea de ser llamada Primera Dama y pidió ser simplemente nombrada como Evita. Así, en La razón de mi vida, haciendo una apología de Juan Domingo Perón y del peronismo, se posicionó claramente en aquel proyecto, lo que demuestra su decisión y temple: “Yo elegí ser ‘Evita’ para que por mi intermedio el pueblo y sobre todos los trabajadores, encontrasen siempre libre el camino de su Líder”.

La noción y papel de Primera Dama continuará siendo polémico. Independientemente de si es un concepto clasista, como lo ha dictaminado Beatriz Gutiérrez, es interesante dar un vistazo a las consortes latinoamericanas pues sólo desde esa perspectiva podemos comprender la importancia del cargo, si es necesario eliminarlo o probablemente acomodarlo al contexto social y político que se vive en cada región, sin dejar de lado los intereses de las mujeres en las cuales recae el título.

Cecilia Morán, Doctorado en Historia Universidad San Sebastián